Cozy love y crímenes navideños 23 Diciembre
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23 Diciembre

Josépha mira fijamente mi tablón de investigación con esos ojos tan negros.

En particular, el último pósit.

–Entonces, fue Bala... ¿Ese es el cabrón que le robó la receta a mi madre?

Aprieta los puños.

–Lo voy a matar.

Eeeh... Mala idea.

–¿No lo sabías? –le pregunto, y ella me fulmina con la mirada.

–¡No has escuchado mis audios! –estalla.

–¡Josépha! ¡Claro que he escuchado tus audios, pero te tengo que confesar que es una situación complicada! Me has mentido desde el principio.

–¡No me habrías creído si te hubiera dicho la verdad!

–Ah, ¿sí? Vamos a verlo. ¿Por qué narices tenías arsénico en la taquilla?

Agacha la cabeza. Obviamente, es incapaz de darme una respuesta convincente.

–No lo sé. Tal vez quería vengarme... Al menos, eso es lo que me decía.

–¿Y de dónde sacaste el veneno?

–Tenía el frasco en casa.

–¿Qué?

–Me lo regalaron mis compis de piso porque me encanta la película...

–¿Tus compañeros te regalaron un frasco de arsénico?

–A veces se meten en rollos góticos bastante raros. Hay uno que estudia química...

No me lo puedo creer. Bueno, sí. Sí que me lo creo. Así es Josépha.

–¡Imagínate cómo flipé cuando vi que el frasco no estaba en la taquilla y que Amanda estaba muerta! Por suerte, la habían apuñalado, así que me dije a mí misma que no pasaba nada, que no era culpa mía. ¡Y entonces van y dicen que la envenenaron!

Me siento un poco como Adeline Meunier: mi sospechosa principal me confiesa secretos aún más turbios. Lo malo es que, en este caso, mi sospechosa principal también es mi mejor (mi única) amiga.

Tengo ganas de creerla.

–Entonces, recapitulando: alguien te robó el arsénico para asesinar a Amanda. Luego, esa misma persona u otra la apuñaló. Pero ¿quién? ¿Y por qué?

–Hay algo más que no te he contado –confiesa Josépha.

¿Más aún?

–Creo que Bala me reconoció –dice.

–¿Qué? ¿Cómo?

–Fue una vez que me encontré con él en el ascensor... Me vio la pulsera y se quedó pálido.

Me lanzo hacia el cuaderno de Amanda/Pauline Mazor.

–Mira...

Le enseño el dibujo de Pauline: la torre Eiffel, el corazón...

–¡Es mi pulsera!

–Y mira las iniciales que hay debajo: «BB». Creía que llamaba «bebé» a su novio. Pero es «BB» de...

–¡Bertrand Bala!

–¡Eran novios! Él le regaló la pulsera. ¿Crees que...?

–No. Sé quién es mi padre: un cabrón que la abandonó al enterarse de que estaba embarazada. Cuando entró en la escuela de hostelería, yo ya había nacido. Fue ahí donde conoció a su grupo de amigos, entre los que estaba Bertrand Bala.

–Estaban enamorados... y él le robó la receta.

–El muy cabrón... –lo insulta Josépha–. ¡Tendría que haberlo matado de verdad!

Meditamos dos segundos sobre esta hipótesis un tanto aventurada, pero que, al menos, tiene el mérito de ser clara. Es lo único que parece claro en este momento.

Porque, en cuanto a todo lo demás...

–Ya no entiendo nada –suspira Josépha–. ¿Quién mató a Amanda?

Observo el croquis de la investigación e intento encajar las piezas una vez más.

El dulce envenenado... La puñalada... Los ascensores...

–Aquella noche, cuando viste a Amanda delante del B, ¿en qué planta estaba?

–En la segunda.

–¿Y estaba viva?

–Vivita y coleando.

–Hay algo que no me encaja en el timing .

