Capítulo 28
Abián
R
ayco nunca viene a mi casa, no solo porque al monstruo no le gustan los Arocha, sino porque su casa no se parece a la mía, que no es bonita ni está limpia ni huele bien.
Ni siquiera parece una casa y a mí me da vergüenza.
Mi madrina decía que no estaba bien sentir vergüenza por las cosas que no son culpa tuya, y yo lo entiendo pero no lo entiendo, porque la vergüenza sigue ahí, aunque la culpa sea de mi madre o de mi padre o de sus amigos, que vienen y se van sin limpiar.
Por eso, cuando la nena se pone mala y mamá no se despierta ni empujándola muchas veces, decido llamar a la puerta de los Arocha. Porque papá no está y mi madrina está lejos y no sé qué hacer.
—Henar tiene los labios blancos y llora y no me deja cogerla en brazos y creo que se está muriendo y no sé qué hacer.
No sé si lo digo en voz alta o en mi cabeza; suena a algo que me diría a mí mismo.
Lo que sé es que Itahisa me coge de la mano y me sigue hasta el tercero.
La vergüenza me empuja en cuanto entramos.
La suciedad salpica las paredes. Hay botellas en el suelo y latas escachadas con agujeritos y quemaduras en el centro, y hay colillas que se desbordan de los ceniceros y platina aquí y allí y todo huele a cigarro y a rancio.
La casa siempre huele así, pero no me había molestado hasta que conocí el aroma de los Arocha, porque estoy acostumbrado y las cosas solo huelen mal cuando tienes con qué comparar.
Alzo la vista, solo para ver si se ha dado cuenta, y ella me aprieta con más fuerza y me dice que está bien. Luego le toca el cuello a mamá, que sigue en el sofá, y le pone la mano cerca de
la boca y la coloca de lado. Enseguida me agarra la muñeca y me pide que la lleve con Henar.
La nena suda y llora y se retuerce cuando Itahisa le palpa la tripa para ver de dónde viene el dolor.
La levanta con cuidado y se la carga a los brazos.
Ahí la miro; la miro de verdad. Es grande y alta y bonita y pienso que no es una enfermera; es una heroína que va a salvar a mi hermana. Y lo hace: la salva.
A Henar la operan de apendicitis esa misma tarde y mamá no viene porque sigue dormida, pero lo hace el monstruo, que mira a Itahisa como si fuera una de las morenas del cuadro Noche
, del Poema del mar
de Néstor de la Torre, con los dientes afilados y las bocas abiertas que dan mucho miedo y vértigo, y no fuera nada bonita.
Esa noche duermo con Rayco, que me lee un cómic y me acaricia la cara mientras lloro por dentro porque Henar está sola con el monstruo y tengo miedo.