Capítulo 7
Abián
- ¿
P
or qué no se oye el dolor? —le pregunto a Rayco una tarde.
Estamos en el parque que hay cerca de la parroquia María Madre comiendo pipas mientras la nena corre a la pata coja intentando no pisar una línea imaginaria.
Le gusta mucho hacer eso, imaginarse escenarios que solo existen en su cabeza y hacer como si estuviera en peligro y yo tuviera que salvarla de una muerte inminente.
Lo dice así: «muerte inminente», y a mí me da toda la risa porque suena a vieja revieja como la profesora de Lengua—. Debería hacer mucho ruido.
—Sí se oye; cuando lloras se oye —me explica él como si fuera muy obvio.
—No me refiero a eso, sino cuando te duele aquí —me llevo una mano al pecho y lo miro; tiene el pelo recogido en una coleta y los labios rojos e hinchados por las pipas y toda la camiseta verde llena de fisquitos de cáscara y sal— y no puedes respirar del dolor.
La preocupación en la cara de Rayco me provoca un cosquilleo en la barriga y cojo una pipa, y otra, y otra más.
Me estremezco cuando siento sus dedos en la barbilla, presionando para limpiarme los restos de sal. Enseguida me la levanta para hacer que lo mire.
—¿Te duele ahora? ¿Pasó algo en tu casa?
Niego con un gesto de cabeza y le aparto la mano de la cara porque la vergüenza me entra por los ojos cuando me mira así, como si quisiera metérseme dentro y sacar todas mis verdades. Henar me grita desde el otro lado para avisarme de que viene
hacia nosotros. Le sonrío. Rayco empieza a mover los dedos sobre mi muslo como si tocara las cuerdas de un timple para que hable. Odia los silencios, casi tanto como yo el ruido de las cosas que no son invisibles. El ruido de lo invisible es mucho más importante, aunque nadie le dé esa importancia.
—Es que, no sé, no dejo de pensar en que las cosas importantes no hacen ruido. El miedo tampoco, ni la tristeza.
—Ni el amor —añade Rayco y veo cómo se le estira la comisura de la boca—. Es que las cosas importantes nunca hacen ruido, bobo. Dejarían de ser importantes si sonaran.
—No es justo.
La nena llega a mi lado y coge la botella de agua. Tiene la frente brillante del sudor y los mechones castaños sueltos se le pegan en la cara. Sonríe mucho y eso me gusta, porque hasta hace un rato lloraba.
—¿Por qué estás así? —continúa Rayco—. Puedes decírmelo. Escuché gritos antes en tu casa… —Esto último lo dice bajito; sabe que no me gusta hablar de ello.
—Mi padre es un monstruo.
Los ojos del color del caramelo quemado se le abren de par en par, la boca le brilla por la saliva.
La nena me pide que le dé el puñado de pipas que pelé para ella y se las mete en la boca antes de echar a correr otra vez.
Le grito que mastique antes, que no sea bruta, pero no me hace caso.
El aire empieza a ser frío y las ramas de los árboles se mueven a un lado y a otro creando sombras y una melodía que me hace pensar en mares y barcos y piratas y una isla alejada de todo.
Rayco se rasca la barbilla. Ya no me mira, pero sus dedos siguen en mi muslo y hablan en un idioma que tampoco suena, pero me calma.
—Los monstruos se escuchan cuando gritan o cuando gruñen, o cuando arañan las paredes y dan golpes. Se escuchan siempre. Pero el miedo… eso no se escucha nunca.
Nos quedamos callados. Henar viene disparada y se echa a los brazos de Rayco, que se levanta y la sube a piola y da vueltas y vueltas con ella a la espalda hasta que terminan mareados y riéndose en el suelo.
Henar no tarda en levantarse y echarse a correr otra vez, y él se sienta con las piernas cruzadas y me clava la mirada.
El sol le escupe diminutos rayos de oro sobre el pelo rubio y las pestañas se le ven más largas y rizadas, los ojos más claros, la piel más dorada.
A su alrededor hay tierra, y hojas caídas, y suciedad, y yo pienso que a él hasta lo feo le queda bien.
—¿Te pegó? Tu padre, digo.
—No nos pega —explico, y es la verdad; lo que no le digo es que duele igual.
Hay golpes que se dan sin manos, que sientes adentro, que te quiebran y te cambian y yo estoy cambiando.
Tengo doce años y estoy cambiando. La infancia se me está yendo deprisa y sin avisar.
Se va como se van los segundos y la vida, como todo.
El tiempo tampoco se escucha, pero gente muy lista creó los relojes y ahora oímos ese tictac que siempre está ahí como un recordatorio de que todo se va.