Capítulo 50
Abián
M
i padre tiene un sello en la mano izquierda.
Sabes que juega Las Palmas o el Madrid, o que no está de humor, porque se oye el tac, tac, tac continuado del anillo, seguido de un crrr largo que va y otro crrr largo que viene de vuelta y que te pone la piel de gallina, porque papá está sentado en el sofá y está nervioso, o enfadado, o a saber.
Cuando eso sucede, mamá nos guiña un ojo y nos da dinero y nos dice que vayamos a comprar pastillas de goma o a casa de los Arocha y que ella nos avisa más tarde, cuando las aguas se calmen.
Y nosotros nos vamos como correcaminos, conteniendo el aliento para no hacer ruido y dejando una estela de humo a nuestro paso.
No siempre funciona, claro. Porque el enfado a veces tiene nombre y apellido y a veces son los míos, igualitos a los de papá.
Mi padre pronuncia mi nombre con esa entonación dura al final, un «Abián» que suena a sentencia, y yo miro a los lados, como si fuese a aparecer un tercer Abián a quien echarle la culpa de lo que sea que se me acuse y me pueda librar.
No lo hay, y casi nunca me libro. Papá no me vuelve a pegar después de aquella primera vez, pero a veces preferiría que lo hiciera.
Es un monstruo y los monstruos dan miedo, incluso cuando sabes que no te van a hacer daño físico.
Es la espera, las sombras como garras que se te acercan, el silencio como el aullido de un animal.
Y luego el aliento, caliente y repulsivo.
Papá es un monstruo y yo me siento a su lado cuando vocifera mi nombre.
Lo escucho gruñir y babear. En ocasiones, se pone a comer mientras espero a que hable y oigo el entrechocar de las mandíbulas, la masa
triturada que da vueltas en la boca, la saliva; y después el arrastrar del sello. El tac, tac, tac seguido de un crrr chirriante y largo.
Ese día no paso mucho tiempo esperando, o eso creo.
El tiempo es esa cosa con patas a la que me quedo mirando mientras camina y se arrastra con lentitud.
Papá se levanta y saca algo de la mesita que hay en el pasillo.
Se sienta otra vez. Alza el paquete y lo gira delante de mí.
Es la caja de condones que me compró Rayco cuando empecé a salir con Eli y se puso a darme la murga sobre la importancia de usar protección, una caja muy similar a la que nos dio Itahisa y que no me traje a casa por vergüenza y miedo a que pasara algo como esto.
Ya no estoy con Eli, por cierto, así que no hay mucho de lo que protegerse.
Me pongo colorado y quiero esconderla para que el monstruo no la vea, pero no tiene sentido porque la tiene en la mano y lo sabe.
—¿Follas con el hijo del travelo?
Parpadeo. Oigo, pero no escucho. Lo miro a él y a la caja de condones de manera alternativa.
No sé qué me está preguntando, pero sé que es importante.
Cosa de vida o muerte. Su cara me lo dice, sus mejillas enrojecidas me lo dicen, la forma en que aprieta la caja, casi deformándola, también me lo dice.
—¿Qué?
—¿Tienes novia o follas con el vecino? Es una pregunta simple, así que responde.
—No he hecho nada con él —contesto—. Somos amigos.
—¿De dónde lo sacaste? —inquiere al tiempo que me coloca la caja delante de la cara, tan cerca que creo que me la voy a comer, con plástico y todo.
Me encojo de hombros.
—Me lo regaló un amigo del insti. Emilio —digo bajito.
Él me observa como si intentara analizar la verdad en mi cara.
—Así que amigos
—repite, casi escupiendo una palabra que
para mí es tan sagrada, tan especial, tan… única—. ¿Le tocas la polla? ¿Se la chupas?
El corazón me late fuerte, pero él se mantiene impasible, como si nada importara, como si sus preguntas no dolieran ni trazaran abismos invisibles entre dos seres de una misma naturaleza.
Un golpe en la mesa, seguido de crrr p’arriba y crrr p’abajo del arrastrar del sello por la madera. El corazón me traiciona y noto esa desagradable sensación del inicio del sudor en la columna.
—Como me entere de que te dejas follar por él…
Su tono es grave, una orden silenciosa, casi letal. Pero no acaba la frase porque la enfermedad que tiene dentro le roba el oxígeno y se lo lleva. Tiene una mueca retorcida en la boca, como las morenas del cuadro Noche
que Itahisa tiene colgado en el pasillo de la casa y me pregunto si alguna vez habrá tenido un pensamiento alegre, si al menos sabe lo que es y si está relacionado con nosotros. Y nada más pensarlo, me río para dentro, que es una manera fea de reírse.
