Creer tambiés es volar Capítulo 14
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Capítulo 14

Abián

T

enía ocho o nueve años cuando vi Hook

por primera vez. Mi padre no parecía tan monstruo y mi madre parecía una madre.

Mi hermana todavía llevaba pañales. Lo recuerdo porque olía a mierda y a leche caliente y no dejaba de llorar.

Aun así, los ojos se me quedaron pegados a la pantalla y no había manera de apartarlos de ahí. Aquel Peter Pan

no era el mismo que luchaba contra los piratas y cantaba con los indios.

Era un hombre viejo que tenía hijos y responsabilidades y estaba muy ocupado para jugar con ellos.

Aquel señor era mayor, pero volvió a convertirse en un niño.

No lo entendí entonces, como no entendí muchas cosas de aquella película que tanto me fascinaba.

Pero volví a verla y la segunda vez la comprendí un poquito más.

No recuerdo cuántas veces la he visto ya cuando Itahisa me la regala al enterarse de que el DVD se me perdió con la mudanza.

Es sábado y la nena y yo nos marchamos de la casa porque hay mucho ruido y mamá nos da dinero para comprar algo de comer, así que vamos al HiperDino grande de enfrente y compramos membrillo, cruasanes, Nocilla y queso y subimos a la casa de los Arocha con el botín.

Itahisa nos abraza y me dice que no tengo que traer nada de comer, que hay comida en casa y que también es nuestra, que podemos cogerla siempre.

Luego me da la película y yo la abrazo, fuerte fuerte, y prepara roscas mientras Rayco la pone y nos sentamos en el sofá del salón a verla con dos mil cojines y mantas.

Tengo doce años y esta vez veo mucho más de lo que no se ve. La tristeza de los niños, esa soledad que empiezo a reconocer

porque me duele en el centro del pecho, un dolor constante que crece cada día más.

El abandono. Los niños que están perdidos, pero se tienen los unos a los otros.

Veo el hambre de amor en sus caras y de comida en sus barrigas cuando fingen que comen, aunque los platos estén vacíos.

Veo el tiempo que se va, los niños que crecen, el polvo de hadas que deja de tener fuerza, la magia que no existe.

Miro a mi hermana, diminuta y frágil, una niña perdida en una casa que no es la suya, apoyada en los brazos de una madre que tampoco es la suya, embostada de un abandono que sí es suyo y que aún no entiende porque es muy chica.

Y lloro. Con la cabeza virada hacia un lado, me arranco las lágrimas y me digo que yo también seré Peter Pan

, que lograré que el tiempo deje de ser un cocodrilo que arranca sueños y da miedo, que haré que el tiempo no le duela a la nena. La cuidaré hasta que no me queden fuerzas y no dejaré que se haga grande tan rápido ni que se pierda en este mundo de adultos que es tan gris y feo.

Y entonces lo noto: la mano de Rayco en la mía, la caricia de su mejilla en mi hombro, esa forma de decirme que todo está bien sin palabras. Rayco no necesita de eso. Y, aun así, lo creo; a él siempre lo creo.