Cozy love y crímenes navideños 21 Diciembre
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21 Diciembre

El radiador ronronea. Caen grandes copos de nieve.

Ayer, Soufian y yo acompañamos a Josépha al metro, cenamos una sopa de tallarines en un restaurante chino del barrio y regresamos al calor de mi estudio.

Nos desnudamos el uno al otro en un silencio tenso por la espera y el deseo, sorprendidos de que a nuestras manos aquello les pareciera tan natural. Agotada, me dormí entre sus brazos.

Abro un ojo y cojo el móvil para mirar la hora. Son las cuatro de la mañana. El torso de Soufian se agita con suavidad a mi lado, al ritmo de su respiración. No quiero sacar la nariz de estas sábanas arrugadas que huelen a él.

Pero todas las cosas en las que intento no pensar se me echan encima, como un bumerán de preguntas para las que no tengo respuesta.

Hay una en concreto que llevo evitando desde hace algunos días: ¿cómo sabía Soufian que Alex estuvo en la habitación 24?

Josépha: Pero qué veneno?

Cuál crees tú que usaron?

Me he leído todo y he visto diez veces la rueda de prensa, no dicen nada.

Crees que es importante?

¿Que a Amanda la envenenaran, además de apuñalarla?

Sí, claro que es importante.

Clavarle aquel cuchillo pudo ser algo improvisado, imprevisto.

Una pelea que se le fue de las manos al homicida.

Pero ¿el veneno?

Si hay veneno, hay premeditación.

Y algo así no puede comprarse en un supermercado.

¿Cómo lo consiguió el asesino o la asesina?

Lo metió en un dulce, eso está claro. Pero ¿Amanda no lo notó? ¿Es un veneno que no sabe a nada?

El despertador de Soufian sonará dentro de diez minutos. Mientras caliento el agua para el té, cotilleo un poco por internet. ¿Qué venenos son más comunes? ¿Qué síntomas provocan?

Soufian abre un ojo y sonríe al verme.

–Buenos días, madrugadora.

Se estira y, al ver que sus músculos se ponen en movimiento, me entran ganas de meterme con él en la cama. Me pongo roja.

Mientras él se pone una camiseta y se levanta, me pongo a hablar de cualquier cosa para disimular lo alterada que estoy:

–Te he dejado una toalla... encima del radiador.

Él me besa, me abraza, se escapa de mis brazos.

–Vale, pues voy a ducharme. Entro a trabajar en... –Mira su teléfono–. En cuarenta minutos.

Tengo que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no meterme con él en la ducha. Nos separa una mísera cortina, y distingo su silueta mientras se enjabona.

Para mantener la mente y las manos ocupadas, termino de preparar el desayuno. Por fin, Soufian sale de la ducha, se seca, me besa y me da un abrazo tan breve como intenso. Luego me pregunta:

–¿A qué hora tienes que estar tú en el curro?

–A las ocho, pero creo que voy a ir antes.

No le digo que he empezado a investigar sobre el veneno. Va a flipar.

Se sienta y me mira a los ojos.

–¿Has tomado una decisión?

Ambos sabemos a qué se refiere.

Ayer, mientras examinaba el cuaderno, encontré el ingrediente secreto de Amanda. Está en las notas de hace varios años, cuando estaba investigando para crear su orangerie .

Es un ingrediente sencillísimo, con un sabor suave...

Pero ¿ahora qué hago? ¿Debería decírselo a los demás?

Si revelo que tengo el cuaderno, me van a detener.

A no ser que acuse a Alex...

Cuando Soufian va a cerrar la puerta, me dice:

–Joder... Ya te echo de menos.

Cuando Soufian se va, me vuelvo a centrar en la investigación de venenos. Hay uno que me llama la atención: el cianuro. Tiene un regusto a... almendra.

Así que es fácil ocultarlo en algo dulce.

Sobre todo, si la base es el mazapán...

Apoyo la espalda en la silla, observo mi croquis de la investigación reposteropolicial... Y reflexiono.

¿Sweet Dio?

Al final, ha sido él quien más ha salido ganando. Su carrera despegó cuando Amanda murió. Ya era famoso en las redes sociales, pero ahora es el chef de repostería de un restaurante con estrellas. Menudo ascenso...

Sin embargo, ¿cómo sabía que lo contratarían a él si ella fallecía?

Y, sobre todo, para matar a Amanda tendría que haber estado en el hotel aquella noche.

Le escribo a Josépha:

Tenemos que hablar!

Pero ella no entra a trabajar a las seis de la mañana. A estas horas está durmiendo.

Soufian: El suelo resbala. Ten cuidado.

–¡Suzanne! –me llama Marianne, que me ha oído sacar a Praliné del cuarto de las bicis.

Aún es de noche, pero ya está vestida y peinada, elegante e impecable con una falda lápiz y un jersey de cachemira beis.

–Deberías ir andando. No han pasado los quitanieves, y esta noche ha nevado tanto que la calle es un caos. No hay autobuses, no hay repartidores...

Abro la puerta y debo admitir que tiene razón. La acera y la calzada están cubiertas de una capa de nieve inmaculada y, sobre todo, congelada. Podría escurrirme. Me miro los pies. Estas botas son perfectas para la lluvia, no para ir del restaurante de montaña al telesilla.

–Espera –dice Marianne–. ¿Qué número calzas?

Desaparece en la portería y vuelve con unas botas de nieve doradas.

–Me las compré por internet. Pruébatelas...

Vale, brillan tanto que parezco un árbol de Navidad, pero la talla me queda perfecta.

–¡Quédatelas! –dice–. Yo no me las pongo, me quedan muy pequeñas. Iba a devolverlas.

