Cozy love y crímenes navideños 22 Diciembre
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22 Diciembre

Saco el molde en forma de chocolatina, fundo el chocolate blanco al baño maría y hago lo mismo con el chocolate rosa en otro recipiente.

Todavía no he llamado a mi padre.

Me da mucha vergüenza.

«¡Me ausento dos días y se lía parda!», exclamó Odette.

«Me veo obligado a poner fin a su periodo de prueba», zanjó Bala.

«Suzanne, Suzanne...», repetía Carmine.

Era lo único que conseguía decir.

Doro el kadaif en la mantequilla.

Mientras tanto, echo los pistachos caramelizados en el bol de la KitchenAid, con la almendra molida, el extracto de almendra amarga y aceite de almendra.

Mezclo para hacer la pasta de pistacho.

Gwenn me defendió. Dijo que André me había provocado y contó todo lo que nos hacía a las chicas: sobarnos el culo, pincharnos, burlarse de nosotras, empujarnos por los pasillos... Todo el mundo estuvo de acuerdo: André es un cabrón.

Pero la loca peligrosa soy yo.

Quito el kadaif del fuego.

Con una manga pastelera, escribo «Josépha» con chocolate blanco en el fondo del molde. Con el chocolate rosa, dibujo formas a pinceladas. Añado el polvo dorado. Lo meto en la nevera. Caliento el chocolate negro.

Soufian: Estás en casa?

Paso a buscarte a las 4. Nos damos un paseo.

Vale?

Cuando la inscripción del molde está bien fría, vierto la capa de chocolate negro y, con la ayuda del pincel, la extiendo por los bordes.

Mientras se solidifica, termino la pasta de pistacho y la mezclo con el cabello de ángel dorado en mantequilla salada.

Léo: Joder, Suzanne! La has cagado bien!

Soufian: He llamado a un colega que curra en el Ritz y a dos del George V. Van a ver qué pueden hacer.

Cuando el chocolate está duro, vierto la mezcla de pistacho y kadaif en el molde, y aplano la superficie con la espátula.

Luego, la remato con otra capa de chocolate. Meto el molde en la nevera. Llevo los utensilios al fregadero. Los lavo.

Desmoldo la tableta de chocolate y la envuelvo en un papel bonito.

Escribo «Feliz cumpleaños, Josépha».

Me siento en una silla.

Al otro lado de la ventana, el sol cegador se refleja en la nieve inmaculada.

Me echo a llorar.

Ey, Josépha, estás en el Rivoli ?

Qué tal?

Todo bien?

Cuando llaman a la puerta, me digo: «Es la poli».

Vuelven a llamar, pero suavemente. No son porrazos a lo bestia, como cuando se trata de la policía o de los bomberos.

–Suzanne, soy yo. ¿Me abres?

Es Soufian. Me abraza.

–¿Cómo estás?

–Cansada.

En realidad, no solo estoy cansada, sino a punto de colapsar.

–¿Qué es eso?

Señala el regalo.

–Chocolate de Dubái. Para Josépha.

Él sonríe.

–¿Has hecho chocolate de Dubái?

–Me perdí su cumpleaños.

Nos quedamos un rato así. Luego, me dice:

–Suzanne... Hay que ir, ¿no?

–Ya estoy aquí –digo.

«Aquí» es el despacho de Adeline Meunier. Estoy desgreñada, vestida con lo primero que he encontrado y con mis botas doradas. No puedo más.

–Hay algo que no le he contado... –confieso.

Ella sonríe, en absoluto sorprendida. Está acostumbrada a estas cosas; las mentiras y las omisiones son la base de su trabajo. Pero debe de ser agradable que los sospechosos pasen por el aro...

–¿Qué es lo que no me dijo, Suzanne?

Bueno, hay muchísimas cosas que me callé. Pero vamos a empezar poco a poco.

–No se lo conté aquella misma noche porque me acordé más tarde, haciendo EMDR...

