Creer tambiés es volar Capítulo 23
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Capítulo 23

Abián

L

o entiendo unas semanas después, cuando mamá me cambia de instituto porque ya hay plazas y puedo ir al Simón Pérez, que está al lado de casa y es el mismo al que va Rayco.

Yo, a segundo de la ESO, y él, a cuarto.

Me paso una semana con gripe y las clases ya están empezadas cuando llego.

Aun así, hago amigos desde el primer día.

Es por el monstruo.

Un niño (Luis) se me acerca y me dice que vaya, que es hijo de un amigo de mi padre y que juegue con ellos al fútbol en el recreo, que les falta uno.

No soy bueno jugando al fútbol, pero tengo los gemelos fuertes y soy alto y aprendo rápido y soy hijo del monstruo.

Eso me da oportunidades, signifique lo que signifique eso.

«Las oportunidades no se cuestionan, se aprovechan». Eso me dice Rayco y no lo entiendo hasta que veo cómo es su día a día en el instituto.

Rayco no tiene amigos, sino amigas. Es el más alto de su clase y tiene un cuerpo más fuerte que el de muchos de los otros niños, pero también es guapo.

Qué digo, es el niño más guapo del Simón Pérez y de todo el polígono Cruz de Piedra; probablemente de toda la isla.

Eso lo convierte en un extraterrestre dentro del instituto.

Los niños se ríen, lo insultan y algunos hasta lo empujan y se atreven a pegarle.

Cuando pasa, él los mira mucho y también les sonríe hasta que lo llaman cosas que jamás había oído y que me hacen encogerme de rabia y de miedo.

No por mí, sino por él. El miedo, cuando parte de ti, es casi una mascota que va contigo a todas partes, pero cuando

viene por otros a los que quieres… es horrible. Y no sé qué hacer. Soy chico y no soy valiente y no sé qué hacer.

—¿Por qué no te defiendes? —le pregunto una vez en la que uno de los mayores le arranca un puñado de pelos para demostrar que lleva peluca como su madre; no es verdad, ni él ni Itahisa la llevan, pero no se lo digo porque no me sale la voz y el pibe es un gigante y asusta—. Eres fuerte; puedes hacerlo.

Él mira a los lados.

—No deberías acercarte a mí. Vete con tus amigos, Abi.

—Tú eres mi mejor amigo. Ellos no son nada.

—Yo no estaré mucho por aquí. Ellos son tu billete a unos años tranquilos en esta mierda de sitio.

Lo miro. Tiene el pelo revuelto, la miel de sus ojos enfatizada por el kohl y va como va siempre, con mucho color en la ropa y mucho brillo en el cuerpo.

—No lo entiendo —murmuro, y no puedo evitar estirar el brazo y peinarle el pelo con los dedos, así como él no puede no cerrar los ojos y permitir que lo haga—. Ellos están conmigo por mi padre, pero yo no soy mi padre.

—Lo sé, bobo, pero las oportunidades se aprovechan. Sigue jugando al fútbol y sigue con ellos y estarás bien. Si no lo haces por ti, hazlo por la nena. Y ahora vete antes de que te vean —dice, y me clava los dedos en la muñeca, fuerte fuerte, antes de apartarme la mano y poner distancia.

—Pero ¿por qué no te defiendes? —insisto—. Te he visto defender a tu madre otras veces y pegarles a pibes más grandes que ese.

Rayco me jala de la camiseta y me lleva a un rincón alejado donde nadie nos ve. Su aliento me hace cosquillas en la mejilla cuando me susurra al oído:

—¿Recuerdas eso que te dije de Superman? A veces es más valiente no hacer nada, aunque lo puedas hacer todo.

—Pero te hacen daño —replico.

—No tanto como crees. Hay días en los que ni se acuerdan de mí.

Nadie mira a Superman si no llama la atención.

Quiero terminar el insti y empezar el ciclo sin que mi madre tenga que pisar este sitio ni dar la cara por mí.

Ya tiene bastante con lidiar con su vida.

Hay batallas que se ganan en silencio, Abi. Y ahora, vete con tus amigos.

—No son mis amigos.

—Hay batallas que se ganan en silencio —repite, y me da un beso en la mejilla antes de empujarme para que me marche.

Y yo me voy con la sensación de haber perdido no una batalla, sino toda una guerra.

Rayco y yo no volvemos a hablar en el instituto.

Nos miramos, nada más. Los pibes se meten con él, pero no tanto.

Y comprendo lo que me dijo. Cuando los monstruos no se sacian con su presa, en ocasiones le dan duro hasta que consiguen quebrarla, pero otras la sueltan y se van.

Rayco sigue ahí, con sus amigas, y el resto se olvida de que existe.

Ser invisible es una cosa terrible, pero a veces es lo único que puede salvarte.

Y mientras él se hace invisible, yo me vuelvo muy pero que muy visible. Y por primera vez en mi vida, tengo miedo. De llegar a ser un monstruo. Como mi padre.