–¿Está segura? ¿Cuánto te debo?

–¿Estás de broma? ¡Nada! ¡Venga, vete!

Guarda mis botas en una bolsa y me empuja hacia la salida.

–Vas a llegar tarde. ¡Corre! ¡Y ten cuidado!

Dejo las botas doradas en el zapatero. Destacan muchísimo al lado del resto del calzado, pero bueno, me da igual. Seguro que a Josépha le encantan.

Llego a la cocina antes que el resto de los reposteros.

Saludo a Gwenn y a Soufian, que intenta comportarse como si no nos hubiéramos pasado toda la noche juntos... Pero es tan mal actor que Gwenn levanta las cejas en plan «¿pasa algo?». Para distraerla, saco un cruasán de la cesta de descartados y pregunto:

–¿Y Odette?

–Sigue sin venir –responde Gwenn.

–Qué raro, ¿no?

–Muchísimo.

Sin entretenerme más, preparo la cocina. Saco los ingredientes, lavo las encimeras y elijo tres boles. Luego, examino los licores y las especias en busca del ingrediente secreto, si me fío de lo que he deducido al descifrar los apuntes que tomó Amanda en la libreta.

De pronto, caigo en la cuenta...

–¡No está aquí, claro!

Corro hacia la cocina de las bodas. Si Amanda lo tenía escondido, seguro que está ahí. Después de hurgar por todas partes, al fin lo encuentro escondido en un cajón, detrás de varios botes de especias. Aquí está, casi lleno: un tarro de alesta.

También llamada hierba búfalo.

La prueba de que yo tenía razón.

Chavalote es el primero que llega, y ni siquiera me saluda.

Le sigue Léo, que me da un empujoncito, como si fuéramos colegas.

A lo mejor es su forma de pedir perdón...

Luego llega el resto del equipo. Espero impaciente a nuestro chef, muerta de ganas de revelarles que he encontrado lo que le da a la crema de Amanda ese sabor tan particular.

Carmine llega con dos cafeteras y unas galletitas de mantequilla con fruta confitada.

–¡Me las han traído de Roma! –dice.

No puedo aguantarme ni un segundo más, así que lo suelto:

–Para la crema de Amanda... Me preguntaba si no deberíamos probar la hierba búfalo.

Todo el equipo se queda helado. Saco el frasquito:

–Lo he encontrado en la cocina de las bodas y se me ha encendido la bombilla.

Una mentira más... Qué le vamos a hacer.

–Debía de mezclarlo con algún extracto de vainilla, y quizá con un poco de azahar –continúo–, pero yo creo que este es el ingrediente misterioso...

Léo está boquiabierto. Chavalote, por su parte, me mira como si fuera a despedazarme.

Sweet Dio duda algunos segundos antes de decir:

–Tres equipos. Probad las proporciones y el tiempo de infusión. ¡A trabajar!

Cuando todos empiezan a moverse, Sweet Dio me dice:

–Gracias, Suzanne.

–De nada, chef –respondo.

Aunque, en el fondo, no puedo dejar de preguntarme si fue él quien se cargó a Amanda.

Cuando puedo hacer una pausa, me reúno con Josépha en su escondite. Le cuento mi segundo de gloria de esta mañana con la hierba búfalo y luego le comento mi hipótesis sobre el cianuro.

–Entonces, Carmine encabeza tu lista de sospechosos –dice Josépha–. Pero ¿cuál es su móvil?

La miro en plan «es más que evidente».

–Su carrera despegó después de la muerte de Amanda...

–Tienes razón.

–Además, yo creo que no apareció de la nada. Las cosas sucedieron muy rápido; seguro que ya se había acercado al Rivoli para ofrecer sus servicios. Hasta es posible que Bala y la dirección tuvieran pensado librarse de Amanda.

–¿Por qué iban a librarse de ella? ¡Si era un exitazo!

–Al parecer, cada vez estaba más insoportable...

–¿Crees que Sweet Dio quiso acelerar los trámites?

–No me parece descabellado. Imagina: le plantean que ocupe el puesto de Amanda, pero ella se niega a marcharse. ¡No es fácil despedir a Amanda Tuile!

–Uf, tienes razón... Pero ni siquiera sabemos si Carmine estaba en París.

–Por eso te necesito: hay que mirar sus redes sociales con lupa.

Puede que Josépha viva en los años sesenta, que se vista como en los años sesenta y que le encante el cine de los años sesenta, pero está a la vanguardia en técnicas de espionaje.

Sin embargo, tras mirar todas las publicaciones de Sweet Dio, no encuentra nada. Es imposible saber dónde estaba la noche del crimen. ¿En Italia o en Francia? ¿En París o en Londres?

–¡Mira! –dice Josépha de repente.

Es una foto de otro Dio a la italiana: sonrisa enorme, pelo revuelto, camisa arrugada abierta en el pecho. Está desayunando en una cama de hotel.

–¿Quién es?

–Gianni Baldoni, un modelo. Te apuesto lo que sea a que es el novio de Sweet Dio.

–¿Por qué lo dices?

Me enseña las imágenes y los vídeos que ambos han publicado por separado. Al verlos juntos, es evidente que están muy a menudo en el mismo sitio al mismo tiempo. Mi amiga hace zum en el post «desayuno en hotelazo» y en particular en la bandeja, donde se reconocen las siglas «RP» de los platos.

–¡Es una suite del Rivoli! –deduce Josépha, orgullosa de sí misma–. Hasta diría que es la suite Pirámide, a juzgar por los motivos de la cabecera de la cama. Y si Gianni estaba ahí la noche del asesinato, Sweet Dio también estaría.

–¿Por qué crees que fue el mismo día?