Capítulo 18
Abián
H
enar coge piojos después de cumplir los ocho años.
El pelo le llega hasta la cintura y no para de decir que quiere ser Rapunzel, como Itahisa.
Eso enfurece a mamá y hace que el monstruo lance fuego por la boca.
Las paredes crujen a causa de sus zarpas y me alegra que Rayco nunca entre en la casa, porque todo está destrozado y lo único bonito es mi hermana, que ahora llora y llora mientras mamá la peina y el cepillo se le llena de pelos arrancados y no para de decir «mira qué de liendres» y «qué asco» y que se calle si no quiere que la calle ella. Es uno de sus días malos.
Después viene el silencio. Mamá termina de peinarla, la abraza, le pide perdón y le dice que van a salir las dos solas y que le comprará un helado.
Y yo me pongo contento, porque la nena deja de llorar y sonríe y yo sonrío porque ella es feliz, aunque no se acuerde de mí.
La nena nunca lo hace cuando mamá le presta atención.
Ese día, mientras espero a que regresen, me pongo a leer varios de los cómics de Superman que me prestó Rayco.
Me olvido de los piojos, de los gritos y los lloros y me centro en ese hombre tan súper al que no entiendo.
Desde el salón, escucho los ronquidos del monstruo: grrr, grrr, grrr.
Me lo imagino babeando y arrastrándose por el suelo mientras yo le lanzo rayos láser con los ojos, como hace el último hijo de Krypton con sus enemigos.
Se me escapa una sonrisa y me entran muchas ganas de ver a Rayco y contarle lo que estoy pensando. Verlo, nada más. Él es grande y es invencible y es todo lo que yo nunca seré, porque para ser eso tienes que ser valiente y resulta que yo no lo soy.
Lo sé en cuanto la nena entra con mamá en la casa.
Lo sé en cuanto la veo en el suelo, asfixiada por su propio llanto.
Me levanto, el cómic se cae al suelo y lo destrozo cuando paso por encima para llegar a ella.
Hay todo un abismo entre mi hermana y yo y se me ocurre que no existen mapas que te ayuden a alcanzar el dolor de aquellos a los que más quieres.
No los hay. Ni siquiera un superhéroe podría, y yo no lo soy.
Me tiemblan las manos, el corazón se me agita y tengo un bloque de hormigón en el pecho que no me deja avanzar.
Arrastro las piernas, una a una, y parpadeo cuando llego a la altura de la nena y descubro lo que pasa.
Su pelo largo ya no existe y ahora lo lleva tan chico como mi padre, o como el del vecino de al lado, ese que nos toca la puerta por la noche cuando hay mucha gente en la casa y la tele está alta.
Henar no tiene pelo y yo no puedo dejar de temblar ni de llorar por dentro. Cuando lloras por dentro no se escucha, pero duele más porque el silencio duele más, porque esconderse duele más.
Mi madre pasa por su lado y me dedica una mirada que parece una copia de aquellas que me echa el monstruo cuando me cruzo con él por el pasillo.
—Haz que se calle o la callo.
No dice nada más y yo me agacho y cojo a mi hermana en brazos y también el cómic roto de Superman y salgo de la casa. No nos quedamos en las escaleras, sino que subo y llamo a la puerta de los Arocha.
El miedo es un pantano en los ojos de Rayco cuando me ve con toda mi fragilidad en la cara; ríos y ríos de miedo que no se derraman por mis mejillas mientras la nena hipa y se asfixia y yo me muero de pena y de rabia y de dolor.
—No sé qué hacer —digo con una voz que es mía, pero que no lo es.
Rayco estira el brazo con miedo y me roza la mejilla como si
intentara borrar eso que no se ve, pero sí se siente en la vibración de mi cuerpo. Enseguida sale Itahisa y me quita a la nena de los brazos con suavidad.
Rayco me agarra de la muñeca y me hace pasar a la cocina, donde me prepara un colacao mientras los dos fingimos que no estoy llorando por dentro.
