Cozy love y crímenes navideños 20 Diciembre
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20 Diciembre

La mañana es gris y húmeda. La niebla se pega a las ruedas oscuras y dibuja remolinos inquietantes bajo la luz amarillenta de las farolas.

Tiritando, piso con fuerza los pedales de Praliné.

Decido subir por la calle Saint-Honoré para llegar antes a la parte trasera del Rivoli.

Quiero hablar con Soufian antes de entrar a trabajar.

La boca me sabe a sangre, y tengo ganas de vomitar.

Estoy casi fuera de mí por la falta de sueño, la emoción, el miedo...

Anoche, cuando Alex entró y me encontró en medio del salón, mentí y fingí que me había dormido en el sofá.

No le dije que había encontrado el cuaderno.

Lo escondí entre la ropa limpia que saqué de la secadora y fui a acostarme a toda velocidad.

Pero ahora llevo el cuaderno encima. Y no sé qué hacer con él.

Saludo al vigilante, me limpio los pies en el enorme felpudo de la entrada y voy deprisa a cambiarme. Cuando llego a la cocina, son las seis y cinco. Solo me encuentro a Gwenn.

–¡Anda! ¡Qué temprano llegas!

–¿Qué tal, Gwenn? ¿No está Soufian?

–No llegado aún. Y Odette está mala.

¿Odette enferma?

Todo el mundo sabe que Odette nunca falta al trabajo... La tienen que obligar a que se coja vacaciones.

Al parecer, se enamoró una vez, un flechazo loco con un político sudamericano.

Estuvo a punto de dejarlo todo para seguirlo.

Pero se quedó.

En definitiva, el Rivoli es toda su vida.

Dónde estás?

Soufian: Llegando. Me dormí.

Nos vemos en la sala de descanso?

Mientras lo espero, me oculto en un rincón discreto y saco el sobre del bolsillo del delantal.

Las manos me tiemblan un poco cuando lo abro y saco el preciado cuaderno. Tengo que leerlo, pero soy incapaz.

Si alguien mató a Amanda por lo que hay aquí dentro, quizá no haya solo una receta de crema fontainebleau , por muy secreta que sea.

–¿Qué tal? –me pregunta Soufian, quitándose el abrigo lleno de nieve–. No puedo entretenerme mucho; al parecer, Odette está mala. Estás pálida...

Le enseño el cuaderno.

–Joder –masculla–. No me digas que eso es...

Le digo que sí con la cabeza y él tira de mí hacia el pasillo. Vaya. El efecto que me provoca su mano en el brazo es... Había echado de menos algo tan simple.

Pero no es el momento.

–¿Dónde lo has encontrado? –me pregunta.

–En casa de Alex.

–Mierda. Mierda, mierda...

–No lo entiendo... ¿Por qué tiene el cuaderno?

–Tranqui. Tiene que haber una explicación. ¿Se lo has dicho?

–¡No! No sabe que lo tengo.

–Ya. ¿Y lo has abierto? ¿Qué hay dentro?

–Es que... no me atrevo. Me da pánico.

–Yo tampoco puedo; esto hay que hacerlo con tranquilidad. Pero lo guardamos en mi taquilla y luego nos vemos, ¿vale?

–Vale.

–Y, Suzanne...

–¿Sí?

–Ten cuidado.

Cuando los demás llegan, yo ya estoy ocupada.

Uniforme impecable.

Pelo repeinado.

Currando.

Y reflexionando. Sé lo que piensa Soufian: que tal vez Alex sea peligroso y que debo tener cuidado con él.

Pero eso no tiene sentido. Mi madre me habló mil veces de Alex, su mejor amigo de París.

Pasó con él sus momentos más felices cuando eran estudiantes y, luego, Alex siempre me mandaba tarjetas de cumpleaños y postales de sus viajes.

Estaba en Japón cuando murió mi madre, y no pudo volver a tiempo para el entierro. Envió un ramo de flores enorme.

Alex es delicado, esnob, culto, gracioso..., pero no peligroso.

Léo se me acerca.

–Siento lo de ayer. André es un cabrón.

