Creer tambiés es volar Capítulo 39
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Capítulo 39

Abián

¿

D

ejas de querer a un padre cuando dejas de sentirte a salvo o dejas de sentirte a salvo cuando ya no lo quieres?

Yo creo que dejar de querer no dejas tan fácilmente, no mientras seas chico y te quede esperanza, recuerdos guardados en tarritos de cristal que abres sin que te des cuenta un día sí y otro también.

Creo que dejas de querer a un padre cuando dejas de creer en él.

Y es aquí, en este preciso instante, cuando dejo de hacerlo.

Mi padre era un monstruo, pero era mi padre. Y después ya no.

Papá sí me pega. Lo hace una sola vez, con la mano abierta y el sello enorme en el dedo.

El cachetón me retumba en el oído y en el cuerpo entero, que se sacude y tiembla como cuando tienes mucho frío por la fiebre.

El monstruo me pega por querer (y defender) a los Arocha y a mí se me salta un diente.

No es de leche. No habrá Ratoncito Pérez, solo un hueco como el que tengo en el pecho, que parece chico pero cada vez es más grande; un hueco que sabes que está ahí, como un recordatorio.

Se habla mucho de los Arocha en el barrio.

De Itahisa, por guapa y por mujer. Hablan los hombres, que gruñen y escupen y se quejan porque los ojos se les quedan pegados a ella cuando pasa por su lado.

Es cosa seria que te guste quien te provoca asco.

Pero también hablan las mujeres. A muchas les fastidia que sea más bonita que ellas, que tenga más estilo, que camine sobre tacones como un cisne sobre aguas heladas.

Y yo sonrío cuando lo oigo, y el hueco en mi pecho se llena un poquito del amor que siento por esa mujer que es más madre que la madre que me parió.

También hablan de Rayco, claro. El maricón del bloque.

No es el único gay del edificio. Está el del sexto, el que vive con su madre y se mete en un coche distinto cada semana.

Trabaja en el HiperDino y tiene una voz suave y unas manos bonitas que mueve mucho cuando te habla.

De él nadie dice nada, claro, porque no hace ruido.

También está la chica del segundo, la que trae a la novia los findes y se despiden los domingos con un beso en el portal; ella tampoco hace ruido.

Pero Rayco suena alto y fuerte. A Rayco se lo oye y eso les molesta.

También se lo ve cuando se pinta con kohl y se hidrata los labios con brillo, o cuando se maquilla al completo y se va al Yumbo o a las galas, o cuando sube p’arriba o baja p’abajo con los novios que trae y de los que yo me escondo porque no quiero verlos. Y eso no gusta.

No hay cosa que moleste más que ver la libertad pintada en cuerpos que no son tuyos.