Cozy love y crímenes navideños 24 Diciembre
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24 Diciembre

Jingle bell, jingle bell, jingle bell rock...

Jingle bells swing and jingle bells ring...

–¿De verdad tenemos que escuchar esta música de mierda? –chilla Léo, mientras amenaza con la espátula a la radio del panadero que se encarga de hacer las baguettes para la cena de Nochebuena.

–¡No es una mierda! –protesta Hélios–. ¡Es la mejor lista de reproducción de Navidad del mundo!

Soufian sonríe.

Es el único que no está tenso.

O, si lo está, se le da muy bien ocultarlo.

Como es natural, me han vuelto a contratar: Carmine defendió que no podían dejar escapar un talento como el mío.

Ayer, después de que se marcharan los policías, nos quedamos todos hechos polvo en la cocina. Durante unos minutos de depresión, todos temimos que, sin Odette y Bala, no podríamos salir adelante.

Pero entonces, Sweet Dio dio unas palmadas y anunció:

–¡Para acompañar el café, vamos a servir minipanetones con crema!

Y todo el mundo se puso a trabajar.

Aun así, esta mañana Vincent Delaville está de los nervios. Es el gerente de noche, así que le toca gestionar la fiesta de Nochebuena. Y creo que no lo ha pasado tan mal en su vida.

Cada media hora, baja a la cocina para ver cómo vamos.

Cada media hora, Oswald le responde que, si le deja trabajar, la cosa saldrá adelante.

¡¡¡PERO QUE TIENE QUE IRSE DE LA COCINA!!!

En todo caso, es cierto que Oswald lo está gestionando muy bien. El menú ya está a punto; solo hay que prepararlo como es debido, y los equipos llevan días ejercitándose para ello.

–¿Y usted? –le pregunta Delaville a Carmine–. ¿Cree que el postre va a salir bien? ¿Cómo es ese tronco de Navidad?

–¡Soberbio, magnífico, extraordinario! Es elegante, muy barrio Saint-Honoré, muy París, muy Amanda... y con el punto exacto de Sweet Dio.

Todo el equipo tronco lo mira de soslayo: Carmine se ha venido un poco arriba.

De momento, seguimos en fase proyecto. Solo nos quedan un par de horas para sacar ciento cuarenta y siete troncos de Navidad individuales à la orangerie , en homenaje a Amanda Tuile.

Estarán recubiertos de un glaseado naranja y beis en recuerdo de la mítica repostería, que ya es historia.

¿Lo demás? Una base de bizcocho genovés ligero como la espuma y de crema con hierba búfalo, con decoración de pétalos de crema con azahar, encaje de hilos de caramelo, un pequeño medallón con las siglas «RP» y una llave de hotel hecha de mazapán, con el número 24 en la etiqueta.

Estamos trabajando a toda máquina desde primera hora de la mañana.

Gwenn le ha ofrecido a Soufian ocuparse ella sola del desayuno, para que él pueda ayudarnos durante todo el día.

Se encarga de la masa del panetone mientras nosotros preparamos el bizcocho genovés, la pasta de almendra, la crema, los hilos de caramelo...

La presidenta, su marido y su familia llegarán a las siete de la tarde.

Han decidido mostrar su apoyo al Rivoli en estos momentos difíciles.

Entre esta Nochebuena de excepción y los arrestos de ayer, cientos de periodistas y curiosos han invadido los soportales y las calles adyacentes.

La policía ha tenido que delimitar un acceso para que los clientes y el personal puedan entrar en el establecimiento.

Hacia las dos de la tarde, anuncio que necesito hacer un descanso. Nadie me lo impide. Ayer nos fuimos a las dos de la mañana, y hoy hemos empezado a trabajar a las seis.

Le acaricio el hombro a Soufian al pasar por su lado.

Él me sonríe, pero sé que está atrapado en la cocina. La masa del panetone es tan exigente como un gatito celoso.

Entro en el despacho de Odette con la esperanza de que la policía haya dejado en el cajón la llave del ascensor B. Ahí está.

La cojo sin vergüenza alguna.

