Creer tambiés es volar Capítulo 46
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Capítulo 46

Abián

H

ay una chica nueva en mi clase. Se llama Eli y no tiene libros porque viene de otro insti y no usaban los mismos.

Los profesores nos dicen que juntemos los pupitres y yo dirijo la vista a la pizarra y finjo que no le presto atención, aunque es lo único que hago.

Me da vergüenza. Soy consciente de cada roce y respiración, cada movimiento de la mesa.

Las veces en que su rodilla roza la mía siento que un enjambre de abejas me repta por el cuerpo y devorará todo lo que soy.

Cuando me pregunta algo y su aliento me roza el cuello, el pulso se me dispara y la clase deja de tener sentido.

Nada lo tiene salvo su cuerpo contra el mío y esa manera que tiene de enroscarse el pelo con el boli, y metérselo en la boca con nerviosismo, y mirarme.

Lo hace mucho, casi tanto como yo a ella, pero los dos nos hacemos los locos.

Sucede el primer día, y las primeras semanas, y los primeros meses.

Todos mis amigos se ríen, menos Mati, que me observa durante demasiado rato cada vez que la mencionan.

Alguna vez hablan de más y hacen apuestas sobre cuándo nos enrollaremos o si aguantaré más o menos cuando por fin me haga un hombre y cosas por el estilo, y yo les pego o me largo cuando lo hacen.

Odio que hablen de nosotros como si solo fuéramos dos trozos de carne.

Mati es el único que no participa en las apuestas.

—¿Qué fue? —pregunto una tarde en la que estamos en las canchas y Emilio termina de guardarse el sobre de las apuestas en el bolsillo.

No sé qué ha pasado; solo sé que Mati ya no está con nosotros y

apenas se lo ve de lo rápido que avanza calle abajo.

—Es marica —dice Emilio—. A ver, que no pasa nada. Hay maricas que molan.

Me lo quedo mirando, a él y después al resto.

—No le hagas caso, no es verdad. —Lo dice Zeben, que enseguida va a por la pelota y nos hace un gesto para que lo sigamos.

Miro a Emilio, que dice «lo es, tío» en un susurro que no es susurro porque lo escuchamos todos. Y luego a Raúl, que dice no con la cabeza.

El tema cambia y todos se olvidan de Mati; todos menos yo.

Señales, eso es lo que veo. Señales pasadas y presentes.

Señales. Pero no me doy cuenta de la verdad hasta que empiezo a salir con Eli unas semanas antes de terminar el curso.

Lo sé por cómo me mira Mati cuando se la presento. Y por cómo la mira a ella.

Cuando se lo cuento a Rayco unos días después, se queda callado durante lo que me parece una eternidad. Estamos en la playa de Las Canteras, frente al hotel Reina Isabel, él tirado de espaldas en la arena y yo tumbado de lado, con la cabeza apoyada en un brazo esperando a que diga algo.

—¿Te gusta ese chico? —me pregunta al final.

—Tengo novia. ¿No me oyes cuando te hablo o qué?

—Vale, felicidades. Y ahora me dices si te gusta ese chico.

Coge un puñado de arena y la deja caer sobre mi pecho, y me masajea la piel como si sus dedos fuesen los pinceles que usa para pintar la libertad en los cuerpos cuando practica el body painting

. Suspiro y la piel se me pone de gallina allá donde aprieta y se detiene para dar forma a lo que sea que quiera dibujar en mí. Es tarde y el calor no fue nada intenso ese día, pero llevamos un rato en la arena y nuestras pieles están calientes y secas.

Me encojo de hombros. Suspiro y me incorporo, sentándome con los codos apoyados en las rodillas, el cuerpo inclinado hacia

delante. La playa está casi vacía, pero aún hay familias con padres que gritan a sus hijos; amigos que ríen, juegan o hablan, como nosotros; algún solitario aquí y allá, alguna pareja cerca y más lejos.

—No es una pregunta tan compleja, Abi.

Resoplo.

—Es guapo, yo qué sé.

Me levanto y me acerco a la orilla. El sol empieza a caer con pereza en el horizonte y el cielo es un cuadro en tonos pastel de Néstor de la Torre, una mezcla de Mar en reposo

y Mediodía

. Cojo un puñado de arena y lo lanzo como si así pudiera deshacerme del nudo de nervios que tengo en la barriga.

Su presencia a mi espalda es un rayo más intenso que los que emite ese sol cansado. Me imita y lanza otro puñado de arena, pero su fuerza hace tiempo que dejó de ser superior a la mía y se queda unos centímetros por detrás, cerca pero lejos, como nosotros.

—Solo quiero saber si estás con esa chica porque te gusta o si es porque no quieres que te guste Mati.

Me giro hacia él. No puedo creer que me esté diciendo lo que me está diciendo, como si no supiera quién soy ni lo que siento ni cómo siento.

—No estoy con ella por aparentar, idiota. Claro que me gusta. Siempre me gustaron las chicas. No tengo dudas de eso, si es lo que quieres saber. Puede que se me hiciera raro al principio, pero nunca dudé de mi sexualidad.

—¿Pero…? —Rayco se cruza de brazos y se queda ahí, tan tranquilo, como si no estuviera poniendo mi mundo del revés.

