Creer tambiés es volar Capítulo 42
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Capítulo 42

Henar

H

enar pensaba mucho en Hook

, y en crecer, y en los monstruos. Tenía nueve añitos y aún creía en todo en lo que un niño podía creer, que no era mucho a veces, porque los niños tienen eso de creer en todo y luego en nada.

Un día te levantabas y pum, se acabó. Y la magia se fue, y volar es cosa de críos, y «no me cuentes machangadas, que ya soy grande».

Pero Henar era Henar, y su hermano era como Peter Pan

, que a poco que dijera ya lo tenías que creer, porque lo que decía Peter iba a misa, como decía su madrina, y eso era así.

Por aquel entonces, Henar todavía pensaba que su padre era Garfio, el viejo pirata malvado que no tenía madre y quería matar la ilusión de los niños.

Su padre, que no solo le había roto un diente a su hermano, sino un poco de la infancia.

Porque los niños crecían a base de dolor y eso lo sabía todo el mundo.

El dolor te hacía grande, eso pensaba ella, y lo siguió pensando a medida que crecía.

Todavía recuerda la sonrisa de Abián cuando la abrazó con ese labio partido y ese diente que tenía en la mano.

—No duele nada; no llores, boba.

Abián le secó las lágrimas, le puso el diente en la mano envuelto en platina y le dijo con una sonrisa: «Para ti. Esta noche lo pones bajo la almohada y verás lo que te trae el Ratoncito Pérez».

Ella lo miró con ese interrogante que solo ponen los niños que siguen creyendo pero les asoma la duda. Y su hermano sonrió más, y ella siguió creyendo en la magia, y en las hadas, y en Nunca Jamás. Sobre todo, creyó en su hermano.

Henar nunca supo, ni siquiera de grande, que no fue él quien le puso esa noche una moneda bajo la almohada, sino Itahisa. Porque su hermano estaba con Rayco, que lo abrazaba mientras

temblaba y se esforzaba por no llorar. Nunca supo cómo les gritó Itahisa a su madre y a su padre, ni cómo los amenazó con denunciarlos por primera vez, una amenaza que quedó en nada porque Ana insistía e insistía en que fue sin querer, un mal golpe, y que el niño se portó mal, y que todos los niños necesitaban dos tortas bien dadas de vez en cuando, y que les iba a traer la desgracia a la casa, y que podían quitarles a los niños y que si era eso lo que quería, que los separaran y no verlos más.

Y la pelea siguió y siguió hasta que Itahisa se fue llena de rabia y con esa impotencia que le mordía la barriga, porque puedes ser un hijo de puta, pero a un niño no se le pega. Eso sí que no.

Henar tampoco supo que los meses de tranquilidad que siguieron fueron gracias a esa amenaza de denuncia.

Que el coche de Itahisa aparecía día sí y día también con las lunas rotas, y sin espejos, y con muchos «travelos» y «putas» y «maricón de mierda» pintados con espray.

No supo que tuvo que alquilar un aparcamiento y andar todos los días hasta el coche ida y vuelta porque no podía permitirse más arreglos.

Que una noche le pegaron, dos amigos de su padre a los que ella no conocía, y que fue por eso que estuvo días sin aparecer por la casa, ni las veces en que su hijo, lleno de rabia, tuvo que maquillarla para que no se le notara.

Y el tiempo avanzó, y la casa, durante un tiempo, estuvo vacía, porque su padre se iba a la de sus amigos en lugar de invitarlos a que vinieran, no fuera a ser que la Policía los pillara allí en faena.

Y había comida en la nevera, y su madre volvía a trabajar y le contaba cuentos por las noches y la llevaba al parque, porque quería ser una buena madre y tenía miedo de que la asistenta social viniera y se los llevara.

Fueron tiempos buenos en los que aún Henar podía soñar con volar. Pero, incluso en tiempos buenos, el miedo llamaba a su puerta cada noche.

