Capítulo 35
Abián
- ¿
E
stás despierto? —me pregunta Rayco la primera noche de vacaciones, antes de que se vaya a Teror para hacer no sé qué curso de maquillaje con no sé qué amigo de su madre.
—Me estás tocando la cara.
—Estabas despierto antes de eso.
—Pues sí.
—¿Siempre te ha costado dormir?
—Desde que llegué al bloque —confieso.
—¿Antes no?
Sus dedos dibujan el contorno de mi cara, bajan por mi cuello, suben por mi garganta, se deslizan entre mis labios; los dibuja, los presiona, los pellizca, y a mí se me saltan tres mil latidos y me cuesta un mundo respirar y quedarme quieto de lo mucho que siento.
—La casa de La Isleta era más chica que esta y no venía tanta gente a ver a papá. Pero aquí sí, y cuando vienen los amigos y estamos en la habitación, se oye mucho ruido y no quiero que molesten a mi hermana o que alguien se la lleve por error, así que me quedo despierto.
—¿Quién se la va a llevar por error?
—Cualquiera. Entra mucha gente en la casa y a veces se llevan cosas que no son suyas. No quiero que se lleven a mi hermana.
Rayco se arrima a mí, mucho mucho, y entre los dos se enciende una linterna que ilumina el camino que somos, y las estrellas del techo brillan, y todo es luz a nuestro alrededor, y siento que estoy en casa y que todo está bien, aunque mañana
nada lo esté.
—Te ayudaré a dormir. Te acariciaré hasta que te quedes dormido.
—Eso ya lo haces.
—Lo haré más, lo haré siempre, Abi.
«Siempre». Qué palabra tan inmensa y con qué facilidad disponemos de ella.
No existe, en realidad, pero la usamos a menudo.
Porque la conduce la esperanza y no hay nada más traicionero ni más peligroso que la esperanza.
«Siempre» no es más que una mentira. Rayco no estará siempre, pero esa noche, mientras nuestras respiraciones se oyen en el silencio de la noche, creo en ello y sé que él también lo hace. Hasta que los dos dejamos de hacerlo.