La mujer me mira.

–Es una técnica que se utiliza para... –empiezo a explicar.

–Conozco el EMDR.

De acuerdo.

–Hice una sesión en plan terapia, porque lo que me ocurrió fue bastante...

–Entiendo.

–Y ahí recordé de repente que había una cajita de pastelería al lado de Amanda cuando murió.

Parece sorprendida.

–¿Está segura?

–Segurísima.

Por su reacción, la caja no estaba ahí cuando llegó la policía. Así que alguien se la llevó...

–De hecho, pensé que a lo mejor a Amanda la habían envenenado con un pastel. ¡Pero no comía dulce! Bueno, casi nunca, porque en realidad sí se daba atracones. De todos modos, como la mataron con un cuchillo, no me pareció muy importante.

La comandante no dice nada. Soy muy consciente de que todo esto es un tanto confuso. Me hace un gesto para que siga, así que obedezco:

–Sin embargo, el otro día, en la rueda de prensa, usted dijo que Amanda había sido envenenada...

Se tensa de forma casi imperceptible. Ya la tengo.

–Y, bueno, he estado investigando, ¿sabe? –confieso.

–Ha estado investigando... ¿sobre qué?

–Sobre venenos.

Levanta la vista al techo. Está claro que no le hace gracia.

–Y me dije: «El cianuro tiene un regusto a almendra... Sería fácil ocultarlo en un dulce de sabor similar».

–Continúe...

–Sweet Dio trabaja mucho con mazapán. Es uno de sus postres insignia... Y estaba en el hotel la noche del asesinato.

Saco el móvil y le enseño los pantallazos de las publicaciones que encontró Josépha. Le explico nuestro razonamiento.

Sin mencionar a Josépha, por supuesto.

La comandante me mira. Esta vez, tengo toda su atención, pero también toda su suspicacia.

–¿A qué está jugando, señorita Secrétant?

–No estoy jugando.

–Que quede bien claro: no puede usted investigar por su cuenta. Absténgase de hacer hipótesis, por favor.

Si supiera que hasta tengo un croquis de la investigación en mi cuarto... Aunque es cierto que al principio era una investigación repostera.

–Solo quería ayudar –me excuso, y me doy cuenta al instante de mi error: eso es lo último que habría debido decir.

–¿Quiere usted ayudarme, señorita Secrétant? Pues quédese al margen de todo esto.

Salgo del despacho y me reúno con Soufian, que me espera sentado en el pasillo gris y beis.

–¿Cómo te ha ido?

–No lo sé...

Recogemos el carné de identidad en recepción y salimos. Hace un día triste y gris, como de noviembre; nadie diría que solo faltan dos días para Nochebuena.

Hay policías por todas partes.

Normal. Estamos delante del edificio de la policía judicial de París. Cuando nos alejamos del alcance de las orejas con uniforme, Soufian me pregunta:

–Pero ¿qué tal? ¿Ha ido bien?

–Sí, supongo... Aunque no parecía muy convencida.

–Bueno, al menos se lo has contado todo. Porque se lo has contado todo, ¿verdad?

¿Aparte de lo de la habitación 24, la foto, Pauline Mazor y la promoción de 2001? Sí, casi todo...

–¿Qué le has contado, exactamente? –insiste Soufian.

–Que Sweet Dio se encontraba en el hotel la noche del asesinato, y que había una cajita de pastelería al lado de Amanda cuando murió. Es raro, porque parece que no lo sabía... Así que alguien se llevó la caja antes de que llegara la policía.

–¿Quién?

–¿Y yo qué sé?

–¡Pero si estabas ahí!

–¡Estaba en shock !

–Lo sé, lo siento...

–Te confieso que fue un poco confuso. Pulsé el botón de emergencias y apareció todo el mundo: los bomberos, Bala, Odette, Alex, Delaville... ¡No cabía nadie más!