—Abi, tengo miedo —le dijo a su hermano unos pocos días

después de que su padre le pegara.

Estaban en su casa, en su litera, y todo estaba a oscuras.

Pero Henar no dormía. Pensaba en su hermano, en su labio hinchado, en el diente que su padre le había arrancado y que nunca más crecería.

Pensaba en los niños que crecen y dejan de volar, en el tiempo, en los tictacs y en el miedo que daban los cocodrilos que venían para hacerte crecer.

Pensaba todo eso y el miedo se le metía en la barriga y ella daba vueltas y vueltas y no podía dormir.

Abián tenía quince años entonces, y Henar no dejaba de pensar en que crecería y se olvidaría de ella, como creció el Peter Pan

de Hook

al dejar atrás aquella isla perdida.

Su hermano, que ya la conocía y esperaba algo así, metió el brazo por debajo del hueco de madera de la litera como pudo, pues cada vez le costaba más, y le apretó la mano.

—¿De qué, nenita?

—No quiero crecer, y no quiero que te hagas grande. Quiero que no dejemos de volar nunca.

—Piensa en algo alegre y guarda ese pensamiento. Protégelo bien. Mientras lo tengas contigo, la magia nunca se irá y no dejarás de volar.

Era la respuesta habitual de su hermano y a ella siempre le valía. Pero ese día no se conformó.

—¿Cuál es tu pensamiento alegre? —le preguntó.

—Tú, claro —respondió Abián tan rápido que ella supo que lo decía de verdad—. Siempre serás mi pensamiento alegre. ¿Y el tuyo?

Henar se mordió los carrillos y apretó más su mano. Las de Henar sudaban un poco siempre, y a los niños en el cole les daba asco y se lo decían cuando jugaban, pero a él nunca le importaba eso.

—Tengo muchos. ¿Recuerdas cuando Itahisa nos llevó al sur y volamos por tu cumple en el tubo de aire? ¿Y cuando me dio la

peluca de Rapunzel porque mamá me dejó calva?

La mención del pelo cortado hizo que su hermano temblara y ella le dijo que podía coger su manta si tenía frío.

—Así que Ita es tu pensamiento alegre —musitó él.

—Y también Ray. Cuando me pone tan guapa y luego bailamos por la casa y me cuenta secretos.

Y tú, cuando me coges la mano y me esperas para dormir.

Tú eres mi pensamiento alegre favorito. ¿Te acuerdas de los toboganes en Aqualand y cómo mamá se metía en el dónut y nos empujaba por el río ese que era muy lento?

Abián no dijo nada durante mucho rato. Henar sabía que su hermano se ponía triste cada vez que hablaba de su madre, porque estaba muy enfadado con ella, y eso hacía que ella también se pusiera triste.

—Puedes decirlo, boba. Mamá puede ser tu pensamiento alegre. No tienes que dejar de quererla nunca.

—¿Tú la quieres?

Abián tardó en contestar.

—Sí, nenita. La quiero, aunque me enfade. Es mamá. —Su voz sonaba rota, desgastada, lo contrario a un recuerdo alegre. Henar no podía saber lo mucho que le dolía a su hermano de quince años admitir una cosa así.

—¿Aunque estés enfadado?

—Puedes estar enfadado y querer. Hay amores que están por encima de todo. Mientras no te haga mucho daño, puedes querer.

Y Henar asintió. Su madre no le pegaba a su hermano ni le hacía daño. Henar no podía saber que el peor daño no se hace con las manos. De modo que sonrió cuando dijo:

—Mamá es mi pensamiento alegre.

Y Abián asintió, y los ojos se le aguaron de lágrimas por esa verdad que dolía. Claro que Henar no pudo verlo ni sentirlo. Después de eso, se durmió enseguida y Abián se quedó ahí,

agarrado a su pensamiento alegre, pensando en que todo sufrimiento merecería la pena si ella era feliz.

Todo valdría la pena mientras su hermana siguiera volando.