Pego un pósit para cada planta del ascensor y escribo en dónde se encontraban todos los protagonistas antes de la muerte. Sabemos que Alex y Amanda estaban en la habitación 24; Josépha estaba en el segundo; yo estaba en el entresuelo; Sweet Dio estaba en la suite Pirámide, en la cuarta planta...

¿Y Soufian? Estaba también por allí, porque me lo encontré después del interrogatorio.

Amanda llevaba una cajita de pastelería con un dulce...

–Creo que empiezo a entenderlo.

Cojo el teléfono y marco el número de Adeline Meunier. Descuelga al segundo tono.

–Reúnase conmigo en el Rivoli. Sé quién mató a Amanda Tuile –le suelto, y cuelgo antes de que pueda reaccionar.

Me falta una prueba.

Pero estoy segura de que , cuando haga que todos se enfrenten a sus mentiras, la verdad saldrá a la luz.

Me ha costado, pero he conseguido reunir a todo el mundo en la cocina del hotel.

–Le he pedido a la comandante Meunier que venga... Sé quién mató a Amanda Tuile –afirmo de improviso.

Soufian abre mucho los ojos, inquieto. Espero poder manejar la situación.

–Puedo explicaros todo lo que sucedió aquella noche. Incluso puedo deciros que el culpable se encuentra aquí mismo.

Como es evidente, esta frase causa cierto efecto. Siempre funciona. Al menos, en las películas.

–Mucha gente se llevaba mal con Amanda –continúo–. Era una persona difícil, humillante a veces, despiadada. El pobre Oswald la sufría a menudo... Estoy segura de que, a veces, tuvo ganas de matarla.

Oswald baja la mirada.

–Odette... –digo.

La aludida me mira, con la espalda bien recta y las manos metidas en los bolsillos del delantal.

Si se ha quedado descolocada, no lo deja ver.

–Odette tenía muy buenas razones para odiar a Amanda –afirmo–. A Amanda la nombraron chef repostera, así que su amiga se quedó con el puesto menos prestigioso.

–¡Yo no le guardaba rencor! –protesta Odette–. Encontré mi lugar en la panadería. Hago el mejor hojaldre de París.

Eso es cierto...

–Carmine también tenía un móvil bastante sencillo: ocupar el puesto de Amanda.

Sweet Dio se defiende:

–¡No tenía ninguna necesidad de matarla! ¡Ella iba a dimitir!

Hago una mueca.

–¿Amanda? ¿Dejar su trabajo? Me sorprendería.

Léo se encoge de hombros... Todo el mundo piensa que no era muy propio de Amanda abandonar.

–Pero, si queremos saber lo que pasó en la noche del 4 al 5 de diciembre –prosigo–, tenemos que remontarnos veinte años en el tiempo.

Se levanta un coro de exclamaciones de sorpresa.

–Hace veinte años, Bertrand Bala, Odette Azar, Alex Moore y Amanda Tuile estudiaban juntos en la escuela de hostelería.

Eran los mejores de su promoción: Alex, en enología; Odette y Amanda, en repostería; Bertrand Bala, en cocina.

Algunas noches de diciembre, hacían fiestas improvisadas en la habitación 24. Y en su grupo había otra chica...

Miro a Josépha, que sonríe.

–Se llamaba Pauline Mazor y era hábil, trabajadora, talentosa.

Estaba preparándose para el concurso Estrella Méridor, el santo grial de la época para conseguir un contrato indefinido en el Rivoli Palace.

Creó un entrante, una cigarra de foie gras con alas de masa brick .

Era un plato precioso, poético... Estaba segura de que iba a ganar.

Pero ni siquiera se presentó al concurso. ¿Por qué?

–Esa mañana, no se despertó a tiempo –explica Alex–. Llegó demasiado tarde. Por eso... –duda– se suicidó.

–¿De verdad? ¿No fue al concurso para el que se había preparado con tanto empeño? Yo más bien creo que la drogaron para que no pudiera presentarse.

