Creer tambiés es volar Capítulo 12
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Capítulo 12

Abián

V

uelvo a ser un niño con Rayco, quizá porque a él se le da mejor eso de ser chico, de ajustarse a la altura que le toca, y a mí se me da bien practicar la imitación. Practicar, digo; llevarlo a cabo es distinto. Nadie podría imitar nunca a Rayco Arocha, y yo, menos que nadie.

Nos hacemos amigos sin querer. Nos encontramos en el parque que está al lado del bloque, en la parada de la guagua cuando voy caminando con la nena a Triana y él nos sigue, porque para qué va a coger la guagua solo si puede bajar con nosotros andando.

Y luego están los encuentros en las escaleras y los «entren pa dentro, venga» cuando nos invita a cenar o a ver una peli o a dormir en su casa, siempre con el permiso de mamá, que asiente casi sin vernos mientras la nena le rodea las piernas y le dice «mamimamimami» y «tequierotequierotequiero», así, todo junto, que es lo mismo que decirlo muy alto pero sin subir la voz.

Y yo me siento un poco más escachado contra el suelo porque sé que más tarde llorará con su nombre en la boca y yo nunca podré darle el cariño que necesita, porque mis manos son chicas y no tengo nada de madre; ni siquiera huelo como una.

Pero Rayco es un pirata y nos lleva en su barco como si hubiese nacido con el timón en las manos. Somos niños perdidos, pero también parte de una tripulación. Encontramos una familia y nos quedamos.

Itahisa vacía la habitación de invitados, mete los vestidos y los disfraces en armarios (en el viejo empotrado y en otros dos que compra de segunda mano), y la pintamos entre todos con los colores del arcoíris y estrellas en el techo que se iluminan cuando se apagan las luces y el sol se marcha.

También compra una cama enorme y la habitación se convierte en nuestra cabaña

de Nunca Jamás. Somos niños perdidos que por fin tienen hogar.

Y así vivimos, día tras día tras día.

Mi vida se resume en ver los cambios en Rayco: cómo le crecen el cuerpo y el pelo, pero la sonrisa se le encoge en la boca.

—¿Qué fue? —le pregunto a veces.

—¿Qué no fue? —me responde, también a veces.

—Estás amulao

.

Él se encoge de hombros o me abraza, que es como no decir nada pero diciéndolo todo.

Algunas noches, cuando tengo miedo y me levanto temblando porque todo está oscuro y la oscuridad es tan terrible como mi padre, Rayco me coge de la mano y nos metemos en uno de los armarios, con los vestidos de telas suaves que nos caen como el agua de una cascada, acariciándonos la piel con cada movimiento de nuestros cuerpos.

Nos tapa con una manta y hablamos de todo y de nada.

Y la oscuridad es brillante porque él es una luciérnaga que me abraza y me acaricia y me quiere.

Y yo lo quiero tanto (tanto) que duele. Un dolor que no quiero dejar de sentir, un dolor que sana.

Así es como nos hacemos amigos, sin querer, y así es como me voy enamorando de él, también sin querer. Y es como vivir. Caes aquí, en el mundo, también sin querer. Quieres y vives, porque estar aquí y querer son aventuras tremendas. Y pienso que el Garfio de Hook

no tenía razón, morir no es la gran aventura. Morir solo es el punto final de la aventura. Y nosotros somos puntos y seguidos, y comas, y puntos suspensivos, y más puntos y seguidos, y espacios en blanco que rellenamos y rellenamos y rellenamos.

La vida, esa gran aventura.