Creer tambiés es volar
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Prólogo
H
ay personas que son como una ráfaga de aire fresco en un día de calima. Su ruido es suave pero apacible, como el viento que se cuela entre las ramas y las agita. Así llegó Rayco a la vida de Abián. Así llegó Itahisa. Así llegaron los Arocha. Así se quedaron.
Abián no creía en los «para siempre» ni en Nunca Jamás ni en el polvo de hadas por mucho que su hermana se empeñara en hacerle creer que la magia existía si creías en ella.
No era verdad, pero durante unos años (pocos, muy pocos, pues el tiempo es un ladrón y te lo arrebata todo sin que te des cuenta) lo creyó.
Creyó en los «para siempre».
Creyó en la familia que no es familia.
Creyó en los lazos.
Creyó en el amor y hasta en la magia.
Creyó aunque su corazón estaba arrugado y su pecho lleno del eco que había dejado la soledad de la infancia, esa que te arrebata hasta lo que no tienes y te cambia de manera irremediable.
Creyó con la esperanza de un náufrago que se ahoga al mirar al cielo y ver un ave atravesar las nubes.
Creyó.
Lo que sucede con los «para siempre» es que no existen. Abián lo supo desde muy chico. Y aun así… aceptarlo dolió.
Y lo rompió.
El pecho se le abrió en dos y se le llenó del humo apestoso que invadía la casa en la que vivían, y de gritos y de rabia y de ausencias.
Abián dejó de creer entonces y se perdió.
Y se perdió.
Y se perdió.