Capítulo 38
Abián
D
icen que lo que no se ve te persigue, y así sucede con mi padre.
Hay muy pocas cosas que conozco de él. Sé que creció en La Isleta, el barrio en el que pasé mi infancia; que vivió allí un tiempo con mi madre y conmigo, en la casa de mis abuelos; que murieron casi a la vez porque se querían mucho y uno no soportó la muerte del otro.
Sé que mi padre estaba tan endeudado que el banco se quedó la casa de sus padres; que tuvimos que irnos a la casa de mi madrina y, más tarde, alquilar el piso de abajo.
Allí vivimos muchos años; algunos fueron tranquilos, otros los recuerdo como cuando te metes en las olas rápidas en Aqualand y te cuesta mantenerte a flote.
Y la nena. De ella sí me acuerdo: mamá en la cama dándole de comer y yo sentado a sus pies, observándolas.
Papá ahí sí era nuestro padre, o lo parecía.
Decía «mi hija» con orgullo, igual que lo hacía conmigo cuando me llevaba a los partidos de Las Palmas con las camisetas amarillas o me hacía sentarme con él en el bar de Andrés, frente al colegio donde estuve hasta el último curso de primaria.
Entonces papá no salía tanto ni traía amigos a casa y nunca (nunca) bebía, porque lo había dejado cuando yo nací.
Hasta que se jodió la pata y tenía que caminar con las muletas, o se arrastraba por el largo pasillo de la casa y bajaba las escaleras agarrado a la barandilla.
Y tú oías el plaf, plaf, plaf. Y los gruñidos.
Y los gritos. Y el «déjame en paz, que yo puedo».
Y el olor a cerveza, que no se iba. Y más gritos. Y más gente.
Llegaron las cartas y se acabó el trabajo, y pudo caminar, pero no seguir. Porque caminar no te da el impulso de tirar p’alante; solo te da una posibilidad y tú decides qué hacer con ella. Mi padre se hundió en las profundidades, como Cthulhu y, cuando
salió, ya nunca más fue mi padre. Nunca más
, como el poema de Poe.
Con el paso de los años, para muchos, papá se convirtió en leyenda; para otros, en un peligro del que debían huir; para algunos, una ruindad; para unos pocos, un ejemplo a seguir. Para mí era todo eso y más.
Papá era un rumor que se extendía por el barrio. El monstruo de aliento fétido de mis pesadillas. Era muchas cosas, pero lo peor es que también era mi padre.
Y después…
Después ya no lo fue más.