Capítulo 9
Abián
I
tahisa se parece a Rapunzel, pero en moreno. Eso pensamos la primera vez que mi hermana y yo la vemos.
Sucede unos días después del primer encuentro con Rayco.
El monstruo (papá) ruge en las paredes de nuestro piso y la nena me echa los brazos a la cintura y llora de susto.
Lo hace siempre que el monstruo asoma la cabeza y yo le pongo una chamarra y me la llevo fuera.
Caminamos por el barrio, de parque en parque, mientras le cuento historias que me invento sobre la marcha y le hablo de todo lo que haremos cuando seamos grandes.
Así hasta que el sol se muere y tenemos que volver a la casa, porque somos chicos y Henar tiene hambre y echa de menos a mamá.
Pero al llegar a la puerta, me doy cuenta de que la cosa ha empeorado.
Los rugidos ahora van acompañados de gritos que parecen las uñas del fantasma de Casandra al quebrar los espejos a base de rascar y rascar.
El corazón se me pone del revés y se me atora la garganta cuando la nena me dice que tiene frío y que tiene hambre y que quiere a mamá y, sobre todo, cuando me dice que tiene miedo, porque yo también tengo miedo y no sé qué hacer.
Los gritos siguen y siguen y hay lloros y golpes y palabrotas que tenemos prohibidas.
La nena llora y llora y a mí se me escapa un sollozo y una lágrima, o quizá dos, no lo sé, porque me froto la cara rapidísimo para que ella no lo vea y la aprieto contra mí.
Tengo la camiseta de las Tortugas Ninja empapada de mocos y lágrimas, pero no me da asco porque es mi hermana y es mi persona favorita.
Hablar con Henar es fácil, porque le gusta que hable y me escucha, aunque a veces se quede dormida mientras
le cuento mis cosas.
Bajamos las escaleras y nos sentamos entre las meadas del perro del vecino y las colillas.
Es entonces cuando Rayco se asoma desde arriba con el pelo rubio recogido en una coleta y sus ojos como dos faros en una noche cerrada.
Con los destellos de la luz artificial del pasillo, así como la linterna que tiene en la mano, parecen azules, y un poco marrones, y un poco verdosos, y un poco oscuros.
Tiene un mapa entero en sus ojos y se me ocurre que necesito mirarlo mucho para no perderme.
—Hola —nos dice.
La nena se aprieta más contra mí y se sorbe la nariz.
—Hola —le digo.
De pronto se oyen los gritos y yo toso fuerte para que Rayco no se dé cuenta de que el monstruo está ahí abajo, dentro de mi casa, y que me escondo porque no soy nada valiente.
Pero sé que lo escucha, porque Rayco es más grande y listo que yo y no tiene miedo.
Tengo doce años y aún no sé que el miedo está ahí para todo el mundo; es un animal de compañía que nos sigue hasta el día del juicio final, como decía mi madrina.
Rayco, que ha bajado hasta donde estamos nosotros y apoya la mano izquierda en la barandilla, desvía la mirada hacia el final de las escaleras y no necesitamos más para comunicarnos.
Me pongo colorado y le acaricio la cabeza a la nena, como si intentara protegerla de la verdad, del monstruo que se esconde allá abajo.
—¿Quieren conocer a mi madre? —pregunta Rayco—. Hoy es su día libre y compramos pizza
. Pueden comer con nosotros si quieren.
Ahora soy yo quien se sorbe la nariz, con mucho (mucho) disimulo. Él sonríe y se inclina para revolverme el pelo y tirar de un mechón con suavidad. No tengo tiempo de quejarme, porque sale disparado hacia arriba, riéndose con esa melodía que me sacude los pies y el cuerpo entero.
El corazón me late deprisa cuando me levanto con una sonrisa que parece de mentira, pero que es de verdad. Enseguida jalo del brazo de mi hermana y seguimos a Rayco hasta la casa, donde nos presenta a su madre.
La casa es del mismo tamaño y forma que aquella en la que vivimos nosotros, pero no se parece en nada.
Las paredes son de colores y hay fotos y pósteres de los carnavales, con mujeres guapísimas vestidas con tacones del tamaño de rascacielos y coronas que parecen pesar más que un quintal, y ropas brillantes, y rostros pintados de magia.
