Capítulo 36
Abián
E
ran cuatro. Los conozco en el tercer año de instituto.
Dos de ellos son más grandes y están en cuarto, otro está en mi clase y el último, en la de al lado.
En el recreo se juntan, aunque no siempre están todos.
A veces se separan por esto o por aquello.
No son malos pibes, pero tampoco buenos.
O eso dicen, que yo de ellos no sé nada.
Me hago su amigo el primer día. Uno de los grandes quiere robarme la mochila.
Me pide que se la abra. No lo hago. Hace meses que mi cuerpo cambió y soy hijo de mi padre, a fin de cuentas.
Además, si una cosa tengo clara desde muy chico es que, si pegas antes de que te peguen, te libras de ser un objetivo.
Así que pego. Le lanzo la mochila a la cara, que ese día pesa un fleje porque lleva unas piedras que la nena necesita usar con las pinturas acrílicas del cole.
El golpe lo deja atontado en el suelo, la nariz sangrando.
El otro mayor se me queda mirando y retrocede al verme los puños.
—¿Tú también quieres mi mochila? ¿Te la doy o qué?
Y entonces lo siento: el brazo en mis hombros, el aliento dulzón en mi mejilla.
—Afloja un poco, pollaboba. Eres el de la clase de al lado, ¿no?
Lo empujo y me suelto. No me suena de verlo. Tiene el pelo rubio rizado y los ojos verdes y es tan alto como yo, pero más flaco y pequeño que los demás. Su sonrisa se estira cuando ve cómo lo estoy mirando, a él y a los otros tres que se colocan a su lado.
—Soy Mati —dice, y me explica que también va a tercero, pero a la clase de al lado. Y luego me presenta a los demás—. El que
dejaste más feo de lo que es se llama Emilio y va a cuarto. Los de aquí son Zeben y Raúl. Zeben también va a cuarto y Raúl, a tu clase. Somos colegas, tío. ¿Juegas al fútbol?
Los miro. Uno a uno. Salvo a Emilio, que parece enfadadísimo, y con razón, al resto parece que le doy igual. Me relajo y respondo que sí con un gesto de cabeza.
—Pues vente esta tarde. Quedamos en las canchas de fuera a las cinco. Puedes seguir practicando tu puntería con la nariz de este si quieres; es el portero.
—Que te den —suelta Emilio, que se larga en cuanto los demás le ríen la gracia al más pequeño.
—¿Entonces? —inquiere Mati, que no me quita la vista de encima.
Me encojo de hombros.
—Vale.
—Pues vale.
Me guiña un ojo y se va.
Esa tarde mamá parece estar bien. Le dejo a la nena y bajo a jugar.
No hablo mucho, pero lo escucho todo. Ellos me ponen al día sin necesidad de explicarme nada.
Todos tienen familias que se parecen a la mía, aunque no tengan nada que ver.
La peor es la de Mati, que casi vive solo en la casa con su hermano porque su madre está loca y el padre se fue a saber dónde y regresa a saber cuándo.
Cuando me preguntan por la mía, enseguida saben quién es mi padre y oigo el «Abián el jacoso» que dice Emilio, porque aún está rabioso.
Que sepan quién soy me pone en un pedestal en el que no quiero estar.
Subo a la categoría de malote, lo que significa que a partir de ahora soy uno de ellos.
Me invitan a sitios, cuentan conmigo. Emilio se me acaba pegando como un chicle y resulta que no es tan gilipollas como pensaba. Pero el que más me gusta es Mati.
Eran cuatro y ahora somos cinco.