El monstruo se mete un dedo en la boca para quitarse algo de los dientes y mueve los dedos de la otra mano en un gesto brusco para que me marche, y yo me voy con la sensación de haber perdido algo importante y no saber qué es. Mi orgullo, quizá; mi dignidad, a saber.
A partir de ese día, mi padre comienza a ir a las canchas para ver los partidos, así como algún encuentro más serio aquí y allá con el insti.
Durante ese tiempo en que permanece a metros de distancia, con los ojos fijos en cada uno de mis movimientos, se dedica a observarme con atención, a mí y a mis amigos.
Y cuando le queda claro que Rayco no va a aparecer, se larga por donde ha venido.
Nunca me saluda ni habla con nadie, pero la gente sí habla de él. Puedo escuchar los murmullos, unos muy tenues y otros más claros. Ese «Machado el jacoso» seguido de miradas incómodas, algunas llenas de asco y otras de respeto. Y yo no sé qué pensar
ni tengo claro cuál de las dos cosas es mejor.
—El respeto, siempre. Es como un escudo —me dice Rayco una tarde al contarle cómo me siento. Itahisa se llevó a la nena a un cumpleaños y estamos solos en su casa, en la habitación grande—. Así no tienes que mirar a tu espalda nunca, ¿sabes? Pa algo bueno que hace tu viejo… aprovéchalo.
—No quiero aprovechar nada. No me gusta que me conozcan por las huellas que ese hombre dejó en mí.
Lo digo con los puños apretados y el cuerpo en tensión. Las ganas de pegarle a algo me pueden y a la vez me asustan, porque me convierten un poco en él y eso me hunde. Odio la idea de parecerme a mi padre.
No sé en qué momento lo hace, pero Rayco se mueve y me sube la camiseta. Me palpa con las palmas abiertas, caricias exageradas que me hacen reír y olvidarme de todo. Es como si estuviera amasando algo, solo que ese algo es mi cuerpo.
—Pero ¿qué haces? —digo riéndome.
—Buscar esas huellas que dices. Nunca te vi ninguna, pero a lo mejor si toco un poquito más…
Lo empujo hacia atrás. Él coge impulso y en nada lo tengo encima, palpando piel con muchas ganas y nada de delicadeza. Respiro hondo cuando me clava la rodilla entre las piernas, muy cerca de mi ingle, y empieza a tirar de los pantalones para bajarme la bragueta.
—Ni se te ocurra. —Le sujeto las muñecas.
—No puedo palparte con la ropa puesta —replica. Tiene que verme la cara, porque se le forma una sonrisa socarrona y se corrige—: Bueno, vale, sí puedo, pero no en profundidad.
—¡Para! —Me río y jadeo cuando me roza la polla con el muslo al inclinarse hacia mí.
Y lo hace; se suelta las manos y las coloca a cada lado de mi cuerpo. Se agacha despacio, sin rozarme más de la cuenta, y su aliento me provoca un estremecimiento que siento en la barriga
y más abajo. Me excito, no puedo evitarlo.
No es la primera vez que me pasa con él, sobre todo cuando dormimos juntos y me tengo que ir al baño para apagar el fuego que se enciende dentro de mí y que no puedo contener si lo tengo tan cerca.
Me gusta y él lo sabe, y quizá por eso se mantiene a diez centímetros de mí. Cerca pero lejos.
—No hay nada de él en ti, Abi. De haberlo, ya lo habría visto. Ni una sola huella tienes.
—No me has visto entero.
—Lo he hecho. No necesito tocarte para eso.
Te he visto desnudo, bobo, y no hablo de la ropa, que también, sino de ver como solo ves a una persona a la que quieres mucho.
Y yo te quiero fleje, ya lo sabes. Aquí todos te hemos visto desnudo y no tienes nada de él.
Eres precioso. Ni siquiera tu nombre suena a él. Abián —dice solemne.
—Es igual —replico, pero mi afirmación suena más bajita cuando me besa la barbilla.
—Abián… —repite y me besa la mandíbula. Giro el cuello cuando noto el empuje de su nariz, sus labios buscando mi pulso acelerado—. Abián… —musita una vez más y yo no me muevo; no puedo.
Respiro, nada más. El tiempo se va, lento, calmado, y nosotros seguimos ahí, sin tictacs ni ningún sonido más allá del de nuestras respiraciones profundas.
Entonces se separa de mí. Sus ojos parecen dos canicas oscuras y brillantes que contienen deseos que necesito atesorar.
—Entiendo que no me crees, pero pienso dedicar la vida a conseguir que lo hagas.
—Eso requiere mucho tiempo.
—Tengo tiempo —me asegura.
¿Lo tiene? ¿Para mí?
Podría preguntar, quiero preguntar, necesito preguntar, pero las respuestas no tardarán en llegar, una a una. Llegarán y me
hundirán y todo terminará, como acaban las cosas que no duran, como acaba todo.