Creer tambiés es volar Capítulo 15
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Capítulo 15

Abián

- ¿

T

e puedo contar un secreto? —le digo a Rayco una noche en la que mi hermana duerme con Itahisa y nosotros nos quedamos juntos en la cama grande—. Pero no le digas nada a la nena, que fijo que se pone triste.

Él se gira hacia mí. Fuera, la calle se llena de sirenas: un incendio, tal vez, o quizá otra cosa.

La habitación está a oscuras, pero la persiana está levantada y las luces pasan a toda velocidad y nos lanzan puñetazos anaranjados en la cara.

Los dos cerramos los ojos, cegados por su intensidad, y los volvemos a abrir cuando se van.

El rostro de Rayco se llena de sombras salpicadas aquí y allá por el brillo de las estrellas del techo.

—Claro que puedes, bobo.

Nos miramos, nos retamos. Él enrosca la mano en el cuello de mi camiseta para acercarme.

Yo le clavo los dedos en la muñeca porque me gusta sentir su calor, y su piel, y el tambor de su corazón en las yemas.

Su aliento a pasta de dientes me da en la nariz y sonrío y me pongo colorado porque me da vergüenza que lo sepa y a la vez quiero contárselo todo siempre.

—Hoy es mi cumpleaños. Bueno, fue ayer —me corrijo—. Ya son más de las doce, así que el trece de diciembre ya pasó.

Rayco se incorpora apoyado en un codo.

—¿Qué?

—Pues eso, que fue ayer.

—¿El trece de diciembre es tu cumple? ¿Por qué no lo dijiste? Yo te dije que cumplía el ocho de marzo.

—Y también me dijiste que era el día de la mujer y que nadie puede olvidar ese día. Pero es que el mío no es importante, Ray.

No sé, papá y mamá no siempre se acuerdan. —No le digo que no se acordaron esta vez tampoco; no hace falta.

—No somos tus padres de mierda. —Rayco abre los ojos de par en par y se tapa la boca. Enseguida me acaricia la cara con la mano abierta y a mí se me forma una cosa muy rara en el pecho que se queda ahí, como un nudo bien apretado—. Dios. Perdón, perdón, perdón.

—Tranquilo. Es verdad.

Tiene los ojos brillantes y, de cerca, puedes ver el verde musgo de las manchitas que salpican la miel de sus iris, además de los anillos ámbar que le rodean las pupilas.

Es como subir a Marte, o mejor aún, a Nunca Jamás; adentrarte en sus tierras fértiles y que todo se inunde de agua, y yo me arrepiento de haberle dicho nada, porque se siente mal y no quiero que lo haga.

—Lo siento.

—No lo sientas tú, bobo. Dios, ven aquí.

—Me abraza, fuerte fuerte, y yo siento el pecho lleno de muchas cosas.

Mi madrina decía que podías morirte de amor, que no me enamorara mucho, que todo en su justa medida era mejor, pero yo no sé hacer esas cosas; no sé nada más allá de sentir, sentir, sentir—.

Vale, y ahora dime algo que quieras, venga.

Se sienta, estira el cuerpo para encender la luz de la mesita y me pasa una libreta de las que guarda dentro del primer cajón, llena de números y dibujos que no sirven para nada.

—Escríbelo aquí —insiste cuando ve que no le hago caso.

Me siento yo también, un poco desorientado y mucho más avergonzado.

—No sé, no quiero nada.

—Venga ya, todos queremos algo.

Me muerdo el labio. Él le da un toquecito al papel.

—Algo que quieras mucho.

Me lo pienso. Y la idea se me viene así, sin avisar.

—Quiero volar contigo.

—¿Qué?

—Henar dice que ya no sé. El otro día se puso a llorar porque decía que yo había dejado de ser un niño. No quiero dejar de ser un niño; quiero volar contigo, Ray. ¿Puedo tener eso?

La mirada que mi amigo me dedica me rompe el corazón y siento que vuelvo a estar en tierras inexploradas que se inundan con rapidez. No dura mucho. Enseguida se levanta y me tiende la mano. Se la miro con curiosidad.

—Vamos, tolete —insiste y me sujeta con impaciencia.

—¿A dónde?

—¿A dónde va a ser? Al país donde viven los monstruos, los que merecen la pena. —Sus dedos se enlazan con los míos cuando me incorporo y dejo que me arrastre por el pasillo—. Vamos a celebrar tu cumpleaños.

—Pero fue ayer.

—Hoy es ayer, y mañana será ayer si queremos. Tu cumple es todos los días.

—¿Como un no cumpleaños

? —pregunto, recordando las partes favoritas de mi hermana de Alicia en el país de las maravillas

.

—Como un sí cumpleaños. Lo celebraremos hasta que me olvide de que fuiste un tolete que no me lo dijo. Lo vamos a celebrar hasta que me canse. Y después… —Se detiene delante de los muebles de la cocina y empieza a sacar cosas: galletas, leche, chocolate negro...

—¿Y luego qué?

—Y luego ya veremos.

Sonreímos. Me pide que me siente, porque es mi cumpleaños y no puedo hacer más que mirar. Le recuerdo que ya no lo es, y él se enfada y me llena la cara de chocolate y nos reímos tanto y tan fuerte que Itahisa se levanta, con el pelo alborotado y cara de enfado.

—Pero ¿qué hacen?

—Una tarta, ma.

Antes de que ella pueda abrir la boca, le explica que es mi cumpleaños y que tienen que comer tarta, que es cosa lógica.

Ella me mira con los ojos brillantes. No me pregunta por qué no se lo dije y yo finjo que no veo su pena.

En nada están los dos trasteando aquí y allí, cantando y moviéndose como si fuera un baile.

—Y ahora, a dormir —dice Itahisa cuando acabamos y mete la tarta en la nevera.

—Pero ¿y la tarta? —inquiere Rayco.

—La tarta, mañana; caliente no sirve para nada.

Él va a protestar, pero ella lo silencia con una mano en los labios y me pide que me vaya a la cama, que tiene que hablar con su hijo.

No sé qué se dicen, pero Rayco sonríe mucho cuando se tumba conmigo en la cama y me besa la frente.

—¿Por qué sonríes?

—Porque sonreír es de guais, y yo soy lo más.

Ahora soy yo quien se ríe. No le digo que no es verdad, porque yo también lo pienso. Eso tampoco se lo digo porque me da vergüenza, pero se me pone la cara colorada y creo que se da cuenta, porque la luz de la mesilla de noche de su lado sigue encendida.

Me da un pellizco en la barbilla y a mí me duele la cara de sonreír.

—Tú también lo piensas.

Le doy un tortazo para apartarle la mano, pero él me vuelve a pellizcar.

—Voy a hacer que vuelvas a volar, Abi. Cada vez que toques el suelo, te subiré bien alto, hasta que no veas más que nubes y cielo.

—¿Vendrás conmigo? —pregunto bajito.

—Siempre.

Me besa la frente otra vez y apaga la luz. Tengo el corazón acelerado, el pecho lleno de burbujas y no hay monstruos de los que dan miedo, solo nosotros. Pienso que ojalá no acabara nunca, y que este es el mejor cumpleaños del mundo, incluso sin haber probado la tarta.

Cuando el sueño consigue agarrarme, oigo que Rayco me dice:

—Te quiero fleje, Abi. ¿Sabes esas olas del Pino que suben y suben y te dejan todo enchumbado si te acercas? Pues así de fuerte te quiero.