En el ascensor, compruebo mis mensajes.

Papá: Primera Navidad sin ti, pero estoy orgulloso.

Me ves dentro de dos días! Te voy a enseñar París, ya verás qué bonito! Iremos a Ménilmontant a comer chino.

Josépha: Ya no me quieres? En serio, jamás pensé matar a nadie de verdad...

Claro que te quiero. Nos vemos en un rato?

El que nunca haya roto un plato, que tire la primera piedra...

En el Castiglione me encuentro con Alex, que me abraza. Ha recuperado el color. Está haciendo la puesta en escena para los cócteles de champán que se servirán en el aperitivo. El tronco de Navidad irá acompañado de un licor de naranja de un pequeño productor local.

–¿Qué tal, Suzette mía? ¿Quieres un té? ¿Un café? ¿Un agua con gas?

Me acomodo en uno de los taburetes de la barra. Los clientes se preparan para una Navidad privilegiada en un gran hotel parisino. Hay abrigos de piel, cachemira y cuero, bolsos, sombreros, guantes...

Pero, sobre todo, hay emoción. Por los altavoces suenan canciones de Navidad elegantes, con una base de jazz.

–He reservado una habitación para tu padre. ¡Pero no la 24!

Nos reímos. Pero es una risa triste, sobre todo la de Alex. Lo entiendo: ha perdido a dos amigas a las que quería mucho.

–Lo siento –le digo.

–No tienes por qué. Fue culpa nuestra... No teníamos que habernos callado ese secreto durante veinte años. Todos suponíamos que Bala le había robado la receta a Pauline. En el fondo, lo sabíamos. Nos carcomía por dentro.

–Alex..., ¿puedo hacerte una pregunta?

–Claro.

–¿Mi madre sabía lo de Bala? ¿Por eso lo dejó todo para seguir a mi padre, porque se sentía culpable?

A Alex se le escapa una carcajada.

–No. Tu madre se fue de París porque tenía ganas de vivir otra vida, pero, sobre todo, se fue por amor. Quería a tu padre con locura, y él la correspondía. Creo que nunca se arrepintió de tomar esa decisión, sobre todo cuando se quedó embarazada de ti.

Siento que las lágrimas se me acumulan en los ojos.

–París es tu sueño, Suzette mía, y ya has empezado a convertirlo en realidad.

Necesito tomar el aire. Cuando salgo, me topo con Léo, que se está fumando un cigarro.

–¿Has abandonado el barco? –me dice con picardía.

–No, solo me estoy dando un paseo por la cubierta.

Él sonríe. Nos quedamos mirando cómo cae la nieve. De pronto, me dice:

–Ven.

Rodeamos la manzana hasta detenernos delante de la entrada principal del Rivoli. Léo se enciende otro cigarro y se apoya en la verja del jardín de las Tullerías.

–Este es el mejor día del año para observar la puerta de entrada de un gran hotel.

¡Es cierto! El ballet de coches que se detienen delante de la puerta para dejar a los invitados de la fiesta, los turistas que corren a calentarse en el cómodo lujo de su habitación, las entregas de flores y regalos, los miles de parisinos que vuelven a su casa o que van a casa de sus amigos o familiares para celebrar la Nochebuena...

Todo ello, envuelto en la nieve y las luces de Navidad.

–Es mágico –susurro.

–Tú sí que hiciste magia ayer –responde Léo.

–Gracias.

–Nah, es cierto. Cuando te vi llegar a la cocina, supe enseguida que eras una persona especial.

Ah, ¿sí?

–Sin embargo, esto no me lo esperaba –añade.

La verdad es que yo tampoco.

–Por cierto, Soufian y tú... ¿vais en serio?

Me dan ganas de replicarle que no es asunto suyo. Pero bueno..., parece que me he vuelto maja.

Además, es una buena pregunta. La verdad es que no he tenido tiempo de pensarlo detenidamente, pero ¿acaso hace falta pensar esas cosas? No.

–Sí, vamos en serio.

–Vale...

Me da un beso en la mejilla, pisa el cigarro y dice:

–¿Volvemos?

