Capítulo 4
Abián
E
s tarde; tarde tarde; esa hora en la que los niños deben estar en la cama bajo las mantas y Rayco no deja de asomarse a las escaleras, donde Henar y yo llevamos horas esperando a que mamá deje de gritar y papá se duerma.
Cuando se duerme, siempre es más fácil. Podemos entrar de puntillas y meternos en el cuartito del fondo, donde está la litera y no está lleno de trastos que no sirven para nada.
Yo me quedo arriba y Henar abajo, aunque la nena suele llorar tanto por el susto que a veces tengo que estirar el brazo y agarrarle la mano para que su miedo se esconda, y otras tengo que bajar y tumbarme con ella.
Pero ese día, papá no duerme y mamá sigue gritando y hay más gente en la casa y nosotros tenemos hambre y frío, y un poco de tristeza.
La tristeza es como la lluvia: llega sin que te des cuenta y se acaba igual de rápido.
La nuestra se va cada vez que Rayco asoma la cabeza por el hueco de las escaleras con su linterna y nos sonríe, con unos pantis negros y una camiseta violeta ochomil tallas más grande que a veces se anuda a la cadera.
—Hace pelete. ¿No tienen frío?
Nos trae una manta.
—¿Tienen hambre?
Nos trae comida.
—¿Están muy aburridos?
Nos trae cómics.
Esa vez se sienta a nuestro lado y nos enseña sus tebeos favoritos, todos de Superman. Miramos los dibujos con las bocas y los ojos abiertos y él nos lee sus partes favoritas. En ese
momento, algo dentro de mí hace clac, o clic, o chiiir, o cualquier otro ruidito de apertura.
Y es que Rayco abre algo dentro de mí que no sabía que podía abrirse y se mete dentro y comprendo que de ahí no va a salir, porque es especial y está aquí, de noche, en las escaleras, cuidando de nosotros cuando podría estar en su cama calentito.
Y sé con absoluta certeza que lo voy a querer siempre; siempre, siempre.
Lo pienso ahora y lo sigo pensando después, cuando Henar se queda media dormida y él le acaricia la frente y me mira con esos ojos grandes que dicen tanto aunque no pronuncie palabra.
—¿Se vienen a casa? Pueden dormir en el cuarto libre. Es el más grande y está lleno de vestidos de mamá, trajes de carnavales y cosas que no usamos. La cama es vieja, pero le podemos poner sábanas limpias y un edredón.
—¿Y tu madre?
—Está trabajando. No viene hasta mañana a mediodía. Además, a ella no le importa; ya le hablé de ustedes.
Eso me sorprende.
—¿Y qué le dijiste?
Él me guiña un ojo y me sonríe, y yo siento una cosa rara en la barriga que no es hambre porque ya comí. Coge a Henar en brazos con cuidado de no despertarla y me jala del brazo para subir al cuarto.
No me enseña la casa. Es tarde y estamos cansados y solo veo el baño cuando me deja un cepillo de dientes y hago pis.
Luego sigo hacia la luz del cuarto, donde mi hermana ya descansa sobre una cama limpia con un edredón enorme con dibujos de flores.
Hay percheros llenos de vestidos y zapatos y disfraces y una mesa con una máquina de costura y cosas de maquillaje.
También hay flores, un jarrón aquí y otro allá y todo huele a como cuando estás en el campo y respiras hondo.
Rayco está sentado con las rodillas flexionadas y le acaricia el pelo mientras la nena busca su mano libre para agarrarse a ella.
—Se despertó llorando —me explica cuando se aparta para que me acueste a su lado.
—Siempre llora de noche. Yo también le doy la mano; no se duerme si no se la das. ¿Te quedas aquí con nosotros?
—¿Quieres que me quede?
Asiento y él sonríe y yo sonrío porque me gusta lo grande que es su sonrisa llena de dientes blanquísimos. Es… como si la risa se le fuera a escapar de la boca y todo su cuerpo sonriera con él. Así de increíble es Rayco.
—¿Dónde vivían ustedes antes? —me pregunta una vez que nos colocamos apretujados en la cama, con la nena pegada a la pared porque tiene miedo de cómo se ven las formas oscuras de los trajes en las perchas.
Le cuento que vivíamos en un apartamento en La Isleta que era más pequeño que la casa de ahora y no había tantos vecinos, porque solo había tres pisos, como los bloques pequeños del barrio que están frente al instituto Cruz de Piedra.
