Creer tambiés es volar Capítulo 33
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Capítulo 33

Abián

E

n el instituto dejamos de volar. Es como si te arrancaras las alas nada más atravesar las puertas de hierro verde botella de la entrada.

Dejas la magia fuera y te esfuerzas en no creer.

O yo al menos no lo hago. No puedo. Pero Rayco es distinto.

Dudo que haya un momento de su vida en el que se haya quedado sin polvo de hadas.

Él nació para creer, para volar. Por eso me es más fácil mantenerme en el aire cuando lo tengo cerca.

Con él no siento el suelo, no me importa lo que no tengo ni ese hueco en el pecho que cada vez me pesa más.

Con él no tengo miedo, el futuro no es la boca de un cocodrilo ni un tictac que cada vez se oye más.

Cada mañana, cuando me adentro en el Simón Pérez, finjo que Rayco no tiene un cacho de mí.

Lo esquivo, me alejo. Y es fácil. Hay demasiados alumnos y estamos en cursos distintos.

Hay días en que ni siquiera nos cruzamos, pero otros, el imán que tenemos en los ojos nos lleva a buscarnos entre la multitud.

Entonces nos reímos o nos sacamos la lengua, o hacemos algún gesto que dice mucho y significa mucho más.

Algunos días nos encontramos en los baños, nos damos la mano o él me toca la cara y yo me sonrojo, porque cada vez me cuesta más fingir que no me gusta.

A veces incluso me besa en la mejilla y me recuerda que no puedo dejar de volar.

No lo hago. Mis pies no rozan el suelo en lo que resta de día, no cuando salgo al campo de fútbol y corro y corro, y marco un gol y otro y otro más.

Sé que ha tenido novios fuera del instituto y del barrio, pero este año empieza a salir con un chico nuevo que conoce aquí, en el único año que coincidimos. Yo los miro en el recreo cuando

van de aquí para allá, sin tocarse, porque nunca se tocan delante de nadie.

—¿Y ustedes por qué nunca se tocan? —le pregunto una noche mientras nos cenamos el rancho que sobró del almuerzo—. No parecen novios.

Mi amigo me mira como si hubiese dejado de volar.

—No tenemos que parecer novios. No tienes que demostrar amor todo el rato. Además, el insti no es un buen sitio para ir de la mano o darse besos. Y él no es como yo; es tímido.

Lo miro con curiosidad.

—¿Que no es como tú? Y qué tiene, ¿le falta la lengua o es que no sabe hablar nuestro idioma? —Me rasco la barbilla con el borde de la cuchara—. Espera, ¿no tiene pene?

Rayco me empuja, pero se le forma una sonrisa preciosa que me derrite un poco (mucho) el corazón.

—No digas «pene», joder.

—¿Por qué?

—Porque suena fatal.

—Vale, pues la cuca.

Me descojono al ver su expresión, pero a lo bestia. Ni siquiera se molesta en corregirme y se larga muy indignado hacia el pasillo. Lo sigo a la carrera, todavía con la risa en la garganta.

—¿La chimichanga? —sigo con la broma; él se da la vuelta y empezamos una guerra de cosquillas y risas que despiertan a Itahisa, que nos lanza un zapato desde el otro lado de la puerta cerrada porque está agotada y necesita dormir.

Le gritamos un «perdónperdónperdón» casi al unísono, y Rayco me susurra cuando nos metemos en su habitación:

—Vete a la mierda, anda. Ah, y para tu información, a mi novio la polla le funciona de puta madre.

Esta vez, cuando sonríe, no le devuelvo la sonrisa. Porque no me hace gracia. Imaginarme a Rayco haciendo… eso

con un chico no está entre mis cosas favoritas del mundo. Ni siquiera

existe en mi imaginación. Y ahora, la verdad se despliega sobre mí como una lluvia de verano de las que no te esperas. Y duele, porque después de la lluvia viene el frío. Y yo estoy congelado.

No hablamos más de ese tema, pero cuando los vuelvo a ver en el recreo, me fijo más.

Observo sus expresiones, el modo en que el chico se ruboriza cuando Rayco le dice algo o la manera en que mi amigo le jala del brazo y se lo lleva a un rincón del recreo y hacen cosas, como tocarse o besarse o qué sé yo.

No quiero saber lo que hace con una persona que no soy yo.

Mi amigo es consciente de que me gusta y sé que no siente lo mismo; pero verlo…

duele. Y no creo que el dolor se vaya nunca.