–Gracias por apoyarme, fue muy valiente por tu parte.

Él agacha la cabeza.

–¿El chef te echó la bronca?

Me calmo un poco.

–Solo para guardar las apariencias... En realidad, no fue nada.

Sweet Dio aparece una hora después con el café, unos cruasanes rellenos a la italiana y tres recipientes de acero inoxidable. Lo deja todo encima de la mesa.

–He probado a hacer tres cremas fontainebleau distintas. Tenéis que decirme cuál os parece que se acerca más a la de Amanda –nos dice, santiguándose al pronunciar el nombre. ¡Qué supersticioso es este hombre!

Luego, saca unas cucharillas.

Probamos las cremas.

Ninguna de las tres se parece a la de Amanda.

–Es la vainilla –analiza Léo–. No sabe como tiene que saber la vainilla.

–Sabía un poco más anisada.

–Y también más discreta, como si la vainilla fuera un recuerdo, no un ingrediente.

–A lo mejor no era vainilla...

Debatimos, buscamos, comparamos, nos atascamos...

Y yo tengo el cuaderno. Es posible que ahí esté la receta.

Pero eso no lo digo.

Soufian: ¿Cocina de bodas?

Ok.

–¿Preparada?

–Bah... Seguro que no es nada. Vamos a encontrar la receta de la crema y ya está.

–¡Ábrelo!

Estamos solos en la cocina. Soufian ha sacado de su taquilla el sobre con el cuaderno.

–Debería ponerme guantes, ¿no? Tengo que dárselo a la policía.

–Es un poco tarde, pero bueno...

Me tiende una caja de guantes de látex.

–Primero el sobre –digo como si fuera detective, y lo giro en todas direcciones–. Es un sobre sencillo, formato... ¿mediano?

–¡Pedazo de precisión!

–¿La mitad de un A4?

–Mejor.

–El sobre es blanco, con el logo del Rivoli en la esquina izquierda. Así que es probable que la persona que metió el cuaderno aquí trabaje en el hotel...

–Importante.

–No hay nombre ni ninguna palabra, nada. El sobre no se cerró. Lo abro.

Saco el cuaderno.

Nos ponemos a hojearlo.

Amanda apuntaba muchas cosas: ingredientes, ideas, dibujos... De hecho, en las últimas páginas encuentro garabatos que se parecen mucho a los bocetos del bloc de notas que encontré en su despacho. Pero no es eso lo que me llama la atención.

–Mira...

En el recuadro que hay en la primera página, Amanda escribió su nombre con esa caligrafía suya tan bonita y elegante, con bolígrafo violeta:

Pero también hay otro nombre y una fecha en la primera página, escritos con una mano aplicada y modesta. Casi se han borrado con los años, pero aún se ven:

Miro a Soufian.

–¿Quién es Pauline Mazor?

Nieva con tantas ganas que no vemos a un metro por delante de nosotros. Riéndonos, nos cubrimos con la sudadera de Soufian, pero el viento glacial nos impide avanzar.

Se detiene en medio de la acera y me besa, como un golpe de calor sobre mis labios helados. Luego, murmura:

–Ven.

Aún corriendo, nos refugiamos en Estaminet , la pequeña cafetería de la esquina.

Nos pegamos el uno al otro en una banqueta de escay rojo, al fondo de la sala.

Soufian llama al encargado, y me acuerdo de que aquí es donde vinimos al día siguiente del asesinato para entrar en el Rivoli por el sótano.

Esa mañana, el local estaba cerrado y a oscuras.

Hoy, bajo la luz de las lámparas vintage de los años setenta, puedo admirar las paredes de frescos amarillentos, las molduras antiguas y la preciosa barra de cinc.

Pedimos dos chocolates calientes y nos agarramos la mano por debajo de la mesa alta, como dos enamorados clandestinos.

–Mira a ver si encuentras la crema de Amanda –sugiere Soufian, sacando el teléfono–. Yo buscaré a Pauline Mazor.

Abro el cuaderno con cuidado, con los guantes puestos.

–¡La letra de las tres primeras páginas no es la suya! Y no es el mismo bolígrafo.

