Capítulo 21
Abián
- ¿
D
ónde estaban ustedes, dices? —me pregunta el monstruo que era mi padre cuando volvemos de la casa de los Arocha después de pasar el día en el sur.
—¡Deja al niño! —dice mamá casi a gritos.
—¿Te piensas que me chupo el dedo? ¡Estaban con el travelo! ¡Los vi salir con él!
Yo no sé qué significa, pero es algo feo porque el monstruo empieza a gruñir y se le escapa la saliva que salpica en la cara de mamá y también en mi ropa cada vez que gira el cuello y la baba se cae aquí y allá.
A ella no le da asco, creo, pero yo cojo a la nena y la escondo detrás de mí para que los perdigones no le lleguen.
La discusión sigue y sigue y yo me muevo para dirigirnos al pasillo, porque Henar está temblando y tiene miedo.
Oigo algo sobre «denuncias» y «Policía» y «asistenta social», y luego el monstruo se calla; no hay cosa que odie más que la Policía.
El corazón se me acelera y me hago a un lado cuando veo que va a pasar por el pasillo con la mandíbula apretada y cuchillos en la mirada.
La nena me agarra más fuerte y yo cierro los ojos y cuento.
Tengo trece años y tengo miedo. Me pregunto cuánto tarda en irse el miedo.
Itahisa dice que no se va, que solo se transforma, pero no sé qué significa y solo quiero crecer y crecer hasta ser grande y fuerte y que el miedo no me gane a las escogidas nunca más.
De pronto, percibo el olor a mierda de la boca del monstruo y sus garras se me clavan en el brazo.
—¡Óyeme bien, cabroncete! ¡Como te dé por comer pollas como
el maricón ese, te la arranco! —El golpe en la pared llega antes de que abra los ojos; el cuerpo me retumba por la sacudida, el mío y el de la nena, que se agarra más a mis piernas y grita.
Los dos sabemos que el monstruo tiene garras y hace daño, aunque nunca nos haya alcanzado—.
¿Me estás oyendo? ¡Te cojo y te escacho como te vuelvas marica!
¡Un hijo mío no va por ahí comiéndole pollas a nadie!
Henar grita, mamá grita, pero yo no hago nada.
Ni me muevo ni lloro ni respiro ni tiemblo.
Todo sucede dentro de mí. No sé cuándo empiezo a controlarlo, pero lo hago.
Esa es la primera vez que miro al monstruo a los ojos y le digo que sí, que está bien, pero que se calle.
Y él lo entiende. Comprende que algún día creceré y no podrá hacer nada.
Nada de nada. Porque somos iguales, porque los monstruos se hacen por dentro y yo me estoy cociendo como el potaje de berros que cocinaba mi madrina.
Si Itahisa está en lo cierto y el miedo se transforma, no sé cómo será el mío. No sé si quiero saberlo. No sé.
***
Esa noche mamá nos abraza y habla con los Arocha para que nos quedemos con ellos.
Hay muchos amigos de papá en la casa y no es bueno que estemos ahí.
Itahisa le dice que sí con la cabeza, pero no le habla.
Itahisa no habla mucho con mamá y creo que sé por qué, pero no se lo digo porque no quiero que se ponga triste ni ponerme triste ni hacer que Rayco se ponga triste.
—¿Te duele? —me pregunta él al llegar de la calle y sentarse conmigo en el sofá.
Huele a verano y al ramo de flores que tiene en la mano y que su madre le quita para repartir en los jarrones vacíos, y a polo de fresa.
Inspiro hondo para llenarme de libertad y me arrimo más a él.
Sé que Itahisa le contó algo porque tiene arrugas en la frente y no deja de poner esa mueca triste en la boca que a mí me
gustaría borrar con típex.
Despacio, me recorre la cara con la punta de los dedos como hace cuando estamos en la cama y el sueño no quiere venir a nosotros, y a mí se me pone la piel de gallina, pero me relajo.
—No me pegó, bobo —replico—, solo me gritó.
