Creer tambiés es volar Capítulo 13
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Capítulo 13

Abián

-N

iños, las cosas van a cambiar.

Es la frase favorita de mamá. La dice cada vez que papá se va a saber dónde. A mí no me importa siempre que se vaya, y a la nena tampoco. A Henar solo le importa mamá, y mamá está cuando papá no.

Mi madre promete muchas cosas cuando él no está.

La casa está limpia, hay comida en la nevera y no tenemos que escondernos en las escaleras.

También hay cuentos y risas y ruidos que no dan miedo.

Pero las promesas son como la espuma de mar: se deshacen tan rápido que apenas te da tiempo de creerlas, aunque la nena sí lo hace.

Henar siempre cree a mamá, quizá porque el amor de una madre está por encima de todo, incluso de mí, que soy quien está con ella y le dice la verdad.

Y duele, mucho mucho. Me duele saber que mamá siempre estará primero, aunque no se lo merezca.

—Es una mierda —me dice Rayco cuando voy a su casa y se lo cuento: que papá se fue, que mamá ya no parece estar poseída, que la nena duerme con ella y se olvida de mí.

Rayco se levanta y se pone a dar vueltas por el salón y a patear el suelo que da a la casa donde vivo como si quisiera hablarle a mi madre en un idioma que nadie más que él comprende, y a estirar los brazos por encima de la cabeza como hace cuando se enfada, o a peinarse el pelo.

Eso lo hace mucho y me encanta, porque lo tiene suave y brillante y me gusta acercarme y apartarle las manos, que no dejan de arrancárselo, y acariciarlo despacio.

—¿Por qué no te enfadas? —me dice al tiempo que me agarra de la cintura y me aprieta con suavidad, todavía con el enfado

pintado en la cara mientras se deja acariciar.

—¿Con mi hermana pequeña? Porque es chica y no entiende, Ray. Y porque es feliz. No llora cuando mamá está bien y, no sé, es que tampoco dura mucho. Prefiero que sea feliz por unos días a que sea infeliz siempre, como yo.

Rayco se aparta de mí con brusquedad y me mira como si fuese yo quien le estuviera arrancando pelos a puñados.

—¿Eres infeliz? No puedes ser infeliz.

Me encojo de hombros; las palabras se me atoran en la garganta y no quieren salir.

—Abi, todavía eres un niño.

—¿Tú crees?

Lo miro, me mira. El mundo allá afuera gira y tiembla y se transforma, pero nosotros seguimos aquí, metidos en la historia del otro.

—¿Me haces un bocata? Tengo hambre —le digo solo para que deje de dolerle: odio dolerle a él.

Y sé que esto tampoco durará, que su dolor es más real que las promesas de mamá, pero en este momento sonríe y a mí me falta el aire.

—¿Cuánto crees que tardará en volver esta vez? —me pregunta mientras nos comemos media barra de membrillo con tostadas, mantequilla y queso majorero.

Niego con la cabeza y me trago la bola de comida con batido de chocolate. Papá puede volver hoy o no volver nunca. Qué más da. Ojalá no lo hiciera nunca, pero es como las chopas cuando se te meten en la casa e intentas cogerlas: se esconden rápido, pero siempre (siempre) regresan.