Y también están los cuadros, coloridos y llamativos, con hombres que parecen mujeres y mujeres que parecen hombres, y quiero verlo todo y no puedo ver nada porque tengo el pecho lleno de burbujas y todas estallan a la vez.
—Son las drags
. —Rayco me señala las fotos—. Mamá me lleva a los carnavales todos los años —explica.
—Yo nunca he ido.
—Eso es porque eres muy chico. —La voz que pronuncia esas palabras es un poco grave, y me asusto porque creo que el monstruo de mi casa nos ha seguido, pero entonces la veo y su rostro es bonito y tiene los ojos como los de Rayco y también la boca, y los hombros anchos—. ¿Cuántos años tienes?
Le digo que tengo doce, y que Henar tiene siete, y me pregunta cosas de mamá y de papá y me enseña los cuadros que salpican el pasillo aquí y allá, deteniéndose en el Poema del Atlántico
. Me dice que el pintor era de Gran Canaria y se llamaba Néstor de la Torre, como el cole al que va la nena y que está pegado al Simón Pérez.
También hay flores por todas partes. Un jarrón aquí, otro allá; flores que cambian cada semana porque los olores van con el estado de ánimo (eso dice Itahisa).
Hay violetas, y margaritas y tulipanes y nomeolvides, y también hay hortensias colgadas en macetas en la ventana, que son las flores favoritas de Rayco
porque cambian de color según la tierra y el PH, y a él le gustan mucho los colores. Por eso viste así, como si un unicornio le hubiese lanzado un escupitajo en la ropa y brillara; no como yo, que siempre voy de oscuro y las sombras se me pegan al cuerpo.
Mientras Itahisa termina de enseñarnos la casa, Rayco le da flores a la nena y ella se las pone en el pelo y yo lo miro embobado.
Se parece a la mujer de aquel cuadro que mi madrina tenía colgado en el salón, el de la mujer flotando en un río toda llena de flores que duerme con los ojos abiertos, pero en rubio y menos dulce, porque la belleza de Rayco es más dura, más de ángel capaz de bajar al infierno o subir al cielo, quizá también según su estado de ánimo.
Un rato después, cenamos una pizza
que tiene plátano y está to
rica y ella nos cuenta cómo es vivir una gala drag queen
desde dentro y también nos enseña fotos, muchas muchas. Las que más me gustan son las de Rayco vestido con trajes y coronas y zapatos de tacón, y yo me emociono tanto que me regala una a escondidas, porque a él le da mucha vergüenza y se le ponen los mofletes colorados.
Después de cenar, Itahisa nos entrega dos cepillos de dientes y nosotros les ponemos el nombre con rotulador permanente y los dejamos en el vaso del lavamanos junto al de ellos.
No sé por qué, pero eso hace que sienta una cosa rara en la barriga, como si los microorganismos que vemos en clase se movieran mucho y muy rápido.
Me pregunto si estoy enfermo o si es cosa de la pizza
con plátano, que me dejó embostado. Cuando se lo pregunto a Itahisa se ríe y me explica que no estoy malo, y que eso es lo que sentimos cuando estamos a salvo. Lo dice con los ojos aguados y a mí me tiemblan las manos, porque mi tristeza la puedo esconder, pero nunca sé qué hacer con la de otros.
Itahisa no solo es bonita; también tiene kilómetros de pelo liso que Rayco se encarga de peinar y peinar mientras ella tararea canciones que no conozco. La nena se sienta a sus pies y la mira
con la boca abierta. Ella le promete que, si se deja crecer el pelo, algún día podrá parecerse al suyo. Eso la pone contenta y yo me pongo contento, porque ver feliz a mi hermana es la cosa más increíble del mundo y no recuerdo la última vez que la vi brillar.
Es en ese momento, justo en ese, cuando me doy cuenta de que hay personas que son capaces de lograr eso: iluminarte, conseguir que su brillo se te pegue, darle color a tu vida.
Lo último que hago antes de regresar a la casa donde vivimos es desear que el brillo de los Arocha nunca se apague. Por favor.