Capítulo 19
Rayco
R
ayco pensaba mucho en la libertad de las personas.
La buscaba en cada rostro que conocía, en las conversaciones, en el timbre de las voces, en los gestos, en la forma de caminar.
La libertad no estaba en todos. Había quienes la escondían, se disfrazaban y la guardaban como un secreto en una caja acorazada.
A Rayco esas personas no le gustaban, le daban miedo.
Quizá por eso Superman era su superhéroe favorito.
La libertad de Kal-El era simple. No había máscaras, no se ocultaba; aun así, la gente no lo reconocía.
No siempre es fácil reconocer la libertad en las caras ajenas.
Vivimos en un mundo de máscaras y ver una libertad tan blanca y simple cuesta, no te la crees.
Por eso, cuando Rayco conoció a Abián no pudo apartar los ojos de él.
Era un niño más bien triste, pero tenía los ojos llenos de fuego y el cuerpo en alerta para enfrentarse a quien fuera que intentara hacerle daño a su hermana.
La libertad pintada en su cara resplandecía y llenaba de luz el lugar hediondo en el que vivía.
Rayco lo quiso en ese momento, y lo quiso mucho más en cuanto comprendió que no era un espejismo y que su libertad, quizá, era lo único con lo que contaba, además del cariño de su hermana.
Su amor por Abián creció como crecen las olas del Pino en La Cícer a la llegada de septiembre.
La libertad de Abián se parecía a la de su madre, que no era simple pero sí real. Y es que la de Itahisa estaba dentro de ella, pero había que dibujarla fuera para que se viera. A Rayco le encantaba hacerlo. Cogía sus paletas de sombras, los lápices, la máscara waterproof
y los pinceles sintéticos y dibujaba en el rostro de su madre una libertad que había tardado mucho en mostrar, pero que ahora lucía con orgullo.
No siempre fue así de libre. Hay quienes tardan en aceptar la libertad y quienes no la aceptan nunca.
Itahisa tardó en hacerlo. El miedo es un parásito con el que vivimos día y noche y no siempre podemos hacerle frente.
No siempre nos quedan fuerzas. Rayco siempre recordaría el momento en que «su madre» dejó de ser «su padre», tiró a la basura sus ropas antiguas y se pintó la libertad que se merecía.
Fueron muchos años de esconderse en prendas que no eran suyas y en un matrimonio feliz de puertas para dentro.
Itahisa solo era ella dentro de casa. La libertad en espacios pequeños puede llegar a asfixiar.
Y lo hizo, en parte. Hasta que Marta, su otra madre (la mujer que lo trajo al mundo y ya no estaba en él) enfermó.
Entonces hubo lágrimas, pero también una promesa.
Antes de irse, Itahisa le prometió al amor de su vida que nunca (jamás) volvería a esconderse. Y lo cumplió.
Rayco la ayudaba cada día. Pintaba y pintaba y su vida era sencilla, aunque por fuera pareciera compleja. Nada lo era cuando había amor; de eso iban bien sobrados.
Rayco no le habló de esto a Abián; no hacía falta. Su amigo no veía a su madre como lo hacían las otras personas. La aceptaba, sin más. Quizá porque quien es libre sabe reconocer a sus iguales. Quizá porque el amor es el único idioma válido en la vida de un niño que siempre careció de él. Quizá.