Capítulo 2
Rayco
G
rietas.
Eso fue lo que vio Rayco aquella primera noche en la que se cruzó con Abián escaleras arriba.
No las grietas de las paredes, esas que subían y subían y se perdían entre los techos mal pintados y sucios del pasillo; él vio las grietas que empezaban a asomarse en Abián.
Eran chiquitas, casi transparentes. Solo tenía doce años, pero estaban ahí.
Lo que sucede con las grietas es que crecen con el tiempo; dejan de ser líneas difusas para convertirse en algo más grave.
La mugre de fuera se pega a las grietas, el frío y la humedad se filtran por ellas y corres el peligro de que la estructura se derrumbe.
Rayco se detuvo delante de él, estiró el brazo y las tocó con la punta de los dedos.
Una a una. Eran suaves y estaban frías, como su piel.
Sintió el empuje del corazón de Abián en las yemas, esa mezcla de dureza y fragilidad.
Sintió sus miedos, el dolor y esa bondad que pondría su mundo del revés.
Sintió tanto… Rayco también era muy joven y, aunque la vida le había puesto la zancadilla más de una vez, no sabía qué hacer en una situación así.
Pensó en algún superhéroe que pudiera arreglarlo todo y quiso convertirse en uno, salvar a ese chiquillo muerto de hambre y de frío que lo miraba con unos ojos oscuros que les recordaban a esos lugares presentes en las historias de fantasía que leía y en las que le gustaba perderse a veces.
Rayco no sabía si podría salvarlo, si estaba en su mano. A fin de cuentas, no tenía poderes, aunque le gustara imaginar que sí. Pero sí lo invitó a su casa, esa vez y la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.
Con los años, las grietas de Abián crecieron.
Lo que sucede con las grietas, también, es que en ocasiones
alcanzan profundidades insalvables y no puedes hacer nada más que hundirte en ellas y desear, como solo un niño es capaz de desear algo, encontrar la salida, no perderte.