Creer tambiés es volar Capítulo 3
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Capítulo 3

Abián

M

i primer recuerdo es extraño. Es en la casa de mi madrina, en La Isleta, antes de que se fuera a vivir al sitio ese donde viven los viejos, y yo tenía tres o cuatro o cinco años, no lo sé.

Mamá tampoco lo sabe, ni papá. A lo mejor mi madrina sí lo sabe, pero ella se hacía la loca cuando le preguntaba, como si nunca hubiera pasado.

Estábamos en la terraza y yo corría y corría detrás de Blanquito, mi conejo, y de pronto Blanquito no estaba y yo entraba en la cocina y mi madrina estaba quitándole la piel a algo que se parecía a uno de esos pollos que mamá compraba en la carnicería del mercado a veces.

Pero no lo era, porque no tenía los muslos doblados y el cuello y la cabeza no eran tan chicos.

Me puse de puntillas, le jalé del delantal y vi que lo tenía lleno de un rojo vibrante como el del señor de la carnicería, pero con menos barriga.

Ella se giró, pero no le vi la cara porque en mi recuerdo era una mancha borrosa como cuando le quitaba las gafas de culo de botella al niño del vecino y me las ponía y no veía nada.

No se la veía, pero me miró y yo la miré y entonces lo supe.

Que no era un pollo. Que era Blanquito, mi conejo, y que ya no correría nunca más, ni se quedaría quieto con las orejas p’arriba, ni dejaría mierda aquí y allá ni papá se enfadaría por haberlas pisado.

Luego recuerdo mis gritos, el ardor en la garganta de tanto llorar, las lágrimas y el abrazo de mi padre; el «ya está, mi niño, ya está» que no dejaba de repetir como una matraquilla, seguido del tac, tac, tac del cuchillo en la cocina.

Tenía tres o cuatro o cinco años y vi la muerte de cerca. El olor metálico de la sangre se me metió en la nariz y tuve miedo de hacerme grande y vivir allá arriba, a la altura de los mayores,

esos que hacían cosas que yo no entendía pero que me hacían llorar. El miedo a dejar de ser era un concepto que no podía entender del todo, porque era chico, pero significaba no volver a ver a Blanquito.

En la vida estás y luego ya no.

Ese no es solo mi primer recuerdo, también es el único bueno que tengo con mi padre, un recuerdo sin dolor. Después, me convertí en Peter Pan

. Eché a correr y lloré y seguí corriendo fleje de rápido, hasta que un hada (mi hermana) llegó a mi vida, me llenó de magia y nos fuimos directos hacia el lugar donde los niños no crecen nunca.

Aprendí a creer. En la magia, en Nunca Jamás y en todo lo que no se ve.

Pero la magia no existe y todos los niños crecen.

Todos, sin excepción. Y si no, que se lo digan al Peter de Hook

, que creció y se olvidó de volar, y de todo lo demás.