Fuera hace un frío que pela, pero en las cocinas del Rivoli hace calor.

El olor del bizcocho se mezcla con los efluvios de los guisos. Hay un rumor constante: el ruido de las batidoras y de las cacerolas que repiquetean en los fogones, los villancicos rapeados de Léo, que trabaja sin descanso, sonriendo de oreja a oreja, animando a unos y bromeando con otros...

Soufian, más callado, no parece menos contento.

Con las mangas recogidas, se le ve el pequeño tatuaje de la luna, que se estremece cuando se le mueven los músculos.

–Tienes nata montada en la mejilla...

Se la quito con la punta del dedo y él me sonríe. Léo nos lanza una cucharilla a la cabeza, riéndose.

Hoy es la tregua de Navidad. Pero también es algo más: estamos disfrutando de cada uno de los segundos de esta noche excepcional.

Todos somos conscientes de que nos dedicamos a este oficio para vivir momentos como este. Para nosotros, no hay nada mejor que trabajar juntos y en armonía para conseguir un fin común: la excelencia y la precisión de un trabajo perfecto.

En las mesas de un hotel como este, la gente no solo se alimenta.

Les vendemos arte, alegría, emoción.

Les vendemos sueños.

¡Plop!

Sweet Dio acaba de descorchar una botella de champán. Los ayudantes echamos una mano para pasar las copas.

–El servicio va a empezar en unos minutos, y me gustaría daros las gracias –dice en voz bien alta–.

Como en todas las artes, hay genios de la repostería.

Y, cuando un genio crea un pastel, no se contenta con subirle la moral a la gente o satisfacer su gula: hace mucho más.

Cuenta otra historia, una historia que nunca se ha contado.

Con el primer bocado, uno piensa: «Humm, ¡esto está buenísimo!

». Pero, con el segundo... Ahí es donde está la diferencia entre una tarta excelente y la tarta de un genio: en el momento en el que los sabores y las texturas explotan en los circuitos neuronales y van directos al corazón, porque entonces se siente algo que solo pueden provocar el arte o el amor –en ese momento, me mira y me pongo roja–: el sentimiento de que ha valido la pena vivir esta vida.

Amanda era uno de esos genios. Alcemos nuestras copas a su salud. Salute!

Soufian me mira, y los dos alzamos nuestras copas mirándonos a los ojos.

Oswald anuncia que la presidenta acaba de llegar.

El servicio comienza.

A las once de la noche, nos anuncian que ya han retirado los quesos y que los camareros se preparan para el postre.

Sweet Dio nos mira. Es el momento.

Sabemos lo que tenemos que hacer, a pesar de que nunca lo hemos ensayado.

Emplatamos, decoramos, enviamos.

Debemos ser precisos, coordinados, rápidos: el helado se derrite.

Necesitamos doce minutos para colocar todas las orangeries en los carritos que parten para el comedor.

Josépha: Ya?

No necesito preguntarle qué quiere decir. Lo tenemos todo pensado. Mi amiga me espera en la galería del entresuelo.

Con los codos apoyados en la balaustrada, disfrutamos del espectáculo.

No queríamos perdérnoslo. Los camareros, con los guantes blancos, dejan sobre las mesas las orangeries con un emplatado excelente.

Las copas de champán, de un rosa que tira a oro; las guirnaldas de acebo que cuelgan de los balcones; las mujeres con trajes de noche; los niños maravillados...

–Lo has conseguido –susurra Josépha–. Todo esto es gracias a ti.

Apoyo la cabeza en su hombro. Lo cierto es que ella me ha ayudado muchísimo.

–Luego hay una fiesta en la habitación 24. ¿Vienes? –le propongo, y ella mira el reloj.

–No. He alquilado un coche para ir a ver a mi madre a Normandía... Voy a celebrar la Navidad con ella.

–Mola.

–Solo quería decirte adiós y darte esto.

De una tote bag saca un sobre de cartón con un lazo rojo.

–Un regalito...

Abro el sobre: contiene una foto en blanco y negro.

–Una foto de película –explica Josépha–. ¡Es original! Las ponían en los pasillos de los cines.

