Creer tambiés es volar Capítulo 20
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Capítulo 20

Itahisa

I

tahisa tenía siete años cuando conoció el Poema del Atlántico

de Néstor de la Torre. Sus padres la habían llevado a casa de unos amigos que tenían en el pasillo el cuadro Mar en reposo

, del Poema del mar

, con esos tonos pasteles y esos peces enormes y esos cuerpos desnudos con los brazos abiertos y los ojos cerrados, en calma. A su lado, Drago

, del Poema de la Tierra

. La luz intensa del sol amortiguada por las hojas y ramas del árbol, dos cuerpos desnudos, fusionados por la intensidad del amor.

Ella se detuvo ahí, delante de él, como si fuera una de esas criaturas de las leyendas mitológicas que le gustaba leer.

Y en parte fue así. Era una imagen hermosa y muy diferente de esos otros cuadros que decoraban las paredes de su casa, con mujeres muy flacas de vestidos muy recargados y nada bonitos, como si tuvieran que esconder su cuerpo del mundo, como si no fueran dignas.

El cuadro de Néstor era algo insólito, algo que Itahisa no había visto en la vida y no olvidaría ni aunque Cerbero le arrancara los ojos esa misma noche.

Cuando su madre le dio un toquecito en el hombro para que entrara y se comportara, ella levantó la barbilla y le preguntó, apuntando el cuadro con el índice:

—¿Son dos hombres o dos mujeres?

Su madre se ruborizó. Miró a los lados y se agachó.

—No digas bobadas. Son un hombre y una mujer.

—Pero ¿quién te lo dijo? Yo no veo tetas ni pito.

Itahisa tampoco tenía tan clara la parte de los genitales. Ella también tenía pito, aunque se cuidara bien de que no se lo vieran, y no tenía tan claro que fuese un niño. Dentro de ella, se veía llevando vestidos y adornos que su madre le decía que no

podía llevar, porque era un niño y los niños no llevan esas cosas y eso lo sabía todo el mundo. Itahisa entonces le preguntaba que quién era todo el mundo y ahí se acababa la conversación, porque su madre se cansaba y dejaba de prestarle atención.

—Qué cosas tienes. Anda, entra y juega con los niños.

Pero Itahisa no jugó. No le gustaban esos niños ni tampoco las niñas.

Quería volver al cuadro. Quería saber. Quería tantas cosas…

Tantas… Como el vestido de la rubia con coletas, la hija del dueño de la casa.

Eso sí le gustaba. Y todas esas pulseras que movía fuerte para que se le notaran; movimientos exagerados de niña presumida que Itahisa no entendía.

Si ella las llevara, estaba segura de que nadie lo notaría.

Lo haría mejor. Sería una niña más buena.

Y más bonita. Y más. Lo que Itahisa no podía saber era que sí la mirarían, pero de otra forma: la mirarían para juzgarla, o para reírse, o para condenarla.

Itahisa volvió al cuadro más tarde, antes de marcharse.

Y esta vez fue su padre quien fue a buscarla.

Itahisa siempre prefería a su padre porque la entendía.

Su padre hablaba un idioma distinto propio de esas historias con las que ella fantaseaba desde chica.

Era su caballero de brillante armadura, ese que la protegía de todo mal como solo un padre protege a una hija.

— Pa

, ¿son dos mujeres o dos hombres? —le dijo, ansiosa por saber.

Él se rascó la barbilla solo para hacerse el interesante mientras se inclinaba hacia la imagen.

—¿Importa mucho?

Itahisa lo miró. No entendía la pregunta; nada de nada.

—Quiero saberlo.

—¿Por qué? ¿No te gusta el cuadro?

—Me encanta mucho. ¿Puedo tener uno? —aprovechó para preguntar.

La risa de su padre le estiró las comisuras de la boca y los ojos le brillaron como la luz del otro cuadro, Mar en reposo

.

—¿Y te va a gustar más o menos si son mujeres o si son hombres?

Porque pueden ser las dos cosas o pueden no ser nada.

El sexo es solo una imposición con la que nacemos.

Hay niños que nacen niñas y niñas que nacen niños y personas que no son ni una cosa ni la otra o las dos a la vez. Somos un estado libre.

Itahisa lo miró durante mucho rato. Tenía fuego en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas y no supo por qué.

Su padre nunca volvería a hablarle así, como si se hablara a sí mismo después de una vida de tragar y tragar y callar y callar, y ella retendría las palabras como un tesoro muy adentro, en lo más profundo.

Y callaría y callaría, y tragaría y tragaría, y sería una imposición antes de convertirse en un estado libre.

Pero en ese momento habló. Tiró de la camisa de su padre para que se agachara y le susurró al oído algo que no volvería a pronunciar hasta muchos años después:

—Yo soy una niña.

Su padre sonrió y a él también se le aguaron los ojos. Se incorporó y le acarició la cabeza con cariño. La miró con pena, como si supiera que su vida estaría tan llena de fuego como el que en esos momentos se avivaba en su garganta dolorida.

—Vamos pa casa, mi niña.

Esa fue la única vez que su padre se refirió a ella como «su niña».

Su niña.

Su niña.

Meses después dejó este mundo, quizá cansado de callar y de tragar.

Se fue y la vida de Itahisa se oscureció.

El cielo se llenó de nubes grises. Su madre cerró las ventanas y echó la llave a las puertas para que la verdad de Itahisa no saliera fuera.

El nombre de su padre, ese hombre cobarde que se había marchado dejándolos a la deriva, pasó a ser tabú.

Su madre se agarró a los hombros de ella y le dijo:

—Ahora eres el hombre de la casa.

El fuego en la garganta de Itahisa le impidió hablar, gritar y sacar una verdad que empezaba a consumirla, porque el fuego quemaba y ella se estaba convirtiendo en cenizas.

Y los años pasaron. Y todo era gris. Y llegó ella

, Marta, e Itahisa se casó como su madre quería que se casara. Y cuando por fin salió a la calle y vio el cielo despejado, cuando por fin el fuego dejó de quemar, Itahisa habló, y habló, y habló.

No había dejado de hacerlo desde entonces.

Y su voz se mezclaba a veces con la de su padre, que estaba en el cielo, aunque las malas lenguas dijeran lo contrario.

Porque su padre era pura luz y ella era su niña, y algún día subiría allá arriba y lo abrazaría y le diría «gracias, papá, por no negarme».

«Somos un estado libre».

«Mi niña».

Todo eso les contó a sus pequeños una mañana cualquiera mientras desayunaban y Henar le preguntaba por Néstor de la Torre y su Poema del Atlántico

, esos cuadros que recorrían los pasillos de la casa y que llenaban su vida de sueños y color; omitiendo partes, claro, pues aún eran muy chicos, y adornando otras.

Rayco y Abián se miraron con las almas temblorosas y los corazones acelerados, atesorando cada palabra del relato.

Henar tardaría un poco más en entender a qué venía esa tristeza y esas caras y toda esa complicidad.

Y el cielo seguía despejado, e Itahisa siguió hablando.

Y siguió hablando.

Y siguió hablando.