Capítulo 6
Abián
E
n ocasiones, mamá se parece a Regan, la niña de El exorcista
. Lo pienso cuando soy consciente de que cambia cuando bebe o cuando coge esa lata quemada y respira con ella con mucha (mucha) fuerza y suelta humo por la boca.
Se parece al fuchi fuchi que usa Lorenzo (el niño de mi clase que se sienta en el pupitre de al lado) cuando le viene el asma.
Pero él se pone bueno cuando respira por él y mamá deja de ser mamá.
Su cuerpo se mueve mucho y la voz le cambia igual que la de Regan cuando la posee Satanás.
Se enfada o se pone cariñosa. Cuando se pone cariñosa habla y habla, y a la nena y a mí nos encanta porque es mamá y preferimos que hable a que se quede callada, aunque sus palabras no tengan sentido.
Pero entonces se enfada y ya no es divertido ni nos reímos.
Si eso pasa, Henar y yo tenemos que salir de la casa y dejarla ahí, con su enfado y su boca que se mueve incluso cuando no habla, como cuando tienes mucha sed o los labios secos.
A veces, a mamá le duele tanto la barriga que vomita y yo le acaricio el pelo mientras lo hace.
Ella me agarra la muñeca con las ramas huesudas que tiene por dedos y me promete que nunca más la veremos así.
Pero no es verdad. Sé que volverá a repetirse, volverá a enfadarse y nosotros volveremos a irnos.
Aun así, la creo. Cuando eres chico, la esperanza es una llama que se te prende en el pecho y crece contigo. Crece incluso cuando estás a oscuras y muerto de frío. Crece hasta que deja de hacerlo. Y entonces se apaga.