Capítulo 17
Itahisa
S
ucedió días o semanas o meses después de aquel fin de semana en el sur, una mañana cualquiera en la que el sol había decidido entrar a raudales por la ventana abierta.
Itahisa abrió los ojos, miró el modo en el que los rayos se reflejaban en las paredes y emitían destellos en el espejo, y en los marcos de los cuadros y las fotos, y en las diminutas estrellas de metal que decoraban las paredes de su habitación, colgadas por su hijo hacía ya mucho tiempo.
«Porque brillas, mami», eso había dicho, y ella se había tenido que morder los labios para no decirle que su brillo solo se apreciaba cuando él estaba cerca.
Itahisa sonrió y la sonrisa se le quedó ahí, pegada a los labios mientras se daba cuenta de que algo había cambiado.
No tenía claro qué era. Todo estaba igual, pero parecía distinto, como cuando estás dentro de un sueño y lo ves todo en escala de grises.
Pero en ese momento no soñaba, porque el color estaba ahí, salpicando la alfombra, y las cortinas, y las uñas de los ñoños que se le habían salido de la colcha y brillaban por el rojo del esmalte. A Itahisa le gustaba mucho el rojo.
Fue entonces cuando oyó un grito, y otro más, y otro más. Se levantó, se puso su bata favorita, deshilachada y desteñida, y salió al pasillo con el pelo revuelto y los ojos llenos de sueños. Y quizá sí estaba en un sueño, el más maravilloso del mundo.
Ahí, en el salón, sus niños reían, y bailaban, y saltaban; y lo hacían todo en silencio; porque ella dormía y no podían despertarla.
—¿Qué hacen, niños?
—Bailamos en silencio —dijo Henar, con esa voz solemne que ponía a veces.
Abián se ruborizó; Rayco intentaba que no se le escapara la
sonrisa.
—Perdón —dijeron los dos a la vez.
—No se puede bailar en silencio. Se baila con música y con mucho ruido, con el cuerpo y con los pies. —Itahisa empezó a saltar y a mover los brazos con mucho ahínco. Todos sonreían. Henar se puso a su lado y la imitó—. Pongan música y bailen hasta que prepare el desayuno, venga.
Los dejó ahí, guerreando mientras ella hacía tortitas y sacaba el membrillo de la nevera.
Y a medida que la cocina se llenaba de olores que hacían que su barriga gruñera y se quejara y les daba vueltas a las tortitas en la sartén, se dio cuenta de que era eso lo que había cambiado: el ruido, los niños; la casa, que ahora tenía risas en lugar de ecos.
El ruido, cuando es bonito, consigue que todo se vea de otro color.
Itahisa nunca pensó en traer más hijos al mundo.
No pensaba más que en su familia, que era de tres y después se quedó en dos.
Y ahora… Ahora estaban los Machado: dos niños que no eran huérfanos, pero llevaban una capa de abandono encima.
Itahisa los quiso nada más verlos y su amor fue creciendo con el paso de las estaciones.
Les cogió cariño en otoño, los quiso fleje en invierno, se enamoró de ellos en primavera y, cuando llegó el verano, supo que ya no había vuelta atrás, que su amor era uno de esos «para siempre» en los que no creía cuando era más joven.
Se sintió madre por segunda vez en la vida. Eran dos criaturas maravillosas que guardaban tanto amor… Tanto…
Henar era fácil. Ella quería como quieren los niños de su edad, con el abandono y la simpleza de la inocencia.
El difícil era Abián, su niño perdido, con ese cuerpo que creció y creció hasta llegar a su altura y esos brazos que parecían de hierro pero que se quebraban como esos espaguetis del número 1 que le gustaban a Henar.
Itahisa se volcó en ella, porque era más chica, pero no apartó la mirada de él. Cómo quería el jodío
, cómo
se las apañaba para que su hermana viviera eternamente en su Nunca Jamás particular, ese en el que el plato siempre estaba lleno de comida, aunque no hubiera nada.
A Itahisa se le partía el corazón al advertir su fuerza y su fragilidad, todo lo que daba y lo poco que aceptaba de los demás.
Así era él. Y lo siguió siendo a medida que pasaban los años.
Itahisa los vio crecer con el corazón en un puño. Fue madre sin serlo, y lo hizo lo mejor que pudo, aunque a veces se equivocara. ¿Cómo no hacerlo? El amor es un galimatías y la experiencia no te aseguraba nada ni te salvaba de cometer errores.
Hubo días buenos, muchísimos. Itahisa les dio un hogar seguro; fue madre, Ratoncito Pérez, Papá Noel y los Reyes Magos.
Los sacaba de excursión cuando le daban permiso, se encargaba de vestirlos en Halloween y en carnavales, los llevaba a las galas y los colocaba cerca del escenario para que no se perdieran nada, los apretaba contra su pecho cuando lloraban (Henar por fuera, Abián por dentro), se quedaba en silencio cuando no sabía qué decir, pedía citas para el médico o los ayudaba con los deberes cuando no trabajaba.
Pero también hubo días malos. A fin de cuentas, solo era una madre de quita y pon.
No pudo evitarles el dolor ni los golpes de la vida, ni el miedo, ni mucho menos la soledad del abandono, esa que Abián se había comido hasta el emboste.
Sus niños fueron felices, sí, pero también sufrieron.
Itahisa se preguntaba a veces si lo bueno compensaba lo malo.
Deseaba que sí. Que la magia se les quedara dentro cuando el dolor se lo llevaba todo, que el camino hasta ellos siempre fuera claro y seguro, que siguieran siendo niños.
Que creyeran. Eso era lo que más quería Itahisa: que creyeran.
Porque solo quien cree es capaz de volar.