Capítulo 41
Abián
R
ayco no me dice nada sobre mi grupo de amigos hasta que pasa un tiempo, pero sé que no le gusta.
Sé que a veces aprieta los labios para que las palabras no se le escapen por la boca, se gira y hace cualquier otra cosa con tal de olvidarse.
Sé leer sus silencios igual que él sabe leer lo que callo a través de lo que digo.
—No son buenos pibes —me suelta por fin una noche mientras espero a que Itahisa vuelva con la nena para irnos a la casa donde vivimos.
Mi padre lleva más de una semana por ahí y mi madre está en uno de esos días en los que el pecho se le llena de orgullo por la hija que parió, pero de la que no se ocupa.
—Me dijiste que hiciera amigos, dijiste que pasara desapercibido —le recuerdo.
—Pues podrías, no sé, buscarte a gente guay.
—¿Chicas, como haces tú?
Nada más decirlo, me arrepiento. Él me mira como si le hubiese lanzado un reloj a la cabeza. Abre los labios, pero los vuelve a cerrar con un gesto de negación. Y como si yo hubiese desaparecido, sigue con lo suyo. Se sienta en el tocador con un vídeo en la tablet
y comienza a hacerse un ahumado complicadísimo usando técnicas que me parecen más jodidas que los sistemas de magia de los libros de fantasía. Ahora se dedica a hacer cursos online
con profesionales de fuera y se le da tan bien que mirarlo mientras se maquilla es… una puñetera fantasía.
Con el corazón en la garganta, me coloco tras él y dejo caer la
mano en su hombro.
—Perdón, Ray.
Él chasquea la lengua y se revuelve, pero le clavo los dedos todavía más en la carne en ese gesto tan nuestro. Por nada del mundo quiero apartarme de él.
—Estás a un paso de llamarme marica. Y ¿sabes qué?
Prefiero que me arranques el corazón, ya que estamos.
—Continúa con sus pinceles y con sus paletas y con sus vídeos, pero sé que no les presta atención, que solo estamos él y yo y esta batalla en la que ambos perdemos; porque no puede haber ganador cuando es el corazón de uno lo que está en juego.
—No seas dramático. —Le aparto el pelo a un lado y la piel se le pone de gallina cuando le rozo la mejilla con los nudillos—. Sabes que jamás haría una cosa así. Prefiero arrancarme la lengua, ya que estamos —digo en un tono igual de intenso que el suyo.
Sonrío al verle la sonrisa pegada a la comisura.
Suspira y gira un poco el cuello cuando bajo por la curva para acariciarlo ahí.
Su piel es la cosa más suave que he tocado nunca y el contacto me arde en los dedos; el pulso se me acelera cuando noto el suyo en las yemas, la vibración de su cuerpo, y advierto la manera en que se muerde el labio inferior para no decir todo lo que quiere decir.
—No son buenos, Abi, y tú tampoco serás bueno si sales con ellos.
—Solo paso el rato.
No dejo de tocarlo y él no hace nada por evitar mis caricias.
Cojo aire y lo suelto despacio. Mi corazón es una locomotora y apenas puedo controlar el temblor de mi mano al recorrerle los kilómetros de piel.
Dios. Quiero detener el tiempo, quiero lanzar los relojes por la ventana y quedarme así, sintiendo su cuerpo, sintiéndolo a él.
—Puedes pasar el rato leyendo, o con tu hermana, o conmigo, o
con mi madre. Tienes pa elegir.
Me río con amargura. También me aparto de él, porque duele, duele, duele.
—Tú casi siempre estás fuera, Ray. Desde que empezaste el ciclo no tienes tiempo de nada. Y, no sé, estar con gente a veces está bien, sobre todo si tu madre está trabajando y tú estás con uno de tus novios o en clases o en algún curso de maquillaje.
—No tengo novio, y menos novios
, así, en plural. —Se gira con la cara rojísima y los hombros tensos—. ¿Qué te crees que soy?
—¿Desde cuándo no tienes? Porque el domingo todavía tenías.
