Creer tambiés es volar Capítulo 31
31%

Capítulo 31

Abián

- ¿

T

e gustan los chicos? —le pregunto una noche de principios de diciembre, cuando bajamos a Triana a dar una vuelta para ver el alumbrado de Navidad.

La larga avenida llena de comercios parece haber abierto los ojos tras un largo sueño.

Están las luces y otros machangos navideños que cuelgan de lado a lado de la calle, en árboles y postes, artistas callejeros aquí y allá, y todo huele a castañas asadas, algodón de azúcar y almendras garrapiñadas que me hacen salivar.

Rayco se ríe al ver que mis ojos se quedan pegados a uno de los puestos y me compra una bolsa que nos comemos sentados en un banco mientras vemos a la gente pasar.

Hacía meses que había dejado de ser un crío que no sabía nada del mundo porque mi madrina me había encerrado en una burbuja donde no entraba el ruido de fuera.

Sé que mis padres beben y se drogan y también sé lo que es un travelo y muchas otras cosas que me gustaría no saber, pero sé.

Y oigo los rumores, y a veces necesito preguntar, y preguntar, y preguntar.

La manera en que Rayco me mira cuando escucha la pregunta hace que me tiemblen las manos y que se me caiga una almendra y que me ponga rojo, todo a la vez.

Me chupo el caramelo de los dedos y miro al mimo que se mueve como si un cristal invisible le impidiera el paso, un cristal muy parecido al que hay entre Rayco y yo y que él se encarga de empujar con un codazo.

—¿Te molesta? —quiere saber.

—Claro que no.

—Vale —dice.

—Vale —repito como el bobo que soy.

—¿A ti te gustan las chicas?

Me pongo más colorado y me miro las manos. Llevo un rato arrancándome los padrastros de puro nerviosismo. Cojo las dos almendras que quedan y le doy una antes de meterme la mía en la boca y masticar despacio.

—Sí.

—Vale.

—Pero creo que también los chicos. ¿Qué?

—inquiero al ver que se gira con brusquedad, la rodilla clavada en mi muslo, la frente un mapa entero de cordilleras y líneas difusas; alguien da un grito, un perro ladra espoleado por el ruido y otro alguien empieza a tocar la guitarra y a cantar con una voz que se parece a la de un niño en plena pataleta—. Se puede.

—Ya sé que se puede. Lo que me extraña es el «creo». Significa que no estás seguro.

—Es que no lo sé. Tampoco sé lo de las chicas, porque no he probado. Si no pruebas no lo puedes saber seguro, ¿no?

—No creo que funcione así. Puedes estar seguro, aunque no hayas probado. ¿Te gusta algún chico?

—Me gustas tú.

Rayco abre los labios y los vuelve a cerrar, como si las palabras se le hubiesen esfumado a saber dónde.

Se chupa los dedos y arruga el plástico vacío.

Su risa suave me calienta el pecho. Las luces de colores que llenan la avenida de Triana se mezclan con las amarillas de las farolas y con esa otra ámbar que Rayco tiene en los ojos.

Y cuando me clava de nuevo la mirada, siento que tiene llamas en los ojos y que va a quemarme y no me importa porque es un fuego que no duele.

Me caigo, eso pienso a pesar de saber que es imposible, porque estoy sentado y él desliza las manos entre mis muslos y creo que ardo al contacto de sus dedos, que se hunden en mi piel en un gesto que es muy de los dos: sentirnos en la carne, sentirnos hasta el dolor, sentirnos.

La voz me sale atropellada cuando me apresuro a decir:

—No pienses raro.

—No lo hago.

—También me gusta el profe de Inglés y sé que no pasará nada.

—No soy el profe de Inglés, Abi —dice, y me quedo embobado mirando la curva de sus labios.

—Pero eres platónico. Sé que sales con pibes más grandes y que nunca me verás así, y no pasa nada porque no espero que lo hagas y te voy a querer igual toda la vida.

Lo digo así, todo de carrerilla, porque me pueden los nervios; la mirada en algún punto de la calle y las manos sobre las suyas, apretando tan fuerte como hace él.

Él las aparta para levantarme la barbilla.

Su sonrisa es tan grande que podría iluminar el mundo entero. Al menos, el mío sí lo hace. Todo todo.

—Eh. Yo te veo, Abi. Nunca existirá un chico al que vea más que a ti. No existe. No existirá nunca, porque estás tú y eres fleje de importante para mí.

—Tú también eres fleje de importante para mí —digo casi sin aliento.

—Lo sé, bobo. Gracias por contarme esto. Es… un gran honor ser tu amor platónico o lo que sea.

«Honor». Suena extraño, suena a todo lo que nunca seremos, porque Rayco no es para mí y yo soy demasiado chico para él. En todos los sentidos de la palabra.