—No hay peros, los peros los estás poniendo tú, y a saber por qué.

Alza las cejas, se ríe. Lleva el pelo en un moño alto y creo que nunca lo he visto más guapo (cosa que pienso siempre) ni más inalcanzable, aquí, todo desnudo salvo por el bañador ajustado

que remarca esa parte de su anatomía que intento no mirar nunca.

—Te recuerdo que eres tú quien empezó a largar, primero sobre tu novia y luego del tal Mati. Que si solo era una posibilidad, algo que dijeron los pibes de broma, y que resulta que al final es verdad. Que te quiere comer la polla y no te diste cuenta hasta ahora que ya tiene dueña.

Me ruborizo a lo bestia.

—Mi polla no tiene ninguna dueña, enterao

. Y no hables de eso. —Me doy la vuelta, avergonzado, excitado por su cercanía, molesto con él y con el puñetero mundo.

—¿Lo de que no tiene dueña lo dices porque eres virgen?

—No me pasa desapercibido su tonito jodelón, y yo me enciendo por fuera y por dentro.

Aprieto los puños y le doy una patada a la arena.

Quiero empujarlo y comerle la boca, y demostrarle lo que puede hacer mi polla sin dueña; que sí, que soy virgen, pero…

¿tan malo es?—. Bueno, ahora puedes elegir: chico o chica.

Yo que tú me lo pensaría; es cosa seria.

Y entonces lo entiendo. Rayco no es de mucho enfadarse, pero, cuando lo hace, apenas se le nota. Traga y traga y su rabia se diluye sin que te des cuenta. Tienes que apretar para sacarla y resulta que aquí estoy yo, empujando a lo bruto, enfadándome con él.

Me giro otra vez.

—¿Por qué te portas así? Solo buscaba los consejos de un amigo. Si estás enfadado y no quieres hablar, dilo, pero no la pagues conmigo.

—Mi primer novio fue así, ¿sabes? —dice como si no me estuviera escuchando, como si estuviera a kilómetros de mí y nuestra rabia no nos arrancara la piel a tiras—.

Estaba con chicas y después buscaba a chicos porque con ellas no podía.

Y luego los dejaba tirados, porque, claro, follar está bien, pero una relación… Eso es cosa seria.

Me acerco y esta vez sí, lo empujo, no muy fuerte, lo suficiente para que mi rabia se diluya un poco, pero en él.

—¿Me estás comparando? ¿En serio?

Él tensa la mandíbula y se vuelve a acercar.

Me devuelve el empujón una, dos, tres veces.

He crecido mucho en los últimos meses y mi cuerpo es más grande, pero sigue siendo más alto que yo, de modo que alzo la vista para encontrarme con sus ojos, llenos de una cosa oscura similar a la que le veo a mamá en los ojos cuando se mete alguna mierda.

—¿Te gusta Mati o no? —pregunta con voz grave.

—Me gusta Mati, sí —admito sin tocarlo; por nada del mundo quiero pelearme con él—.

¿Tienes problema con eso? Me enrollaría con Mati y seguramente lo habría hecho con él si me hubiese dicho antes que yo le gustaba y no se hubiese callado la boca.

Igual que me gustas tú. También me enrollaría contigo y follaría contigo si te dignaras a mirarme.

Lo haría con ustedes dos si no estuviese pillado por Eli, pero resulta que me gusta de verdad, bobomierda.

Eso no significa nada y me parece mentira que pienses tan mal de mí. Creía que me conocías.

La mirada de Rayco cambia. Retrocede. Parpadea.

Se echa el pelo rubio hacia atrás. Abre la boca.

La vuelve a cerrar. Se pone colorado, tanto que su vergüenza es mi vergüenza y odio estar aquí, delante de él, mendigando un cariño que no me dará nunca.

Porque él no me ve de ese modo, porque me ve como un crío, porque estamos a mundos de distancia a pesar de hallarnos tan cerca.

Qué sé yo. Supongo que cuando creces con alguien, te cuesta verlo de otra forma.

Y yo siempre seré el niño de las escaleras, el niño perdido al que le tienes que recordar que las hadas existen para que la magia no se le vaya del cuerpo.

El niño de las alas arrancadas. Eso soy: el niño.

Y antes de que pueda decirme nada, cojo la toalla y mis cosas y me largo de allí. Y él no me detiene porque no hay mucho que decir, o quizá demasiado.

***

Esa noche beso a Eli por segunda vez. La primera fue un beso torpe y rápido en el recreo del insti.

La segunda, en el parque más alejado de su bloque: un beso más intenso que nos deja sin aliento y con ganas de más.

La tercera, la cuarta y las quince siguientes suceden todas en el cine de Siete Palmas, en una sala semivacía viendo una película que no vemos.

La siguiente es en su casa, nada más comenzar las clases del último año de la ESO, una tarde en la que me invita con la excusa de hacer un trabajo.

Nos besamos mucho, también hacemos otras cosas, todo por encima de la ropa.

A partir de ahí, dejo de contar.

Y Mati, que no me había vuelto a hablar en todo el verano, lo vuelve a hacer en cuanto retomamos los partidos de fútbol.