Capítulo 47
Abián
E
stoy delante del espejo del pasillo de la casa de los Arocha, lejos de los demás.
Henar maquilla a Itahisa en su habitación y Rayco mira vídeos en la suya sobre estas o aquellas técnicas de maquillaje.
No hace otra cosa desde que empezó el curso.
Muy bueno, pero demasiado básico para alguien que ha crecido con pinceles en las manos y una madre metida en el mundillo del transformismo.
Pero necesita títulos si quiere llegar a maquillar de forma profesional.
Eso lo frustra y lo hace enfadarse mucho, pero se le quita en cuanto acude a una gala o a los eventos exclusivos a los que acude gracias a los contactos de su madre, y ve hasta dónde quiere llegar.
Llevo un rato concentrado en la imagen que me devuelve el espejo, en ese alguien que soy yo, pero no soy, palpando piel y huesos; las manos en el rostro, en los músculos diminutos que descienden hasta mis clavículas, elevadas como volcanes, en mi cuerpo flaco y endurecido por el ejercicio, en las costillas como las cuerdas de un instrumento que está hueco por dentro, un instrumento que sí soy.
Siento en los dedos la piel erizada que es mía, pero que tampoco lo es, mi corazón un ave cansada de agitar las alas.
Y entonces noto algo más. El cuerpo de Rayco, tan pegado a mi espalda que percibo su calor a través de la tela del chándal, sus manos en mi cintura, el roce de su entrepierna en mi cadera, sus dedos dibujando sobre mi piel una belleza que no considero mía, porque no soy ese chico a centímetros de distancia, ese chico de ojos oscuros y piel aceitunada que mira a su mejor amigo con una mezcla de miedo y deseo.
—¿Estás admirando lo guapo que eres? —pregunta.
La voz tampoco me pertenece, de modo que no contesto.
Rayco introduce la mano en mi pelo y me acaricia, arriba y abajo, arriba y abajo.
Cierro los ojos y suspiro. Los vuelvo a abrir para ver cómo me observa en el espejo.
Me roza la mandíbula con la nariz y la arrastra hacia a esa zona sensible por detrás de mi oreja.
El calor de su aliento me pone la piel de gallina y hace que estire el brazo y me sujete a la mesa como si el agarre pudiera controlar los temblores de mi cuerpo, esa necesidad cada vez más grande de él.
No puedo sentir esto, no cuando tengo novia. Me lo digo una y otra vez, pero se me olvida cuando lo tengo cerca. Es… inevitable. Luego estoy con Eli y me toca y todo vuelve a su sitio. Tengo la cabeza llena de nudos y no sé cómo deshacerlos. No lo sé.
—Eres guapísimo, Abi. Lo sabes, ¿verdad?
—Tú eres guapo. Yo…
«Me parezco a él»; lo pienso y lo pienso y no dejo de pensarlo nunca.
A veces creo que mirarlo es mirar a una ventana hacia el futuro.
Me veo a mí mismo borracho, drogado, enfadado, en una casa llena de hijos que no se atreven a respirar.
Y la pena me agarrota la garganta. Porque no quiero. No puedo. No.
Rayco me besa la barbilla y yo me aparto porque necesito respirar. Necesito que deje de tocarme así y de apretar más los nudos. Necesito que deje de confundirme.
—¿Viene tu novio esta noche? —le pregunto.
—No.
—Entonces… ¿me puedo quedar? Hay gente en la casa.
—Puedes quedarte siempre, bobo. No lo tienes que preguntar.
Pero sí tengo. Odio quedarme si está acompañado.
Odio ver cómo se miran y cómo se tocan y cómo se encierran en una habitación a hacer cosas que yo nunca podré ni soñar.
Odio cómo suena su risa cuando no va dirigida a mí.
Tengo casi dieciséis años y, por primera vez, sé lo que es estar en la calle, ser
huérfano, no tener hogar más allá de los brazos de mi hermana, tan suaves y frágiles, tan quebradizos, tan… volátiles.
Rayco intenta tocarme otra vez, pero lo aparto y decido ayudar a Itahisa a hacer la cena. Ella, cansada como está de los turnos en la clínica, me da un abrazo y cenamos viendo una peli de Audrey Hepburn, porque le encanta y la vida es menos fea en blanco y negro.
