Capítulo 48
Abián
« T
odos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas». Lo decía Oscar Wilde y lo pensé aquella primera vez que dormí en la calle, con Astronomy
y el resto de canciones de Superache
acompañándome hasta que la batería de los auriculares se agotó y sentí que Conan Gray también me abandonaba.
Tumbado en el césped del parque de San Telmo, con los ojos puestos en el techo que era el cielo en mi imaginación y el frío que se me colaba en los huesos, pensé en las estrellas, en lo mucho que brillaban, y en que se parecían a las lámparas de las mesitas de noche, y recordé aquello que decían en Peter Pan
de que las lámparas eran los ojos que una madre dejaba tras de sí para proteger a sus hijos.
Y entonces recordé The Crow
, esa película que venía de un cómic que años después se convertiría en uno de mis favoritos, el momento en que Eric Draven decía que una madre era el nombre de Dios en los labios y los corazones de todos los niños, y pensé en las mentiras que contenían los libros y en cómo a veces esas mentiras te salvaban incluso sabiendo que lo eran.
Yo tenía un libro apretado contra mi pecho, y aunque no era Peter Pan
, también estaba lleno de mentiras. Esa noche apenas dormí, pero, cuando lo hice, soñé con estrellas que eran los ojos de mi madre, estrellas que eran mentiras, estrellas que desaparecieron en cuanto abrí los ojos y el sol me bañó con su luz: una luz distinta, pero verdadera.