No puedo mirarlo cuando le entrego el cómic destrozado.
—Lo siento. Ahorraré y te lo pagaré.
—No pasa nada, tengo más.
—Es que la vi en el suelo y se me cayó y yo… pensé que se moría. —Respiro hondo y noto el pinchazo en los ojos, como si el río de dolor quisiera salir por ahí—. Si ella se muere, yo me muero, Ray. No tengo a nadie más.
Cojo aire y me muerdo el labio con fuerza mientras el cuerpo se me dobla y las lágrimas no salen.
Soy uno de esos castillos que hacía en la arena cuando mamá no estaba poseída y nos llevaba a Las Canteras.
Un solo roce y se caía. Así me siento cuando Rayco me sujeta la cara con ambas manos y me acaricia con cariño.
—No seas bobo. Solo es un cómic. ¿No viste mi habitación? Tengo muchos.
—Lo siento.
—Mírame, por favor.
Entonces lo hago: lo miro. Y hay tanto amor, tanta dulzura… Pero también hay otra cosa que no logro entender y que no me gusta nada. No es la primera vez que me mira así y a mí me gustaría ser un superhéroe de esos que leen la mente para poder saber lo que piensa.
—Óyeme bien: no solo tienes a Henar; ahora tienes a mamá y me tienes a mí. Con nosotros nunca estarás solo.
Pero no es verdad. Puedes estar con gente y estar solo. Puedes estar con tu persona favorita y estar solo. Me pasa cuando estoy con Henar; no siempre, pero me pasa. Claro que no se lo digo, porque Rayco me está sonriendo con la boca y con el cuerpo y
también me abraza fuerte y durante mucho rato. Es más grande y alto que yo, pero se agacha y nuestros corazones se sincronizan y yo me aprendo el modo en que laten juntos, ese «pum pum, pum pum, pum pum» que es suyo y mío y de los dos a la vez.
Rayco huele a Bakoka de fresa y a flores y a la base de maquillaje que siempre le llena las uñas. Su olor es un mapa en sí mismo, un mapa que siempre me llevaría a casa: a él, no a este edificio; no a ese lugar en el que duermo bajo las fauces de un monstruo, sino a él, solo a él.
De pronto nos damos cuenta de que se dejó de oír el llanto de la nena y ahora su voz trémula llena la estancia: preguntas y respuestas que Itahisa le contesta con paciencia y cariño.
Ese «ya no podré ser Rapunzel» que se repite y se repite y se repite.
Y ese «no, eres algo mejor» que le viene de vuelta y hace que la nena ría con fuerza y que a mí me tiemble la barbilla por el alivio.
Itahisa nos llama desde el salón, o quizá lo hace Henar.
No lo sé. Aún sigo contando los latidos y no quiero separarme de Rayco nunca.
Su risa al darse cuenta de cómo lo aprieto me hace cosquillas en el cuello y siento una marea alta en la barriga cuando me aparto y me mira con esos ojos que son hogar, la camiseta verde veinte tallas más grande, los pantis violetas y el pelo rubio salpicado de fisquitos de nomeolvides.
—Bienvenido al mundo, Kal-El.
No le pregunto por qué me llama así, pero le cojo la mano cuando me la tiende y tira de mí hacia el salón. Ahí está mi hermana. La melena que Itahisa le puso es incluso más larga que la que le raparon.
La nena se abraza a mi cintura y yo me agacho para darle un beso en la mejilla.
—Mira, Abi, soy Rapunzel. Ahora tendré el pelo siempre largo y no se me llenará de piojos y mamá no me lo quitará, porque Ita me lo guardará hasta que venga del cole.
Itahisa me mira. Rayco también me mira. Pero yo solo puedo
mirar a mi hermana, que gira y gira por el salón con ese pelo que es como una cascada de oro enfatizada por la luz que se cuela por la ventana abierta. En ese momento pienso que no necesito superhéroes si tengo esto. No necesito nada más.