—¡Lo dice la que vive el mundo en tecnicolor! —se queja su hijo cuando lo menciona.
—Una cosa es darle el color que quieres a tu vida y otra es vivir en la gama cromática que te tocó al nacer. Uno se hace a sí mismo, mi niño. Ya deberías saberlo.
—Tú eres rojo y rosa, y también violeta y blanco —le dice mi hermana, rodeándola con los brazos—. Tus colores son los más bonitos.
Las miro. Parecen madre e hija, aunque no lo sean.
Pienso en mi madre y en todas las madres del mundo.
Pienso en qué hace a una persona convertirse en madre.
Pienso en mi madre como un bloque de hielo en un desierto bajo un sol que te deja manchas en la piel, derritiéndose hasta desaparecer.
Pienso y pienso hasta que me duele la cabeza y dejo de pensar.
Luego me meto en la habitación grande, donde pienso dormir solo porque no me apetece hacerlo con Rayco.
Las cosas han cambiado entre nosotros y por nada del mundo quiero que vea lo cachondo que me pone estar a su lado.
Él tarda en decidirse a venir, y yo sigo despierto cuando lo hace.
Demasiado despierto. Sé que se da cuenta porque estira el brazo y dibuja el contorno de mi rostro.
Respiro mientras mi cuerpo se enciende como hace cada vez que lo tengo cerca.
Es… como si de verdad fuera Superman y él fuese mi criptonita.
Me enciende, me hace temblar y moverme para encontrar un alivio que no obtengo, porque mis sentimientos no hacen más que crecer y crecer y no sé hasta dónde llegarán, si se quebrarán o si mutarán
a algo feo y grotesco, si de tanto quererlo acabaré por odiarlo. No quiero odiar a Rayco. No quiero.
—Dime qué te pasa —me susurra.
—¿Qué ves cuando me miras?
—¿Qué voy a ver? A ti.
Me giro y le sujeto la muñeca para que deje de tocarme. Noto el pulso suave, la tensión cuando aprieta el puño.
Estiro el brazo y enciendo la luz. Luego me pego a él, pero no lo suficiente como para que note el bulto en mis pantalones.
—Mírame bien, Ray.
Sus ojos del color de la miel de palma se abren, brillan, se oscurecen, todo a la vez.
Lo veo pasarse la lengua por los labios para humedecérselos, arrugar la frente, suspirar.
Y yo me bebo cada gesto como si esa fuera la primera y la última vez.
Su piel es dorada, ni muy blanca ni muy morena.
Es… como una de esas figuras de los cuadros de Néstor de la Torre, mujer u hombre, qué más da. Lo veo en Primavera
, en Cactus
, en Drago
; incluso lo veo en Capas de la reina
o Higuera del Himalaya
, donde pueden distinguirse mejor los cuerpos femeninos.
Hombre o mujer, mujer u hombre, el orden no importa, el sexo tampoco, solo la forma.
Y la forma de él es perfecta. Los músculos, con sus ondulaciones, sus bajadas y subidas y su tirantez, hablan de libertad; su piel es un abrigo en la noche; sus labios, el rocío de la mañana; el pelo, un susurro al viento, suave, muy suave.
Así de bonito es Rayco, así de increíble.
—Te estoy mirando —dice, y a mí se me pone la piel de gallina al escuchar esa voz, rota y profunda, y tan perfecta como todo lo demás.
—¿Y no ves al monstruo? Porque yo lo veo cada vez más claro.
—Pero ¿qué dices?
Intenta soltarse, pero no lo dejo. Quiero que vea en lo que me estoy convirtiendo, que lo sienta; necesito que me vea.
—Me parezco a él. Tengo fotos, ¿sabes? Soy un calco de mi
padre.
—No eres tu padre, Abi.
—Todavía no.
—No digas tonterías. —Esta vez, cuando tira del brazo para soltarse, dejo que lo haga.
—Mira mi cuerpo, mira mi cara. Joder. Mira con quién salgo. Tú mismo dijiste que no eran buena gente.
—Eso no te convierte en monstruo a ti también —replica; su preocupación me muerde el pecho y hace que cualquier rastro de excitación termine por desaparecer del todo.
Me dejo caer de espaldas en la cama y suspiro hondo.
