Capítulo 30
Abián
A
veces pensaba que me gustaría acostarme a dormir y no levantarme nunca. Rayco se enfadó cuando se lo dije una noche, con trece o catorce o quince años.
—Venga ya. No vuelvas a decir eso.
—¿Tú no lo harías? Descansar la cabeza todo el rato.
—Es como morir. Cuando duermes no te enteras de nada y, cuando te mueras, tampoco lo harás. Es como morir, Abi.
—No es lo mismo. Cuando duermes, sueñas.
—Pero no siempre te acuerdas.
—¿Por qué te enfadas? —quise saber.
—Porque la vida puede ser un rollo tremendo, pero es que eso es la vida. Duerme un rato si estás cansado, pero levántate después y sigue aquí conmigo.
—Si lo dices por eso, no pensaba irme.
—No lo digo por eso, Abi. Es por la rotundidad de tus palabras. Que lo tengas tan claro me da miedo.
—A mí me da miedo esa vida que tanto te gusta. ¿No sientes que hay monstruos por todas partes y que no se van ni cuando enciendes la luz?
—Claro que sí.
—¿Y qué haces?
—Pues apagar la luz y acostumbrarme a ellos. Si te acostumbras no dan tanto miedo.
Nos miramos. Luego él me cogió de la mano y me llevó al armario. Nos metimos dentro, apretujados, y ahí nos quedamos, bajo prendas y prendas de ropa, sus piernas sobre las mías, mis manos entre sus muslos, nuestras respiraciones un eco que no olvidaría jamás.
—¿Ves? ¿A que no da miedo? Y estás despierto. Soy yo quien
no soporta la oscuridad, Abi, y ya ves que sí puedo vivir con ella cuando hace falta.
—No da miedo porque estás tú, pero no siempre vas a estar.
—Estaré, lo haré incluso cuando no esté. Solo tienes que creer en mí.
Y creí. Lo hice siempre, cuando me metía con él en el armario, o cuando había mucha gente en esa casa en la que vivía y me escondía en los armarios con la nena para que no nos vieran o yo solo cuando mamá estaba bien y la nena y ella se querían y yo estaba solo. Solo. Solo.