Capítulo 10
Abián
- ¿
Q
ué quieres ser de mayor? —le pregunto una noche en la que me quedo a dormir en su habitación.
La nena está con Itahisa y Rayco me hace un hueco en su cama; siempre lo hace, aunque sea chica, y sé que le cuesta dormir conmigo a su lado porque se mueve y se mueve y se mueve.
—Adivina.
Me pongo de lado para mirarlo. Sus ojos brillan en la oscuridad de la noche y su rostro se recorta por la escasa claridad que entra por la persiana semiabierta.
A Rayco no le gusta la oscuridad y resulta que yo vengo de la cueva de un monstruo en la que tengo que permanecer a oscuras y en silencio.
Somos como el día y la noche y me pregunto si el día y la noche podrán ser amigos para toda la vida o si sus diferencias los terminarán separando.
Rezo todas las noches como me enseñó mi madrina para que no lo hagan.
—¿Peluquero? —pruebo, porque cuando le peina el pelo a Itahisa lo hace muy bien.
Él se ríe. Alarga el brazo y dibuja el contorno de mi cara. Le gusta hacerlo y yo siento esa cosa rara que parecen microorganismos moviéndose fleje de rápido por mi cuerpo, pero a él no se lo digo, porque es Rayco y me da vergüenza.
—¿Frío frío?
—No tanto —contesta—. ¿Quieres que te lo enseñe o tienes sueño?
—Sí quiero —digo tan rápido que él vuelve a reírse y a mí su risa se me mete dentro; me la guardo, como hago con cada momento que pasamos juntos.
Entonces se levanta. Enciende la luz de la mesita y saca un neceser grande.
Me dice que me siente en el borde del colchón y que no me mueva ni abra los ojos hasta que él me diga.
Es difícil no moverte cuando tienes doce años y te piden que no lo hagas.
Pero lo hago, porque no hay cosa en el mundo que quiera más que seguirlo a él.
Me cuesta respirar cuando siento su aliento en la mejilla y se me mete en la boca, igual que me cuesta no reír cuando siento sus dedos en la cara, los pinceles arrastrándose por mi piel.
No necesito preguntar qué hace, porque lo sé.
He visto a Itahisa ponerse las pinturas antes de salir y a él esa cosa negra en los ojos que hace que parezcan más profundos y bonitos.
Pero nada me prepara para lo que encuentro cuando me coloca delante del espejo y observo el resultado. Nada.
Lo miro en el espejo y él me mira y comprendo que el día nunca estará para siempre unido a la noche, aunque sean partes de un todo. Somos dos amantes condenados a morir, como Romeo y Julieta, como Tristán e Isolda, como Gara y Jonay.
Parezco… bonito. Más que bonito, soy hermoso. Y jamás me he sentido así, tan valiente, tan libre de miedos, tan yo.
Como si Rayco me hubiera leído el pensamiento, se agacha para que nuestras caras queden a la misma altura y me dice:
—Quiero dibujar la libertad en la piel de las personas. A eso quiero dedicarme.
Lo miro durante mucho rato, mucho mucho. Y cuando una lágrima se me desliza por el maquillaje quebrando la libertad que mi amigo dibujó para mí, me pregunta:
—¿Y tú?
—Yo quiero ser libre.
Y tener un trabajo para darle de comer a la nena. Y poder comprarle ropa. Y regalos de Navidad. Y hacerla sonreír, porque el dinero hace sonreír a la gente aunque solo sea papel, y eso lo sabe todo el mundo.
Y tener una casa donde no haya monstruos.
Y no tener miedo.
Y ser su amigo para siempre.
Quiero todo eso, y también quiero ser feliz.
Claro que no se lo digo. No hace falta.