Hago un análisis grafológico rápido: es la misma letra con la que está escrito «Pauline Mazor, 2001».

Así que son sus notas.

–Creo que, antes de ser el cuaderno de Amanda, era el de la tal Pauline...

En una de las primeras páginas hay un dibujo, pero no es un boceto garabateado como los de Amanda. Es un dibujo concienzudo que representa la torre Eiffel coronada con un corazón, como si la punta estuviera sujeta al corazón por un anillo. Me recuerda a algo, pero no sé a qué.

Se lo enseño a Soufian, que piensa en voz alta:

–Seguro que dibujaba mientras pensaba. Yo lo hago a todas horas.

–Un corazón... Estaba enamorada. Y hay dos letras debajo del dibujo: «BB».

–Amanda no habría garabateado un corazón, ni llamaría «bebé» a su pareja. No es su estilo para nada.

–Es que el dibujo no lo hizo Amanda, sino Pauline Mazor. Era su cuaderno, Amanda lo reutilizó.

–Qué raro...

–Mira, es una receta de un entrante: cigarra de verduras al foie gras ... Entonces, Pauline era cocinera, no repostera. Aquí pone «Concurso Estrella Méridor». Estaba preparándose para participar...

Soufian apenas me mira; está buscando en internet, pero yo sigo hablando sola:

–Estaba probando con especias diferentes para cocer el hígado.

De repente, Soufian me pone una mano en el hombro.

–Creo que la he encontrado.

Una pequeña descarga eléctrica.

Si quiero seguir concentrada, tengo que evitar todo contacto físico con Soufian.

Cada vez que me toca, me provoca una reacción que se antepone a todas mis prioridades.

Me enseña lo que ha encontrado:

–Es un artículo sobre la presión asfixiante que soportan los cocineros y, sobre todo, las cocineras en las escuelas de cocina y en los equipos de los grandes restaurantes. Mencionan el caso de una joven...

Leo con él:

–«Pauline Mazor, que preparaba el concurso de la escuela Estrella Méridor, se tiró del tejado del Rivoli Palace».

«Concurso Estrella Méridor». Igual que en el cuaderno.

–¿Te suena?

–Creo que la escuela Méridor estaba vinculada al Rivoli por aquel entonces –explica Soufian mientras lo verifica en internet–. ¡Eso es! Y cerró.

¿Cerraría porque una alumna se tiró del tejado?

–Se suicidó hace veinte años, un 20 de diciembre... ¿No te parece que es mucha coincidencia? –digo.

Soufian asiente.

–Hoy es 20 de diciembre. Y Odette no ha venido...

–Soufian, todos ellos estaban aquí: Alex, Odette... Saben algo, estoy segura. El asesinato de Amanda, el suicidio de Pauline Mazor... ¿No crees que todo está relacionado?

No se me dan bien las matemáticas, salvo cuando hay que convertir centilitros en gramos. Pero, en este caso, me parece que la ecuación es bastante simple.

El cuaderno de Amanda pertenecía a Pauline Mazor.

Pauline Mazor se suicidó hace veinte años.

El cuaderno de Amanda desapareció el día que la asesinaron.

Alex tenía el cuaderno.

Alex mató a Amanda.

Me levanto.

–Voy a ver a Alex.

–No puedes ir a preguntarle sin más si la asesinó –protesta Soufian, inquieto–. Hay que avisar a la policía, Suzanne.

–¡No! Alex era el mejor amigo de mi madre. Tengo que hablar con él primero.

–Entonces, voy contigo.

–Prefiero ir sola. Si vienes tú, no dirá nada.

Entro por la puerta grande. Al portero le he dicho sin más:

–Tengo que ver a Alex.

Iba tan segura de mí misma que el hombre de negro ni ha rechistado.

–¡Anda, Suzette mía! –exclama Alex–. ¿Cómo estás?

La verdad es que parece menos alegre de lo normal...

–Tengo que hablar contigo. –Al ver que el barman nos mira, añado–: En privado.

Alex comprende que es algo serio y me conduce a uno de los salones de reuniones que hay en esa planta, no muy lejos del que usó Adeline Meunier para los interrogatorios.

