Capítulo 1
Abián
A
veces los monstruos son los padres.
Tenía siete años cuando empecé a notarlo, pero no es hasta que Rayco llega a mi vida que lo acepto.
Acabábamos de mudarnos a una casa del gobierno en Cruz de Piedra, un barrio pobre de Las Palmas con bloques muy altos y vecinos muy ruidosos y ascensores pintarrajeados que siempre huelen a cigarro.
Hacía dos años que papá se había escachao
el pie trabajando en la construcción y mamá limpiaba casas y no teníamos mucho dinero.
Por eso nos mudamos a una vivienda de protección oficial.
Yo no sabía lo que era, pero Pili (mi madrina), me lo explicó mientras hacíamos las maletas y bajábamos las cajas de la mudanza por las escaleras del edificio donde vivíamos y las metíamos en el taxi.
Mi hermana lloró fleje cuando mamá la arrancó de los brazos de nuestra madrina; pero yo era grande, así que solo la abracé y le prometí que iría a verla a ese sitio donde viven los viejos al que se iba a mudar, aunque no fuera verdad.
Mentir no estaba bien y lo sabía. No puedes hacer esas promesas cuando eres chico, pero sí hay mentiras que puedes decir porque funcionan como tiritas para grandes heridas. Fue Pili quien me lo enseñó.
El barrio no es bonito, pero hay muchas palmeras y dos pistas deportivas y tiene un parque cerca del bloque donde voy con Henar a pasar el rato cuando no estamos en clase y no podemos estar en casa.
A Henar le gusta el cole nuevo, porque hizo amigas y ya se olvidó de esas otras que tenía cuando íbamos al de La Isleta.
Pero yo no. Echo de menos a mis amigos y a los profesores y mi pupitre, que era más grande y cómodo que el del Alonso
Quesada y tenía mariquitas con mi nombre en la esquina. Todo era más cómodo cuando me conocían y nadie me miraba como si fuera uno de los aliens
de Mi amigo Mac
, esos que son tan raros que beben Coca-Cola para ponerse buenos.
Desde que papá se escachó el pie discute mucho y sale mucho y bebe mucho más.
Todo es mucho con papá. Eso dice mamá, que siempre grita y tira cosas y nos pega con las cholas cuando mi hermana y yo nos portamos mal.
No siempre lo hacemos. Portarnos mal, quiero decir.
A veces solo estamos ahí y mamá se enfada por eso.
No entiendo a mamá y creo que papá tampoco, y por eso está siempre tan enfadado.
El enfado de papá sube y sube hasta que se queda quieto, como un ascensor.
Entonces todo da mucho miedo. Cuando eso pasa, cojo a mi hermana y me la llevo a las escaleras entre el cuarto y el tercero.
El día que conozco a Rayco llevamos tres horas allí.
Ya es de noche y tengo sed y hambre y la nena duerme con el cuerpo echado sobre mí.
El pasillo está en penumbra, pero él lleva una linterna chica en la mano (para no pisar el pis del perro del vecino) y puedo verlo bien.
Tiene una bolsa colgada en un brazo y un ramo de flores en el otro.
Es más grande que yo, y más alto, y tiene el pelo rubio y más largo que el mío, y unos ojos del color de la miel de palma, grandes y bonitos.
Todo él es grande y bonito, eso pienso y me pongo colorado por pensarlo y no sé por qué.
Me hago a un lado para que pase, pero él se queda muy quieto delante de mí, la linterna apuntando a un lado del pasillo. Hay una chopa muerta en la esquina, colillas aquí y allá y una lata quizá llena o quizá vacía de 7 Up.
—Ustedes son los nuevos —me dice, inclinándose hacia nosotros.
Miro a mi hermana, que sigue dormida, y le acaricio el pelo. Lo tiene castaño, como el mío, largo y tan suave que las trenzas se le deshacen nada más hacérselas.
—No somos nuevos; llevamos más de un mes viviendo aquí.
—Es que estaba de vacaciones en la casa de unos amigos de mi madre, por eso no los había visto. Son de Teror.
—Ah —digo, porque no sé qué más decir.
Se oye un grito y un portazo y pienso que podría ser mamá, que viene a buscarnos, pero entonces un perro empieza a ladrar y comprendo que es el vecino, que baja a sacarlo a la calle. Suspiro y aprieto más contra mí a la nena, que ha empezado a temblar un poquito.
—Soy Rayco —me dice.
