Creer tambiés es volar Capítulo 45
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Capítulo 45

Rayco

A

Rayco le gustaba ver dormir a Abián. Cuando lo hacía, todas las arruguitas que tenía en la frente desaparecían, y él alargaba el brazo y la tocaba con la punta de los dedos.

Era raro, como volver a pasar por calles que te sabes de memoria y advertir que han cambiado; siguen siendo las mismas, pero ya no.

Abián seguía siendo el mismo, pero se le borraban las preocupaciones, el miedo y toda esa soledad que le cortaba la lengua y lo hacía callar todo el rato.

Esa persona tan fuerte que era por la mañana desaparecía en los brazos de Morfeo, o de Sandman, o de vete a saber quién, y Rayco dibujaba en él.

No la libertad, porque Abián era libre a su manera, sino el amor que no se atrevía a dibujarle cuando despertaba.

Rayco cogía un puñado de nomeolvides, con esas hojas que eran tan chiquitas, y lo dejaba caer en torno a él: tan violeta en contraste con su piel canela, con sus labios como fruta roja madura y ese pecho que se movía como la cría de un ave, despacito, despacito.

Después, le tocaba los labios y pensaba en cómo de suaves los sentiría al rozarlos con la boca, si sus lenguas encajarían, si sus dientes podrían arrancarle el miedo.

Y cuando la llama se le encendía dentro, Rayco iba más allá, porque el deseo te empuja siempre al filo, con todo ese vértigo que está ahí y no quieres que se vaya.

Rayco recorría el paisaje que era la piel de Abián allá donde la camiseta se le había subido y los calzoncillos se le habían bajado.

Rozaba con las yemas las marcas que el elástico había dejado en torno a sus caderas, diminutas bifurcaciones de líneas rectas que recorría con los dedos hasta que terminaban por desaparecer.

Y pensaba en cómo de cálida sería su piel desnuda al contacto con la suya, cómo sería entregarle placer, o robárselo, cómo sonaría.

Y Rayco tenía que levantarse, porque los pantalones le apretaban hasta el dolor y todo estaba mal; él estaba mal por desear algo así con su mejor amigo.

Parecía tan vulnerable…, tan frágil…, tan hermoso…

Y Rayco tenía que ponerse a pensar en cosas muy feas para aplacar todas esas llamas, o aplastarlas él mismo en la soledad de su habitación (o en el baño o en otros cuerpos que nunca eran el suyo).

No era hasta que se sentía capaz que volvía a la habitación y se acostaba con él, con el olor a flores y a almendras garrapiñadas (el olor de Abián) inundándolo todo, y le daba un beso en la frente.

Y todo volvía a ser como antes, al menos por unas horas. Por unas horas.