Moqueta beis, asientos tapizados de terciopelo rojo, grandes ventanales cubiertos de visillos... La estancia parece un salón de bodas un tanto anticuado.

Saco el cuaderno y Alex me mira atónito.

–¿Dónde lo has encontrado? –balbucea.

–¡Lo sabes perfectamente! En tu casa, anoche, cuando fui a hacer la colada. A ver, sí: necesitaba hacer la colada, pero no solo fui por eso. Quería entender. Buscaba fotos de mi madre, pero también de aquella época...

Él se oculta la cara con las manos.

–Y sé quién era Pauline Mazor –añado–. Sé que se suicidó.

– Oh là là ! Suzanne, escúchame bien: no debes contarle esto a nadie.

Cuando lo dice, entro un poco en pánico. En un intento por mantener la calma, pregunto:

–Pero ¿por qué lo tenías tú?

Alex me arrastra a un rincón de la sala vacía, por si no estábamos ya bastante solos.

–Me lo confió Amanda aquella noche.

–¿Por qué?

–¡No lo sé! Y luego la asesinaron... Suzette, no debes meterte en esto. Es peligroso.

–¡Si es peligroso, ayúdame!

–No puedo...

Tengo que preguntárselo. No tengo ningunas ganas de hacerlo, pero no me queda más remedio:

–¿Tú mataste a Amanda?

Él me mira estupefacto.

–¡Por supuesto que no!

Parece sincero... ¿O acaso tengo ganas de creerlo?

Él inspira. Se frota los párpados.

–Suzanne, olvídate de esta historia y céntrate en tu trabajo.

–Hace un frío que pela –comenta Josépha.

Estamos con Soufian en un banco de las Tullerías. Falta poco para que se haga de noche, y es cierto que hace muchísimo frío. El Louvre está rodeado de sombras amenazantes, y los jirones de niebla envuelven las farolas.

–Al menos, aquí estamos seguros de que no nos escucha nadie –replica Soufian.

Creo que se ha vuelto un tanto paranoico.

–Pensáis que Alex asesinó a Amanda –resume Josépha.

–¡Yo no! –protesto.

–Pero, en cualquier caso, hay algo que no ha contado –precisa Soufian.

–Pero ¿por qué? ¡Sigo sin ver el móvil! –protesta Josépha.

–A lo mejor Amanda iba a contarlo todo.

–¿El qué?

–Que Alex tuvo algo que ver con el suicidio de Pauline Mazor... o con su asesinato –responde Soufian.

–¡Ay, Dios! –exclamo.

–No –protesta Josépha, sombría de improviso–. Se suicidó.

–¿Qué sabes tú? –pregunta Soufian.

Ella se sobresalta, como si despertara de repente.

–Nada. Una corazonada.

Entonces le llega una notificación al móvil.

–Me he puesto una alerta para todo lo que tenga que ver con el Rivoli –explica mientras abre un enlace.

Es de un canal de noticias 24 horas.

–A ver... Es una rueda de prensa del fiscal y Meunier.

En la pantalla, un recuadro resume el escándalo del Rivoli Palace prometiendo «nuevas revelaciones». El fiscal toma la palabra para anunciar que han decidido desvelar un elemento que han encontrado en la investigación.

–Eso es que la información se ha filtrado –dice Soufian–. Si no, no contarían nada.

El fiscal repasa los hechos y le pasa la palabra a Adeline Meunier, que tose y anuncia:

–Los últimos análisis han demostrado que la señora Tuile fue envenenada. La puñalada que recibió fue fatal, pero habría muerto de todos modos...

El resto de la frase se pierde en la algarabía de los periodistas, que la acosan a preguntas:

–¿Cómo es posible que no se hayan dado cuenta hasta ahora? ¿Qué veneno? Entonces, ¿hay dos asesinos?

Pero yo ya he dejado de escuchar.

Josépha ha perdido un poco el color de las mejillas; ahora sí que sí parece un miembro de la familia Addams.

Se levanta y balbucea:

–Yo tenía razón . A Amanda la apuñalaron y la envenenaron.