—Yo soy Abián, y la nena es Henar.
—¿Es tu hermana? Qué pequeña es.
Asiento.
—Tiene siete años. Yo tengo doce —explico, y me pregunto qué edad tendrá él.
—¿No tienes frío? —me pregunta al ver que la nena tiene mi pulóver sobre los hombros.
Me encojo de hombros, nada más. Rayco mira a los lados como si buscara algo entre las paredes sucias del pasillo.
—¿Por qué están aquí? —quiere saber.
—Papá y mamá estaban gritando y la nena se pone a llorar cuando gritan.
Él deja caer el peso del cuerpo en el otro pie y se echa el pelo hacia atrás, como si estuviera pensando algo con mucha intensidad. Observo cómo se le dibuja una mueca rara en la boca y se muerde los labios, que le brillan mucho por la saliva.
—¿Quieres venir a mi casa? Allí hay mucho silencio. Mi madre es enfermera y siempre tiene turnos de noche porque pagan más.
Bajo la vista hacia el rellano de las escaleras. Me lo pienso. Mucho mucho.
Él me da un empujón en la rodilla con la pierna.
—Venga, tengo la Play y algunos juegos de mesa y te puedo
enseñar mis libros y mis tebeos. ¿Te gusta leer?
—Leo los cuentos de Henar —digo, y enseguida se me encienden las mejillas.
Su risa suena como uno de esos instrumentos que ponen en los documentales que veo en la tele cuando papá se queda dormido en el sofá y se la deja encendida hasta el amanecer.
—Eso no es leer, tolete. Vamos y te presto uno. Y también un chándal mío. Incluso te lo puedes quedar. Tengo ropa que me queda pequeña y tú eres más canijo.
Me lo quedo mirando. El corazón me va como cuando Pili ponía la secadora en la azotea y tengo hambre y sed y frío y ya es de noche y él me mira como si todo estuviera bien, pero nada está bien y las mentiras si son para uno mismo no funcionan como tiritas ni quitan el dolor, mucho menos el hambre.
Agacho la mirada y aprieto más fuerte a la nena contra mí cuando empieza a lloriquear en sueños. Le acaricio la frente y la zarandeo como hago siempre para que se calme y en nada vuelve a respirar con normalidad.
—Es mejor que no —digo bajito—. No quiero que mamá salga y no nos encuentre. Se pondría triste. —No le digo que, cuando mamá llora, la nena llora y yo también lloro porque no quiero que piense que soy un niño chico, aunque lo sea.
—Vale. —Rayco me pide que le agarre las flores y la bolsa, que tiene comida, y se saca el pulóver para dejármelo—. Pero ponte esto, ¿vale? ¿Tienes hambre?
Como si lo hubiese invocado, mi estómago ruge y él se ríe mucho y muy fuerte.
Coge de nuevo sus cosas y me dice que espere (como si tuviera algún sitio al que ir), y sube a su casa, que es en el cuarto y está justo encima de la mía.
No tarda nada en volver con unos bocadillos de jamón y queso con mucha mantequilla, un bote de batido de chocolate y vasos de plástico.
También trae membrillo cortado en cuadraditos y nos chupamos los dedos cada vez que cogemos un cacho. En algún momento,
Henar se despierta y nos mira: a mí con muchas preguntas que le respondo con una sonrisa y un «es el vecino del cuarto; nos trajo la cena»; a Rayco, sentado dos escalones más arriba, con curiosidad.
Él le dice su nombre como un presentador de la tele, le llena un vaso de batido y le pasa un sándwich sin corteza que preparó para ella.
Cenamos y la nena se vuelve a dormir mientras Rayco me cuenta que tiene quince (casi tres más que yo, ya que él cumple en marzo y yo en diciembre) y que tuvo que repetir segundo de primaria porque se puso malo durante meses de la garganta (hasta que lo operaron de amígdalas y se le quitó) y suspendió muchas asignaturas, que se le dan bien las mates y las redacciones de lengua y el inglés, y que el instituto es una puta mierda.
Lo dice así y a mí se me pone la cara roja porque mi madrina me enseñó que no está bien decir palabrotas, aunque las escuche en casa.
Rayco me habla y me habla y yo me olvido del frío que se me mete en los huesos y que el ruido de mi casa se dejó de oír hace rato, pero nadie sale a buscarnos ni en ese momento ni más tarde, cuando él ya se va y nos quedamos ahí esperando, esperando, esperando.