—Los gritos también duelen, bobo —repite con ese tono jodelón que siempre me hace sonreír, y quizá por eso lo usa, porque le gusta que sonría y a mí me gusta que lo haga cuando me ve hacerlo.
Somos un péndulo que va del uno al otro y yo quiero caerme siempre en él, sentirlo y que me sienta, sentir que no estoy… solo.
Lo miro, pero no digo nada. Él me sigue acariciando un poco más antes de volver a preguntar:
—¿Qué pasó?
Le digo que no con la cabeza. No quiero hablar. No.
Y entonces la nena llega de la cocina con un cuenco de roscas y pregunta:
—¿Podemos ver Hook
***
Itahisa grita:
—¡Preparados, listos, allá voy con la cena!
Y nos trae pizza
y comemos viendo la película en el salón.
Rayco me acaricia el brazo y también la cara cuando todo está a oscuras: pequeños roces que yo siento como hormigas hambrientas moviéndose por mi piel.
Cuando se cansa, apoya parte del cuerpo en mi pecho y juega con mi camiseta o me clava los dedos en el muslo de esa manera que significa que estamos aquí, el uno en el otro, mientras su pelo me hace cosquillas en el cuello y todo huele a él.
—Papá es malo como Garfio —suelta Henar cuando empiezan a aparecer los créditos.
Rayco eleva el rostro y sonríe y yo sonrío porque no puedo no sonreír si él lo hace. Todavía me acaricia el brazo y a mí ya no me duele nada.
—Cuando se enfada abre los ojos así, como Garfio —dice, imitándolo entre risas—. Creo que hay un cocodrilo que lo persigue y por eso se enfada.
—Los cocodrilos dan mucho miedo —admite Itahisa mientras se la come a besos.
La nena se ríe a carcajadas y mi corazón se acelera, pero de felicidad. Itahisa la coge en brazos y se la lleva a la cama. Los dos escuchamos la pregunta que le hace antes de desaparecer por el pasillo:
—¿Qué es un travelo? ¿Es un cocodrilo?
—¿Quién te enseñó esa palabra? —inquiere ella con voz suave.
La nena le explica que papá se enfadó y me gritó porque le tenía miedo al travelo y mamá decía que no pasaba nada, que era buena gente, pero los cocodrilos no son buenos y…
Ray se incorpora y me clava la mirada.
—¿Por eso estás así?
Me encojo de hombros.
—Mi padre es un monstruo, ya lo sabes. Además, mamá nos defendió.
—Los defendió —repite, casi escupiendo la palabra—. ¿A ustedes o a mi madre?
Lo miro sin saber bien lo que me está preguntando.
—Espera… —Rayco abre los ojos de par en par—. ¿Sabes lo que significa?
Niego con un gesto. No le cuento esa otra parte, la de maricón, porque eso sí sé lo que es y creo que se refiere a él y no lo soporto y me duele.
Nos miramos. Él con los labios apretados y la mandíbula tensa, los hombros rectos como la profesora de Lengua, la que dice que hay que sentarse con propiedad y es vieja revieja; yo con este miedo que tengo dentro y que no sé si se irá o se transformará como dice Itahisa, pero que ahora siento muy vivo y real.
Rayco se levanta y yo lo sigo. Mi hermana e Itahisa están
ocupando la habitación grande, así que nos cepillamos los dientes y nos metemos en su cama. La distancia entre nosotros es diminuta y fría, como un cristal helado, y empiezo a temblar a pesar de que es julio y hace calor. No puedo dormir, así que me muevo hasta que él me toca la cara y me relajo.
—Ray…
—Mmm.
—No te enfades conmigo, porfa.
Me estremezco cuando eleva el rostro y me roza la mandíbula con la nariz.
—Contigo nunca, bobo.
—¿Significa que seremos amigos pa siempre?
—Significa que la nena y tú siempre tendrán un hogar con los Arocha.
Luego me da un beso en la frente y me duermo con la horrible certeza de que algún día eso cambiará, de que el tiempo nos separará o quizá la vida o los monstruos que habitan en ella. Quizá.