Creer tambiés es volar Capítulo 29
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Capítulo 29

Rayco

-M

a

, ¿puedo casarme con él? —preguntó Rayco, que pegaba la nariz a la pantalla y clavaba sus deditos en la cara de Heath Ledger, llenos del pan de millo con el que mojaba la salsa del plato—. ¿Puedo?

Era domingo y ponían Diez razones para odiarte

en la tele. Rayco no la estaba viendo, ni él ni su madre.

Solo comían el moros y cristianos de los domingos mientras una película terminaba y empezaba otra y resultó que era esa.

Rayco solo tenía diez años y había cosas que aún no entendía del todo, pero sí sabía que había hombres que se casaban con hombres y mujeres que se casaban con mujeres y muchas otras cosas que su madre le había ido explicando con paciencia y cariño.

Toda Itahisa había sido una de sus primeras explicaciones y su hijo lo había asimilado con la alegría propia de los niños.

—¿Te gusta ese chico? —le preguntó ella.

—Es Aquiles, pero con vaqueros en lugar de túnica o armadura —dijo.

Tenía muy presentes las imágenes de los héroes de los mitos griegos que su madre le narraba por las noches, en especial del Aquiles de pelo largo y rizado de su libro ilustrado favorito, ese que tenía más imágenes que letras—. ¿Puedo casarme con él?

Itahisa sonrió con complicidad, orgullo y una pizca de miedo, porque era su madre y todas las madres temen por el futuro de sus niños.

—Puedes.

Y siguieron comiendo, y Rayco siguió pegando los dedos llenos de pan a la pantalla, y la vida siguió su curso, y lo que entonces era una posibilidad se convirtió en certeza: Rayco quería casarse

con Heath Ledger, con Aquiles o con cualquier otra persona siempre que fuera un chico, porque a él solo le gustaban los chicos.

Y fue fácil en casa, pero difícil fuera de ella.

Rayco no tardó en darse cuenta por cómo lo miraban cuando lo decía muy alto en el cole y por cómo se reían de él, y por cómo los otros niños se apartaban como si los fuera a contagiar de una enfermedad que no existía, porque Rayco no estaba enfermo de nada.

Quizá fue por la rabia o tal vez por la humillación que no cabía en un corazón tan pequeño, pero Rayco aprendió a endurecerse pronto.

Practicaba el fútbol como cualquier chico, participaba en los juegos de escupitajos como cualquier chico, y era más listo que cualquier chico de la clase.

Pero resulta que también era demasiado guapo y le fascinaban las cosas bonitas y brillantes que no le gustaban a cualquier chico.

Y mientras el tiempo pasaba e intentaba acercarse a los demás, el mundo le ponía la zancadilla y lo alejaba más y más hasta que tuvo que rendirse.

Dejó el fútbol y las cosas que se suponía que eran para chicos y aprendió a vivir como un herbívoro en un mundo de depredadores que querían comérselo y hacerle daño, y que se lo harían, pero que nunca le quitarían las ganas de vivir.

Por las noches, cuando su madre le besaba la frente antes de dormir y él cerraba los ojos, Rayco no rezaba.

En su lugar, soñaba con vivir en un mundo en el que nadie lo mirara como a un extraterrestre, un mundo en el que solo fuera él, Rayco, con todo su brillo y sus paletas de colores. Él, sin más.

Y llegó el instituto y creyó que las cosas cambiarían al hacer un amigo.

Se llamaba Borja y venía de Escaleritas.

Era nuevo, no conocía a Rayco ni tenía relación con los otros chicos.

Su amistad se forjó muy rápido. Unieron sus pupitres, quedaban para hacer los deberes y apuntaban sus nombres en los trabajos de clase para hacerlos juntos.

Rayco lo llevó a su casa, le presentó a su madre, y todo estaba bien hasta que dejó de estarlo.

Los rumores no tardaron en salpicarlos y entre ellos se trazó una línea continua invisible que estaba ahí, aunque nadie la viera, nadie más que él.

Y los trabajos en pareja cesaron. Y los pupitres se separaron.

Y Borja dejó de hablarle, menos cuando llamaba a la puerta de su casa.

Entonces hablaban y reían, y a veces se quedaban muy cerca del otro y sus cuerpos se tocaban.

Rayco podía sentir a su amigo temblar y morderse los labios para no respirar fuerte como hacía él mientras sus cuerpos se buscaban y se encendían.

Borja siempre se ponía encima y cerraba las persianas de la habitación para que no se viera nada.

Y, cuando se corría sobre él, a veces lloraba y otras se enfadaba y se iba y no volvía a aparecer en semanas.

Pero siempre regresaba y Rayco siempre lo recibía.

Tenía catorce años y mucha esperanza dentro.

Hasta que un día Borja llamó a su puerta y Rayco le abrió pintado de libertad.

Se había maquillado al completo y el corazón le saltaba en el pecho porque era la primera vez que alguien que no era su madre, o los amigos de su madre, lo veía; la primera vez que el chico que tanto le gustaba lo hacía.

Borja no sonrió ni se sorprendió ni le dijo que estaba guapo. Puso una cara muy rara y luego una mueca en la boca que Rayco recordaría siempre porque era cruel y fea y sería la protagonista de muchas de sus pesadillas futuras. Lo siguiente que hizo Borja fue escupir a sus pies y marcharse.

No volvió a su casa, ni volvió a hablarle en el insti ni volvió a mirarlo.

Y la corona que llevaba en la cabeza se cayó y se rompió. Y Rayco casi dejó de creer. Casi.

Mientras lloraba y lloraba, su madre le habló de Néstor de la Torre, lo llevó al pasillo e hicieron un recorrido por los cuadros. Le habló de la libertad, y del miedo, y de lo que muchas personas

habían pasado antes que ellos para que hoy pudieran vestirse con libertad, y de esos muchos otros que aún tenían que seguir escondidos porque no les quedaba otra.

Le habló de lo basto que era un armario y el miedo que daba vivir para siempre encerrado en él.

Le habló y le habló y Rayco lloró y lloró, y se sintió primero diminuto y luego enorme, inmenso, como las reinas que se subían a tacones que eran como ascensores hacia la libertad.

Y su madre le arregló la corona y él se la volvió a poner.

Esa noche, cuando Rayco se metió en la cama, se prometió que nunca volvería a mostrarse ante cualquiera.

«La próxima vez elegiré bien», se dijo. Lo que no sabía era que no tendría que elegir.

Pasaría, sin más, como sucedía lo importante.

Que el elegido sería él, Abián Machado, su niño perdido y el amor de su vida.

El chico a quien más daño haría. El chico al que perdería antes siquiera de haber tenido una oportunidad con él. El chico.