También le hablo de mi madrina, que vivía arriba, en el apartamento que era doble.
Le cuento que la nena y yo nos quedábamos con ella y que tenía una azotea grande desde donde veíamos pasar a la virgen en las fiestas del Carmen; lo bonitas que eran las alfombras de sal y pinturas que llenaban las carreteras para homenajear a la virgen, hechas por los propios vecinos, y lo que nos reíamos cuando lanzábamos voladores y nos tapábamos los oídos dando gritos.
Con Pili éramos felices, aunque mamá no se acordara de nosotros y papá se enfadara.
Con Pili nunca teníamos frío ni hambre ni teníamos que escondernos en las escaleras cuando el apartamento se llenaba de ruido.
Solo teníamos que subir a su casa y se nos iba el miedo.
—¿La echas de menos? —pregunta, y se arrima tanto que su pelo me hace cosquillas en la cara y me río.
Huele a algo dulce que me recuerda al polo Bakoka de fresa que nos compraba mamá en el quiosco frente al cole de La Isleta, y
también a flores, y a otra cosa que no sé qué es.
—Sí —digo—, pero no se lo digas a mamá. Se enfada porque no se lleva bien con mi madrina.
No le hablo de las peleas ni de las amenazas de Pili de llamar a la Policía, ni de la denuncia que les fue a poner pero que decidió que no cuando llegó a la comisaría y se le pasó el enfado.
No le digo nada porque esas cosas no se cuentan y todavía no conozco mucho a Rayco.
No quiero que la Policía se lleve a papá y a mamá ni que nos separen ni que mi hermana se ponga triste.
—No diré nada. ¿Por qué se mudaron?
—Porque allí papá y mamá tenían que pagar el alquiler y el dueño siempre venía a gritar porque quería su dinero y porque papá empezó a traer gente rara y los vecinos se quejaban.
—Lo suelto así, de carrerilla, y también le explico que mi madrina ahora está en ese sitio donde viven los viejos y donde los niños no pueden ir a dormir—. ¿Tú llevas mucho viviendo aquí?
—Desde los seis años. Antes vivíamos en Teror, que es mejor que vivir aquí en el polígono; pero mamá se cansaba de conducir del trabajo a la casa y entonces nos mudamos.
—¿No es guay vivir aquí?
—No sé. Dímelo tú. También vives aquí.
—No he visto mucho. Solo sé que el edificio es muy grande y que las escaleras siempre están sucias. Pero tú vives aquí, y eso sí es guay.
Rayco sonríe otra vez. Tiene la cara tan cerca que puedo verlo a pesar de que la habitación está en penumbra y solo entra la poca claridad que se cuela por la persiana.
Entonces me pregunta por el instituto y yo le cuento que mamá intentó apuntarme en el Simón Pérez, el mismo al que va él, pero no había plazas y que por eso tengo que estar un año en el Alonso Quesada, que está cerca del centro comercial La Ballena.
—Con razón no te he visto. Creí que te estabas escondiendo de mí.
—Yo no me escondo de ti —digo en un tono demasiado alto, y él se ríe y me dice que soy bobo; también me pellizca la barbilla y yo le doy un tortazo, aunque no me molesta que lo haga.
—¿Ya hiciste amigos? —pregunta.
Niego y me pongo colorado.
—Es que todos se conocen y me da vergüenza.
—No te agobies. Los amigos llegan cuando tienen que llegar. Como tú y yo.
El corazón me late deprisa y siento otra vez esa cosa rara en la barriga que no parece querer irse, y menos cuando Rayco acerca la mano y me toca la cara como si quisiera dibujar algo en ella.
Arriba y abajo, a un lado y a otro. Es… como si se metiera de lleno en las cordilleras de mi cara, con sus montañas y sus elevaciones y sus valles profundos.
Me pregunto si no le da miedo recorrer lugares que no conoce, si no siente el mismo vértigo que me pellizca la barriga, si le gusta, si le gusto.
Quiero gustarle, quiero seguir siendo su amigo, aunque sea más chico que él.
—¿Eres mi amigo? —susurro.
—¿Quieres que lo sea? —La sonrisa de Rayco podría iluminar el barrio, pero solo me ilumina a mí y eso me pone contento; mucho mucho.
—Sí.