Capítulo 5
Rayco
T
iempo atrás, cuando empezó la primaria, Rayco se dio cuenta de lo solo que se podía sentir en un patio de colegio lleno de chiquillos escandalosos.
No le gustaban los demás niños y a ellos tampoco parecía gustarles Rayco, así que buscó un lugar apartado en el patio o dentro del recinto, cualquier rincón donde no hubiera niños ni profesores, se sentó en el suelo y cerró los ojos.
No tardó en trazar un círculo, uno imaginario, claro, uno que nadie pudiera atravesar, un lugar donde estar a salvo.
Lo que Rayco no entendió hasta mucho después es que no hay lugares en el mundo donde puedas estar a salvo. Los peligros te acechan como los villanos de los tebeos que tanto le gustaban. La vida era como ese callejón oscuro que cambió la vida de Bruce Wayne para siempre.
Pero hay algo más que Rayco no tardó en comprender: puede que no existieran espacios seguros, pero sí las personas que hacían que los lugares aterradores lo fueran menos, que mereciera la pena pasar un poco de miedo.
Las personas eran refugios, hogares seguros.
Por eso, en cuanto Abián entró en su vida, Rayco abrió los ojos, los círculos desaparecieron y todo se redujo a los centímetros que había entre ellos dos.
Y el tiempo, también el tiempo. Tic, tac.
Tic, tac. Tic, tac. Qué miedo daba. Y qué rápido pasaba cuando estabas en casa, seguro, feliz.