23 Diciembre #2
–Pero nosotros no nos chupamos el dedo... –añade–. Lo que ella quería era destruir a Bala.
–¡Exacto! Y tenía una buena razón: ¡Bala quería deshacerse de ella!
A mi alrededor se oyen murmullos de incredulidad.
–El señor Bala tenía pensado quitársela de encima. ¿No es cierto, chef? Por eso Carmine estaba aquí aquella noche, de incógnito: para hablar de lo que harían después...
–Sí, bueno... Eso es cierto. Pero ¿qué hay de malo en ello? ¡Amanda se había vuelto insoportable!
Sweet Dio lo mira como si fuera el diablo en persona.
–¡Me dijiste que estaba de acuerdo, que ella quería dejar el trabajo!
Bala se encoge de hombros. Me vuelvo hacia él.
–Como Amanda se había enterado del plan y estaba preparando su contraataque, a usted se le ocurrió una idea diabólica.
Dejó escapar algunos detalles para revelarle a Amanda que estaba a punto de traicionarla, y preparó un dulce de almendras que imitaba los mazapanes de Sweet Dio.
Luego, se lo dejó «olvidado» en la encimera, en una cajita de cartón...
Sabía muy bien que Amanda la encontraría, y también sabía cómo reaccionaría.
La conocía desde hacía veinte años... Y todo sucedió casi como estaba previsto.
Cojo uno de los rotuladores de la pizarra para ilustrar mi demostración con un croquis.
–El 4 de diciembre, al final de la tarde, Amanda descubre el dulce de mazapán y comprende que Bala se dispone a darle su puesto a Sweet Dio.
Se informa: el pastelero italiano está en el hotel bajo una identidad falsa, alojado en la suite Pirámide.
Pero ella tiene preparada su respuesta: va a hacer que la carrera del chef Bala vuele por los aires.
Hacia las diez y media, se reúne con Odette y con Alex en la habitación 24.
Quiere convencerlos para que lo cuenten todo.
Espera tocarles la fibra sensible por Pauline, por su hija huérfana...
Alex está de acuerdo, pero Odette no accede.
–Trabajamos para una institución –confirma Odette–. No podemos anteponer nuestros deseos al bien del establecimiento.
Sonrío y continúo:
–De hecho, Amanda estaba furiosa. Discutisteis. Ella se marchó. Pero, en lugar de bajar a las cocinas, subió a la cuarta planta para enfrentarse a Sweet Dio. ¡Había cogido el pastelito de mazapán y quería tirárselo a la cara!
Sweet Dio abre los ojos como platos.
–Pero está estresada. Muchísimo. Y, cuando se estresaba, Amanda comía dulce. No podía evitarlo. Se zampa el mazapán envenenado. Bala se dispone a devolver el frasco de arsénico a la taquilla de Josépha para incriminarla.
–¿Qué? –exclama Alex.
–Continúe –ordena Adeline Meunier.
–Ahí es cuando las cosas se tuercen. Odette esperaba el ascensor en la segunda planta para volver a la cocina. Alex se quedó en la habitación 24 para pensar en todo lo que habían hablado... ¿Me equivoco?
–Es correcto –confirma Alex.
–En ese momento, yo me encuentro en el entresuelo.
Y Josépha, que ha visto a Amanda llamar al ascensor en la segunda planta, me dice que la espere allí si quiero hablar con ella.
Amanda pulsa el botón del cuarto. Sube...
Pero, antes de que las puertas se abran, se ha desmayado por los efectos del arsénico.
Odette llama al ascensor, que regresa a la segunda planta...
Y se encuentra con el cuerpo de Amanda antes que yo.
Un estremecimiento colectivo recorre la cocina.
–Amanda todavía está viva, ¡pero Odette no lo sabe! Ve el mazapán y lo entiende todo: se da cuenta de que Bala ha matado a Amanda. Y, para ocultar el crimen, coge el cuchillo que hay en una bandeja del servicio de habitaciones que un cliente ha dejado delante de la puerta...
Odette protesta:
–¡No tiene ninguna prueba de lo que dice!
Es entonces cuando Soufian toma la palabra:
–Las huellas del cuchillo. ¡Esa es la prueba!
Todo el mundo se queda paralizado. Se me hiela el corazón.
–Mentí –confiesa Soufian–. Confiaba tanto en Odette que no creí que pudiera haber apuñalado a Amanda.
Me lo suplicó, y yo accedí a cubrirla...
Pero fui yo quien preparó el servicio de habitaciones aquella noche, no Odette.
–Se vuelve hacia mí–. Lo siento... No quería mentirte. Pero estaba acorralado.
–¿Eso era lo que hacías en la habitación 24?
El tiempo se detiene. A nuestro alrededor, todo el mundo grita y habla al mismo tiempo. Pero Soufian me habla en voz baja, y solo lo escucho a él.
–Sí. Estaba con Odette, que me pidió que mintiera por ella. Me contó que acababa de estar con Alex y con Amanda... Por eso lo sabía.
Mientras los agentes esposan a Odette y Bala, ellos dos intercambian improperios. Odette lo acusa de todos sus males, y Bala la pone de loca.
–¡Te odio! –chilla Odette.
–Ah, ¿sí? Entonces, ¿por qué cubriste mi crimen?
Odette se queda blanca como la harina con la que trabaja todos los días. En un susurro, explica:
–Me dejé llevar por el pánico. Quería ocultar las pistas...
No quería que nadie las siguiera hasta llegar a ti, y no se me ocurrió que me encontrarían a mí.
¡Pero no lo hice por ti, sino por el Rivoli!
¡Íbamos a perder las estrellas si nos quedábamos sin chef de cocina y chef repostera al mismo tiempo!
Todo lo que hemos hecho, toda nuestra vida, lo hemos hecho por el Rivoli...
Soufian me abraza. Josépha está llorando. De pronto, suena la voz firme de Adeline:
–Deberán pasarse por la policía judicial para terminar de aclarar todo esto..., pero eso puede esperar hasta después de la Nochebuena. –Se vuelve hacia mí–. Gracias, señorita Secrétant.
Un tanto avergonzada, respondo:
–No hay de qué. Y yo que solo quería encontrar la receta de la crema...