En la imagen aparece una mujer con traje de noche, en una acera de Nueva York, comiéndose un cruasán delante del escaparate de una joyería.

–Es una de mis películas favoritas: Desayuno con diamantes.

–¡Ah! ¡Por fin has llegado! –exclama Léo cuando llamo a la puerta de la habitación 24.

En el cuartito estrecho se encuentran el equipo tronco, Gwenn, Hélios y dos cocineros.

Léo ha sacado el alcohol y los vasos de cristal.

–¡Me gustaría proponer un brindis por Suzanne, porque ha salvado el tronco de Navidad y es la mejor repostera que jamás he conocido!

Chavalote está de morros. Gwenn tiene las mejillas rojas.

Acepto un gin-tonic sin ginebra para brindar.

Hablo con todo el mundo durante un ratito, porque es mi equipo y debo celebrar con ellos todas las victorias, tanto las grandes como las pequeñas. Pero no tengo intención de quedarme mucho, porque Soufian no ha venido.

Y creo que sé dónde lo voy a encontrar.

Me marcho discretamente. No es complicado, todo el mundo está a lo suyo...

Cojo el ascensor hasta la última planta, empujo la puerta de emergencia, subo unos escalones y cruzo la puerta.

Una ráfaga de viento y nieve me azota la cara. Estoy en lo alto del mundo.

Al menos, de mi mundo.

Soufian se encuentra ahí, sentado en el murete, resguardado por una chimenea enorme.

Me siento a su lado.

–Hay fiesta en la habitación 24. ¿No quieres ir?

–¿Quieres ir tú?

–Vengo de allí.

Soufian se inclina y, de un rincón, saca una botella de champán y dos copas. La torre Eiffel brilla en el cielo blanquecino, envuelta por la nieve como si estuviera en el interior de un joyero acolchado.

–Salute –dice Soufian, imitando a Sweet Dio.

Brindamos. Está bien tomar champán helado en una noche helada... Parece licor de estrellas.

Mi mayo busca la suya. Nuestros dedos se entrelazan y se cuentan cosas que van directas al cerebro. Luego, Soufian se saca del bolsillo una cajita de joyería.

–Feliz Navidad.

–¡No! Yo no tengo nada para ti...

–Has resuelto un asesinato y has salvado la Navidad. No podías hacerlo todo...

Abro la cajita.

Es una cadena con un colgante: una luna creciente de plata.

–Para que no te olvides de tu paso por panadería –dice.

–¿Cómo quieres que me olvide?

–¿Puedo preguntarte una cosa?

–Dale.

–¿De qué era el tronco de Navidad que hiciste la primera Navidad que pasasteis solos tu padre y tú?

Yo sonrío.

–De mermelada de frambuesa con sirope de albahaca y mousse de chocolate blanco.

–Ah, qué sencillito –se ríe.

–Quería decirte que... Gracias a ti, he cambiado. Creo que, si no te hubiera conocido, me estaría convirtiendo en esa clase de tía que solo hace tartas para subirlas a Instagram. Me estaría olvidando de por qué nos dedicamos a esto.

–Por cierto...

Me tiende una bolsa de cruasanes calientes.

–¡Me muero de hambre!

–¡Lo sabía!

–¿Sabes una cosa...? Yo también estoy enamorada de ti.

Soufian me pasa un brazo por los hombros.

–Lo sé.

Muerdo el cruasán. Sabe a mantequilla, a sal, al calor del hojaldre que se me funde en la lengua.

No tengo ni idea de dónde estaré dentro de diez años, pero estoy segura de algo: no podré volver a comerme un cruasán sin pensar en él.

Por siempre jamás, el hojaldre me sabrá a Soufian.

Le busco el tatuaje del brazo para darle un beso.

Él me mira con esos ojos de caramelo, y pienso que he conseguido encontrar la receta de la felicidad.

La campana de la iglesia de al lado toca la medianoche.

–¡Feliz Navidad!

Un gran nubarrón se desliza por el cielo.

Nos besamos bajo la luna.

Tiene forma de cruasán.