–Si alguien se llevó la caja, fue el asesino. ¿Sabes una cosa? En este rato, yo también he descubierto algo –afirma Soufian.

¿Cómo lo ha hecho? ¡Si estaba ahí tan formal, sentadito en su silla!

–Tenía que sonarme la nariz –explica Soufian–, y no me quedaban clínex.

Así que me he levantado para buscar el baño y, en estas, he pasado por delante de un despacho con un montón de policías.

La puerta estaba abierta... Solo he echado un vistazo, pero he visto claramente el tablón de la investigación.

–¡No! ¿El de verdad?

–¡Sí! Ahí estaba todo, incluso las fotos de los sospechosos. Estabas tú también, por cierto... No me he detenido mucho, pero, aun así, me he fijado en algo interesante. El veneno que usaron no fue cianuro...

–¡No me dejes en vilo, Soufian!

–Fue arsénico.

Reflexiono. Eso tampoco cambia nada, ¿no?

¿Se podrá echar arsénico a una tarta?

Demasiadas preguntas sin respuesta... Sobre todo, una muy importante.

–Soufian..., tengo que preguntarte una cosa.

–Dime.

–¿Qué hacías en la habitación 24?

–¡Ya te lo dije! Tenía que hacer una llamada. ¿Qué crees?

–¡No lo sé! ¿Tienes novia?

Me lanza una mirada extraña. Parece... decepcionado.

–Por supuesto que no –responde–. Joder, Suzanne, ¿es que no se me nota? ¡Estoy enamorado de ti!

Enamorado.

De mí.

–¿Y cómo sabes que Alex estuvo en esa habitación la noche del asesinato?

Silencio.

«Cómo sabotear tu historia de amor en una sola respuesta», por Suzanne Secrétant.

–¿Qué? –pregunta, como si quisiera ganar tiempo.

–¿Cómo sabes que Alex estuvo en la habitación 24 la noche del asesinato? –repito.

–Lo sé, punto.

–Sí, pero... ¿cómo?

Me siento como si estuviera empeñada en estropear un bol de claras batidas a punto de nieve.

–Suzanne, joder, ¿a qué juegas?

–¡No juego a nada! ¡Responde!

–¿Sospechas de mí?

No, por supuesto que no..., pero...

–Joder... No me lo creo –masculla.

Josépha, voy a verte. Tengo algo para ti.

Soufian me dejó ahí plantada, y la verdad es que lo entiendo. Supongo que, ahora mismo, estará pensando algo en plan «vaya, me he enamorado y la tía está loca de atar».

¿Y yo? ¿Estoy enamorada?

He pasado por mi casa para recoger el chocolate de Dubái.

Estoy destrozada, hecha polvo. Me siento como un bizcocho que no ha subido: fofa, hundida por fuera y hecha papilla por dentro. Sin embargo, no puedo evitar echarle un vistazo a mi croquis de la investigación reposteropolicial.

Sin ni siquiera quitarme el abrigo, escribo en un pósit: «Arsénico».

Cuando Soufian ha pronunciado esa palabra, se me ha encendido una alarma en la cabeza. Pero no sé por qué.

Cojo el regalo y bajo los seis pisos. En la calle Rivoli, paro un taxi. Intento llamar a Josépha, pero no responde. Espero que esté en su casa, porque preferiría no hacer todo el trayecto para nada.

El taxi me deja al principio de la calle Ménilmontant.

Pago el equivalente de tomar el té en el Ritz y salgo, intentando no resbalar en la acera congelada. ¡Gracias, botas!

Introduzco el código de la puerta y, una vez que estoy en el vestíbulo, busco en el panel el número que tengo que marcar para llamar a su piso.

Es entonces cuando lo veo.

En los buzones.

En la lista de nombres de la gente que vive en el apartamento 9B: «Josépha Vidal Mazor».

Joder...

Desbloqueo el teléfono para mirar una de las fotos de Pauline Mazor.