—Ni siquiera sirvo para estudiar. A veces la nena me mira y se echa a llorar de miedo. Ella también se dio cuenta.
—Abi…
Me roza la cara con los dedos, pero me sacudo y apago la luz.
—Déjalo.
—No te pareces en nada a él. Eres el chico más bueno y más listo que conozco. También el más fuerte. Estás librando una batalla que no te gusta y empuñas armas que te dan asco, pero que te mantienen a salvo a ti y a tu hermana. Si eso no es de valientes, entonces me bajo del mundo. Abi…
Se acerca, intenta tocarme y yo me aparto todo lo que la cama me permite.
—No me toques. —Estoy temblando y no quiero que me toque, y a la vez quiero que no deje de hacerlo nunca.
Los segundos pasan, el silencio llena la habitación solo interrumpido por nuestras respiraciones y el frufrú de las colchas y nuestros cuerpos, que no pueden estarse quietos mientras se acercan, se acercan, se acercan.
El suyo es un templo y yo me siento tranquilo en él, en casa.
Sus dedos no tardan en regresar a mi rostro en una caricia lenta que me sé de memoria y que me pone la piel de gallina.
Siento mucho y demasiado rápido. Me enciendo cuando su rodilla me presiona el muslo y
percibo su aliento en el cuello, la humedad de sus labios en mi piel, su calor, lo mucho que vibra. Me sobreviene un espasmo cuando enlaza el pie entre los míos y me roza la entrepierna sin querer, un roce de nada que me excita y me marea y me tengo que mover para evitar que lo vea.
Fuera, el viento sopla con suavidad. Los edificios son viejos y todo suena demasiado alto en las paredes de papel vegetal.
No necesito preguntarme de dónde vienen los gritos, los portazos, las risas crispadas, la música de la tele demasiado alta para la hora que es.
Un vecino grita el nombre de mi padre (mi propio nombre), seguido de un insulto, y otro, y otro más.
Rayco se aprieta más contra mí. Me estremezco cuando su respiración me acaricia el cuello.
Quiere decirme algo, quizá mucho, quizá poco, quizá todo.
Giro el cuello y nuestras narices se rozan. Estamos tan cerca… y a la vez tan lejos… Sé que sabe lo que siento por él, y no porque se lo haya dicho. Lo sabe porque mi cuerpo habla, aunque mi boca no emita ningún sonido.
Acerco la mano y le aparto el pelo de la cara.
Lo acaricio, enredo los dedos en los mechones y los hundo en su cuero cabelludo.
Él suspira y cierra los ojos. No se aparta.
Me gusta que sepa que valoro lo que tenemos, que me conozca lo suficiente como para entender que nunca lo tocaría sin su permiso ni mancharía nuestra amistad.
Todo él es un templo y yo me quitaré los zapatos y dejaré la suciedad fuera cuando lo tenga así, tan pegado a mí.
—Prométeme una cosa —le digo.
—Lo que quieras.
Sonrío y uno mi frente a la suya. Su fragilidad me desborda y me aterra. Sé que le harán daño y que no estaré ahí para evitarlo. Sé que esto que somos ahora no durará, que el tiempo (la vida) nos llevará por caminos que quizá se crucen o quizá no.
—No dejes que la nena sufra por mi culpa. Si me convierto en
él, yo…
La barbilla me tiembla, la garganta se me atora y me cuesta respirar, y dejar de temblar, y no llorar como el crío que sigo siendo, aunque me esfuerce por aparentar lo contrario. Rayco me sella los labios con sus dedos, largos, bonitos y tan suaves como todo él.
—No lo digas ni en broma.
Lo sujeto de la muñeca. Le clavo los dedos hasta que noto su pulso acelerado y la tensión evidente de su cuerpo.
—Prométemelo, por favor.
—No puedo, Abi. Porque nunca serás él. Pero sí te prometo una cosa —se suelta y me sujeta del rostro con ambas manos, uniendo nuestras frentes—: si alguna vez olvidas dónde está tu casa, iré a por ti y te lo recordaré. No dejaré que te pierdas nunca. Eso sí puedo prometértelo.
Luego me abraza y yo me quedo inmóvil, porque tocarlo es lo que más deseo, pero también lo único que no podré hacer.