Capítulo 32
Itahisa
-M
e dijo que le gustaba —le contó su hijo esa misma noche, cuando dejó a Abián en la casa para que se reuniera con la hermana; se había metido en su cama con los pies fríos y los nervios tibios—. Fue tan natural… No solo me aceptó, ma
, también resulta que le gusto.
Itahisa lo miró con cariño. Se lo veía tan feliz... Pensó en Marta y en lo que ella le diría, pensó en las oportunidades que te llegan y las consecuencias que te vienen de vuelta si las aceptas.
—¿Sabes que Néstor y Gustavo se llevaban diecinueve años? Gustavo nunca tuvo una figura paterna y trasladó toda la soledad que llevaba dentro a su amante.
—Ma, solo le llevo dos años y unos meses. No me ve como su padre, por Dios.
—No hablo de eso, mi niño, sino de agarrarse a un clavo ardiendo. Eres su único puerto seguro, la única figura que le da un poco de paz. A veces vemos demasiado cuando no hay nada más a nuestro alrededor.
—¿Qué quieres decir? —preguntó con esa alma brillante y esa esperanza igual de brillante a punto de apagarse como la llama de una vela.
—Que es muy chico, y que a veces la admiración y la gratitud se pueden confundir con el amor.
—A lo mejor solo le gusto.
—Lo más probable es que solo le gustes, exacto. Pero tómate tu tiempo para asegurarte y no te ciegues. Solo quiero que tengan cuidado y que no se hagan daño.
—Nunca le haría daño, ma. Nunca.
Itahisa sonrió, besó la mejilla de su hijo y se levantó. ¿Qué más
podía decirle? El dolor era inevitable, y más cuando se estaba aprendiendo a vivir. Su hijo era joven y estaba lleno de sueños. Que le haría daño era un hecho, pero ojalá no fuera un daño irreparable. Y ojalá el daño que le viniera de vuelta tampoco lo fuera. Ojalá.