Él resopla, pero esquiva mis ojos.
—Desde el domingo. Se lio con otro. —Se encoge de hombros y vuelve a darme la espalda, a sus pinturas y a su libertad, a todo lo que yo no soy—. Eso me dijeron; yo no lo vi.
Observo su rostro en el espejo, el modo en que le brillan los ojos y comprendo que no lo está pasando bien.
Cojo la banqueta donde suele sentarse Itahisa cuando la maquilla y me coloco a su lado.
Le acaricio el brazo y él aparta el pincel y me deja que mueva su silla hasta que quedamos frente a frente.
—No te permito que llores por alguien así. Eres… Tú… —Mi voz se desvanece y él sonríe, tanto que le veo todos los dientes y es tan bonito que me sonrojo.
—Qué guapo te pones cuando te avergüenzas.
—Me sujeta la barbilla con una mano cuando intento apartarme y de la cadera con la otra para que nuestros cuerpos se acerquen todavía más; su rodilla se cuela entre mis piernas y siento todo su calor como un abrigo de invierno en la Cumbre—.
Va, dilo: soy precioso, soy un tío bueno, soy lo puto más.
Si ya lo sé, no hace falta que me lo digas.
Me río, mitad indignado, mitad feliz.
—¿Y entonces?
—Saber que eres increíble no hace que duela menos, Abi, ni que te lo creas más. Hay personas que llegan y hacen que te encojas
y te vuelvas chiquito. Me pasa cuando conozco a alguien y me ilusiono y luego me tratan como una mierda. Entonces me hago pequeño y me cuesta recuperar mi altura.
Intento decir algo, asegurarle que yo siempre estaré para él, pero me pone una mano en la boca.
—Por eso no me gusta que te juntes con esos. Tú eres mejor que ellos. Te conozco, Abi. Eres demasiado bonito para esa gente.
Quiero apartarme, que deje de decir esas cosas que no son verdad. Quiero…
—No lo soy.
—Lo eres, y pienso repetírtelo hasta que te lo creas. —Arrastra la silla hacia atrás y se pone en pie—. ¡Eres bonito, Abi! —Lo dice a gritos y tengo que taparme los oídos para no morir de vergüenza cada vez que oigo un «chorbo» y «guapo» y «precioso».
Me levanto con el rostro encendido y le tapo la boca cuando lo repite y lo repite y lo repite. Él se ríe con fuerza y se revuelve y yo le hago cosquillas mientras sigue gritando todo eso y más.
Acabamos en el suelo, nuestras camisetas hechas un desastre por el maquillaje que se nos cae encima.
Nos miramos, nos reímos y se me van los ojos a sus labios.
Él se da cuenta y me mira los míos. No sé qué significa eso.
No sé si él lo sabe. No sé si quiero saberlo.
Acerco la mano y le limpio la mejilla llena de base y del azul brillante de una de las sombras.
Él me agarra la muñeca y me la besa: sus labios como plumas acariciándome la piel sensible; su nariz arrastrándose por mi palma; su lengua caliente rozándome el pulso; nuestras respiraciones cada vez más aceleradas; nuestros cuerpos, que se buscan, que se unen, que encajan; mis dedos enredados en su pelo; su mano en mi nuca.
Y entonces un grito:
—¡Ya estamos en casa!
Enseguida la nena irrumpe en el salón y nos observa mientras
nos apartamos con las caras rojas y el aliento que se nos fue a saber dónde.
—¿Están jugando a las escogidas? —quiere saber Henar cuando Itahisa llega cargada con bolsas y entiende lo que pasó, o lo que no llegó a pasar.
La respuesta de Rayco es regalarme una sonrisa que se me engancha al pecho antes de salir disparado hacia ella.
En ese momento, cuando Itahisa desvía la vista hacia mí, me siento grande y chico, en un lugar que puede existir o no hacerlo nunca.
Qué más da. Mi Nunca Jamás es este, mi Nunca jamás son ellos.
Y mientras crea en ellos, podré seguir volando.