Capítulo 40
Rayco
L
a primera vez que Rayco cogió un pincel tenía solo dos años.
La paleta de su madre estaba abierta de par en par, con todas esas sombras y colores que brillaban bajo la lámpara del tocador.
No sabía usar el pincel como veía que lo usaba su madre, así que lo soltó y fue directo a por esos cuadraditos que tanto brillaban.
Tocó las sombras, una a una, dejando un rastro de babas y aplaudiendo al descubrir todos esos colores que se les pegaban a los dedos y que él se untaba en la piel de los muslos y en los brazos y en la ropa.
Eran tan bonitos… Tan brillantes... Pero no se conformó con tocar.
Necesitaba más, más de eso que no entendía, más.
Rayco se llevó la paleta a la boca y la probó.
No sabía muy bien, todo hay que decirlo.
La libertad no tiene por qué tener buen sabor, solo tiene que serlo.
Rayco arrugó la cara, sacó la lengua muchas veces para escupir esos fisquitos con tan mal sabor y un hilillo de baba se le deslizó por la barbilla; rojo, naranja, amarillo, verde, azul, violeta.
Tenía un arcoíris que le bajaba por el cuello y él gritaba, feliz, mientras volvía a meter los dedos pegajosos en la paleta.
Cuando sus madres entraron en la habitación y lo vieron, les quedaron claras varias cosas: que su hijo estaba hecho para brillar y para hacer que otros brillaran, que sería especial y que era mejor guardar las paletas caras, al menos hasta que fuera grande y pudiera hacer buen uso de ellas.
Con cinco años, a Rayco los Reyes Magos le trajeron un tocador y una paleta de treinta y seis sombras, y pinceles que entonces sí usaba, aunque aún fuese chico.
Con trece años, tenía el tocador lleno y sabía maquillar mejor que algunos de los que salían en esos vídeos de internet.
Con quince, su madre lo apuntó al primer curso de maquillaje
y hacía mucho que sabía lo que quería ser de mayor.
El curso no era muy avanzado, pero sí estaba impartido por una maquilladora canaria de renombre.
Rayco irradiaba felicidad. Brillaba más que las sombras de Natasha Denona que no podía permitirse, pero con las que soñaba en silencio para que su madre no se gastara el dinero en ellas.
Pocos meses después, conoció a Abián y su brillo cambió de tonalidades.
Él no se dio cuenta, claro; aún era muy joven y Abián, un niño a sus ojos.
A los diecisiete, Rayco decidió que estudiaría un FP de estética una vez que acabara el instituto.
Conseguiría trabajo y haría cursos profesionales, primero en la isla y luego en Madrid.
Aquel crío de dos años salpicado con los colores del arcoíris quería seguir brillando.
Quería destacar, entrar al camerino de las drag queens
y dibujar la libertad en sus cuerpos. Quería tanto... Y daría tanto por conseguirlo…
Quería subir arriba, cruzar el cielo, tomar desvíos sin perder de vista su objetivo. La segunda a la derecha y todo recto hasta el amanecer: ese era su destino.
Y así fue creciendo y creciendo, con toda esa voluntad, con todo ese brillo.