Creer tambiés es volar Capítulo 16
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Capítulo 16

Abián

E

l mejor cumpleaños del mundo no llega al día siguiente, cuando nos levantamos y la mesa está llena de comida, con una tarta y trece velas de cumpleaños que soplamos juntos, porque son muchas y no me gusta pedir deseos yo solo; lo hace el fin de semana, cuando Itahisa nos cuenta que mi madre nos dio permiso para pasar el sábado y parte del domingo en el sur, en un hotel en Anfi del Mar.

Pero primero vamos a volar.

El sábado nos subimos al mini de Itahisa sin entender a lo que se refiere con «volar» hasta que llegamos al aeródromo de Maspalomas y nos bajamos del coche en un sitio donde nunca hemos estado y que parece desierto, como las pelis de zombis, y nos ponen los trajes de Superman.

Allí nos explican lo que es un túnel de viento de paracaidismo indoor

y cómo tenemos que mover los brazos y las piernas.

Enseguida nos meten uno a uno dentro de un tubo con rejillas en el suelo desde donde empieza a salir mucho aire y entonces volamos.

Los nervios se me atoran en el pecho a la llegada de mi turno, al menos hasta que empiezo a volar y el monitor me agarra para que no me caiga.

Cuando me quedo suspendido en el aire, ni arriba ni abajo, sino en un punto intermedio, con el mordisco de la adrenalina en la tripa y el miedo que no entra ni sale, solo me rodea, comprendo que esto es la infancia.

Tenerlo todo, aunque no tengas nada; pero también es darte cuenta de que eres adulto, y que, aun así, puedes seguir siendo un niño.

Que el miedo siempre estará ahí, rodeándote, como el traje del superhéroe extraterrestre que se me pega al cuerpo y me convierte en el muchacho valiente que

nunca seré. Esto es la infancia, y esto es la adultez.

Los vuelos duran poco, pero la sensación se queda. De camino al coche, la nena salta y salta e Itahisa se la sube a las caderas, aunque pesa fleje, solo para que se calme y deje de pedir que volvamos a subirnos.

Rayco me mira y me acaricia el dorso de la mano con los dedos.

No me atrevo a mirarlo. Sigo nervioso y tengo miedo y no sé por qué.

Pero él no me dice nada ni se ríe de mí; solo me acaricia y me acaricia hasta que se me estiran los labios y me suelta un «¡Ja, te gané!

», y yo lo empujo y me río porque ¿qué otra cosa puedo hacer?

***

Una vez que dejamos las cosas en el hotel de Anfi del Mar, que tiene habitaciones grandes y piscinas aún más grandes, bajamos a la playa más bonita del mundo, con esa arena blanca y esas aguas cristalinas que se parecen a las playas del Caribe que salen en la tele.

Nos bañamos, comemos hamburguesas y papas locas en la arena y paseamos por la zona de palmeras cerca del muelle.

El domingo por la mañana nos subimos en la banana, que es un flotador gigante con forma de plátano donde te sientas y una lancha te lleva a la velocidad de la luz y tienes que agarrarte fuerte para no caerte.

Luego caminamos hasta la playa del Balito, que es de piedras, e Itahisa y la nena se bañan en la orilla mientras nosotros cogemos cangrejos que luego soltamos porque no queremos que se mueran.

Ese día hay otra tarta, y también velas.

Muchas. Pero nadie felicita a nadie, o quizá todos nos felicitamos a todos.

Qué más da. Es el mejor fin de semana de mi vida y sé que también es el de la nena, aunque llamara a mamá en sueños.

Eso me enfadó, pero Itahisa me explicó que era normal, que a una madre no se la olvida nunca.

***

—¿Lo pasaste bien? —me pregunta Rayco cuando llegamos esa noche a su casa y nos metemos en la cama con dolor de barriga de tanto reír, los cuerpos encendidos por el sol tímido de diciembre en el sur y las frentes sudadas.

—Volví a volar.

Estira el brazo y me recorre la cara con los dedos. Le pido que no haga eso, que estoy sudado, pero él me asegura que no le da asco, que nunca sentirá asco de mí. Él también suda; un sudor que huele a hortensias, a ropa limpia y a polo de fresa.

—Pusiste una cara rara cuando te bajaste del tubo.

El corazón se me acelera y creo que sudo un poco más. Puede que nos conozcamos desde hace tres meses, pero lo siento como una verdad que siempre estuvo ahí y comprendo que a él le pasa lo mismo.

—Estaba contento.

—Fue algo más, Abi.

Me quedo callado. Él me sigue acariciando; a un lado y a otro, a un lado y a otro. Pienso en la luz y en las sombras, en el mundo que da vueltas muy deprisa y nos empuja hacia la superficie, cada vez más al borde, y pienso que no me importaría soltarme y caer mientras él se mantuviera a salvo.

—Buenas noches —me dice con un suspiro, y hace que se da la vuelta, pero lo agarro de la muñeca y me pongo de lado para mirarlo.

—Ray… —Le aparto los mechones de la cara y me recoloco en la almohada para que unamos nuestras frentes—. Creo que no fue el tubo ese lo que me hizo volar. Creo que eres tú. Creo que vuelo cuando estás cerca de mí.

Él me sujeta de la nuca y hunde los dedos en mi pelo.

—No, tonto, tú vuelas siempre; yo solo te recuerdo que lo haces. —Me besa la mejilla; nuestros pechos unidos, nuestros corazones acelerados—. No te preocupes, siempre estaré contigo para recordártelo. Volarás siempre.

Y allí, en el silencio de la noche, con el corazón de Rayco empujando el mío, me creo que será así siempre. Tengo trece años y aún soy capaz de creer.