Todo el mundo se estremece.

–¿Por qué lo digo? Por algo muy sencillo: Bertrand Bala y Pauline Mazor eran pareja... ¡Y Bala le robó la receta!

–¿Qué? ¡Yo nunca haría eso! –protesta Bala–. ¡Estábamos enamorados!

Josépha lo fulmina con la mirada.

–Bertrand –interviene Alex–, todos sabemos que eso es verdad. Llevamos veinte años callados... Ya no podemos seguir así.

–Le iba a ser imposible mantener ese trabajo –intenta justificarse Bala–. Tenía una hija pequeña, la estaba criando sola. No se daba cuenta... Y yo podía ofrecerle todo: estabilidad, tiempo para criar a su hija...

–¿Ahora pretendes convencernos de que lo hiciste por ella? –salta Josépha, que parece dispuesta a lanzarse a su cuello.

–¡Por supuesto!

Intervengo antes de que llegue la sangre al río:

–Pero esa no era la seguridad que quería Pauline.

Ella quería cumplir su sueño, ser chef. Y con ese trabajo podría haberlo conseguido todo: un apartamento cerca, alguien que cuidara de su hija...

Lo había dado todo para llegar hasta ahí: había soportado unos horarios loquísimos, se había pasado hasta diez horas de pie en la cocina, había hecho trabajos extra para pagar a la niñera...

Todo aquel estrés, aquel cansancio... Ya no le quedaban fuerzas para empezar de cero.

Y, cuando se dio cuenta de que el hombre que amaba la había traicionado, se suicidó... , dejando atrás una hija de dos años.

La mirada negra de Josépha es inescrutable. Todo el mundo se vuelve hacia ella. Bala la señala con el dedo:

–¡Ella quería vengarse! ¡Quería matarme a mí, pero mató a Amanda!

–¿Qué? ¡Claro que no!

–¡Demuéstrelo! –lo desafía Adeline Meunier.

–¡Tenía arsénico en su taquilla!

Toda la cocina se queda helada. Yo sonrío. Josépha sonríe. Soufian me mira como si yo acabara de hacer un aterrizaje de emergencia con una nave espacial.

–Menudo tonto –suelta Josépha–. Acabas de traicionarte a ti mismo. ¿Cómo sabías tú que había arsénico en mi taquilla?

Bala se da cuenta del terrible error que ha cometido. Temblando, pregunta:

–¿Y el cuchillo? Yo no apuñalé a Amanda...

–¡Ahora voy a eso! –asiento–. El cuchillo me ha dado muchos quebraderos de cabeza. Pero, al rehacer el trayecto de los ascensores, lo comprendí...

Nadie se mueve. Todo el mundo espera lo que voy a decir a continuación.

–Para quienes no se hayan dado cuenta, me veo obligada a revelar que Josépha lleva una pulsera que pertenecía a su madre. De hecho, se la había regalado el mismísimo Bertrand Bala. Pero, como es natural, Josépha no lo sabía...

Ella sacude la muñeca para enseñar la pulsera en todo su esplendor.

–Bertrand reconoció la pulsera. Por eso fue a rebuscar en su taquilla, y así es como dio con el frasquito de arsénico.

–Tendrá que explicarnos por qué lo tenía –interviene Adeline Meunier, dirigiéndose a Josépha.

Continúo sin hacerle caso:

–Pero Bala no fue el único que reconoció la pulsera, ¿verdad? ¡Amanda también! –Inspiro. Voy a tirarme un farol–. Por eso les pidió a Alex y a Odette que se reunieran con ella en la habitación 24, la noche del 4 al 5 de diciembre. Quería que la apoyaran cuando hiciera pública la traición de Bala.

–Nos dio todo un discurso sobre nuestra obligación moral –se deja llevar Odette.

Ajá, de modo que yo estaba en lo cierto: Odette también se encontraba allí.