Creer tambiés es volar Capítulo 24
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Capítulo 24

Rayco

R

ayco no fingía que le gustaba el fútbol; lo hizo una vez para intentar encajar, y después ya no.

Cuando tenían Educación Física, elegía voleibol y jugaba con las chicas y con los frikis.

Prefería llamarlos así que hacerlo como hacían los otros pibes.

Ser friki estaba bien y a Rayco le gustaba mucho que lo incluyeran en el grupo.

Era mejor eso a que lo llamaran «maricón» o «el hijo del travelo» o «mariposón».

Rayco tampoco fingía que le gustaban los pibes del instituto.

Le gustaban, sí, pero a distancias largas y solo para mirarlos.

Y no a todos. Había pocos chicos dignos de mirar, pero los había, y la gran mayoría eran gilipollas o perdían encanto en cuanto abrían la boca.

Tenían una manera de hablar que le provocaba a uno arcadas.

A Rayco le recordaba a aquella película de Eminem en la que se subían a un escenario y se enfrentaban a una lucha de rap.

Con muchos «tíos» y «hermanos» y «chos» que le hacían arrugar la nariz.

Entonces Rayco dejaba de mirarlos y volvía a su sitio, junto a las chicas, donde solía estar.

Ellas hablaban bonito, eran bonitas, sentían bonito.

El mundo de las chicas estaba lleno de color y una melodía en la que a él le gustaba perderse.

Eso molestaba a los otros pibes por norma general.

A fin de cuentas, Rayco era más alto que la media, y tenía una espalda más ancha que la media, y era más guapo que la media (el chico más guapo del Simón Pérez si le preguntaban a Abián, y de la isla entera si nos poníamos puntillosos).

Que un chico estuviera rodeado de chicas lo convertía en mariquita o en un aprovechado. Dependía del día.

Rayco no jugaba al fútbol, pero a veces la pelota le llegaba igual que si estuviera en un partido, con la misma fuerza y las mismas ganas. Venía volando y no tenía tiempo de pararla cuando se le

estampaba en la cara o en cualquier otra parte del cuerpo. Él la ignoraba, se aguantaba el dolor y seguía a lo suyo, aunque le picaran los ojos de rabia y el cuerpo le temblara como el flan que hacía su madre, con poco azúcar para que no se le picaran los dientes.

Rayco también era más fuerte que la media.

De niño, su madre lo apuntó en defensa personal porque, según ella, tenía que aprender a defenderse de todo aquel que quisiera hacerle daño, cosa que pasaría; ella no tenía dudas.

Su hijo tenía que prepararse y lo hizo. Estaba preparadísimo, y era cinturón negro en taekwondo y podía con cualquiera de esos toletes.

Pero Rayco no lo hacía. Odiaba la violencia y odiaba usar una fuerza que le venía grande con gente tan pequeña.

Y esos pibes eran demasiado chicos de cuerpo y de mente, en especial de mente.

Cuando le hablaba a Abián sobre Superman y el tener la capacidad de hacer algo pero decidir no hacerlo, lo decía en serio.

Los pibes podían seguir insultándolo y lanzándole balones y teniéndole envidia y mirándolo cuanto quisieran, que él seguiría ahí, inmutable y decidido a seguir mientras ellos se quedaban atrás. Muy pero que muy atrás.

«El tiempo no te espera nunca», le solía decir su madre, y luego veían Hook

con Henar y Abián y todo cobraba más sentido.

El tiempo eran ellos, uno sentado al lado del otro en el sofá, en fila, con los hombros bien juntos, los dedos pegajosos de tanto chupar la sal de las roscas y los ojos bien abiertos, maravillados con una historia que ya se sabían de memoria mientras Itahisa le llenaba el pelo de trenzas a Henar.

Fuera del tiempo no importaba cómo te miraba el mundo ni lo que dijeran de ti. No importaba nada.