Se la hicieron en una fiesta, y está levantando una copa de champán.

Sabía que había algo en esta foto que me llamaba la atención, y ahora sé lo que es: si hago mucho zum, veo que lleva una pulsera.

Es la misma que lleva Josépha. Releo el artículo que menciona el suicidio de Pauline...

, y ahí está: «Deja una hija de dos años».

Todas las piezas del puzle encajan.

Desde el principio, Josépha me animó a investigar para tener información.

Josépha espía a la policía.

Josépha está segura de que Pauline no fue asesinada, sino que se suicidó...

Hace veinte años.

Dejando una hija de dos años.

Josépha no está aquí por casualidad.

Es la hija de Pauline Mazor.

Pero lo que más me impacta es que acabo de recordar por qué la palabra «arsénico» ha hecho que me salten las alarmas: la vi escrita cuando vine a Ménilmontant a cenar con Josépha. Estaba en un póster, en su habitación.

¿El nombre de la película? Arsénico por compasión.

La puerta del edificio se abre. Josépha no va maquillada y parece más vulnerable así, sin la raya del ojo, sin las coletas, sin el uniforme. De hecho, su apariencia de vampira gótica es una armadura.

Sacude una bolsa de papel:

–He pillado tallarines. ¿Prefieres verdura o pollo?

Tengo un nudo en la garganta. Respondo:

–Tú mataste a Amanda.

Calzada con mis botas de nieve doradas, recorro la calle Ménilmontant. El viento glacial me silba en los oídos y me dificulta respirar. ¿De verdad es Josépha la asesina?

Cuando llego a casa, escucho sus audios. Me ha intentado llamar veinte veces, pero no he respondido.

Josépha: Te juro que no fui yo.

Deja que te explique.

Por qué iba a matarla yo? Me la sudaba Amanda!

Solo quería saber qué le pasó a mi madre.

El asesino robó el arsénico de mi taquilla, pero no fui yo! Te lo juro!

Necesito que me deje pensar.

Tengo que ordenar mis ideas.

Es como una receta: tienes los ingredientes correctos, pero, si no los usas en el orden correcto, te sale una papilla en lugar de una tarta.

Josépha es la hija de Pauline Mazor.

Pauline Mazor se suicidó.

¿Josépha consiguió que la contrataran en el Rivoli para vengarse?

Pero ¿vengarse de quién? ¿De qué?

¿Por qué iba a matar a Amanda?

Amanda robó el cuaderno de Pauline.

La gente no se suicida por eso.

En el tablón de investigación escribo:

Pauline Mazor.

Concurso Estrella Méridor.

¿Suicidio?

Saco todas las fotos de la época y me doy cuenta de que había otra persona en esa promoción de 2001: Bertrand Bala, el cocinero jefe de L’Harmonie. Como no parecía que estuviera en el grupito Alex/Amanda/Odette, no busqué más información sobre él.

¿Un error?

Me meto en internet. La página de Wikipedia de Bertrand Bala me indica que, hace veinte años, el chef de L’Harmonie ganó el concurso Estrella Méridor con un entrante audaz preparado con una masa brick ultrafina cubierta de foie gras .

Este premio lanzó su carrera y, todavía hoy, el entrante que inventó el gran cocinero, símbolo del lujo y de la gastronomía, sigue en la carta de L’Harmonie.

El plato se llama «cigarro de foie gras ». Eso me recuerda a algo: ¡la cigarra de foie gras de Pauline!

Cojo otro pósit y escribo:

cigarra al foie gras / cigarro al foie gras

La diferencia es una letra.

Será cabrón...

Bala le robó la receta a Pauline Mazor.

Por eso ella se suicidó.

¿Y Josépha pretende vengarse?

Llaman a la puerta.

No necesito preguntar quién es. Dudo una fracción de segundo, pero decido abrir.

De este modo, se lo podré preguntar.

Si Josépha quería vengarse..., ¿por qué iba a matar a Amanda?