Cozy love y crímenes navideños 19 Diciembre
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19 Diciembre

Nos bebemos tres tazas de caffè della Nonna y volvemos a empezar tres veces.

La maldita receta del mazapán se nos resiste.

A Sweet Dio nunca le parece que esté bien y se pone a refunfuñar, pero como lo hace en italiano, no lo entendemos del todo.

Aun así, sí que entendemos que no tenemos almendras buenas, que necesitamos las de Sicilia, que las ha pedido, pero que no llegarán hasta mañana.

Tenemos calor, nos duelen los pies y las piernas.

No está siendo un buen día en la cocina.

Además, Léo le lanza miradas asesinas a Soufian, a quien se la suda muchísimo.

Cosa que al otro le cabrea aún más.

Es insoportable.

La verdad es que no he dormido mucho, así que no consigo «soltar para encontrar el ritmo».

Me vienen destellos de la noche con Soufian, de las ganas de sentir su boca sobre la mía, de sus manos en un sitio que no sea la harina...

Hacia mediodía, me entra dolor de cabeza, así que pido hacer una pausa y me refugio en la sala de descanso.

Léo también viene.

–¿Estás despistada por tu noche de amor con Soufian?

–No seas gilipollas, anda.

Lo último que necesito es que siga erre que erre. Yo solo quiero que me deje en paz. Por suerte, se tranquiliza un poco y me pasa una botella de agua.

–Toma. No sé tú, pero yo no puedo tomar más café. Hemos bebido suficiente para los próximos diez años.

–Gracias.

–Suzanne..., sé que crees que tengo celos.

–Ay, joder... ¿Quieres dejarlo ya?

–Pero estás confundiendo tus deseos con la realidad. En realidad, el problema es que no te concentras. Te recuerdo que soy tu jefe de equipo.

Eso está por demostrar...

–Así que haz lo que quieras por la noche –se levanta–, pero por el día concéntrate. ¿Entiendes?

Cuando vuelvo a la cocina después de la pausa, me duele aún más la cabeza. Soufian se marcha cuando termina su turno y solo intercambiamos una mirada lo más discreta posible.

Pero tenemos que vernos, ¿no? Dos personas deben verse cuando están tan impregnadas la una de la otra, de su aliento, de su saliva, de su olor...

Durante el resto del día, Léo me presiona. Siempre está detrás de mí, critica todos mis gestos, y eso hace que Chavalote se venga arriba. Se lo pasa pipa. Me derrama los ingredientes a propósito, me lanza pullitas pasivoagresivas...

–¿Qué tal, Suzanne? ¿Has dormido mal? ¿Necesitas ayuda?

Tengo los nervios de punta; me dan ganas de pegar, de morder, de chillar.

«Pero concéntrate», me ha dicho Léo. ¿Está de coña? ¡Si hasta cuando no estoy centrada soy mejor que él! Será idiota... ¡Cuando pienso que me acosté con ese tío...!

Al parecer, los demonios que creía haber expulsado solo estaban atentos, escondidos en un rincón de mi vientre. Esperaban pacientes su momento. ¡A la mierda todos!

Eso es lo que quiere, ¿no? Hacerme explotar. Así que me calmo, le hago el vacío, lo ignoro.

–¿Has dormido mal?

–¿Perdón?

Sweet Dio me tiende un café freddo con nata montada.

–Vengo de hablar con comunicación, les ha encantado el tronco homenaje. Vamos a decantarnos por el mazapán.

Todo el mundo suspira, sobre todo el equipo «tortilla noruega», que ha currado para nada. Y es cierto que estamos agotados y Carmine no nos da ni un respiro... Pero es que ya estamos a 19 de diciembre.

Tenemos que sacar ciento cuarenta troncos de Navidad extraordinarios, atrevidos y virtuosos en... ¡cinco días!

Incluso vamos mal para pedir los ingredientes. Por suerte, esto es el Rivoli, y los proveedores están dispuestos a hacer cualquier cosa por complacer a su cliente.

–¡A currar! Necesitamos una base de mazapán esponjosa pero resistente, ¿de acuerdo?

Como quedan dos horas para que termine nuestro turno, consigo reunir fuerzas y me concentro en el trabajo... Hasta que, por fin, logro encontrar la dosis correcta de sirope y, sobre todo, la textura perfecta (no demasiado fina) para la harina de almendra.

Estoy amasando a mano para incorporar bien el azúcar y ablandar la pasta, cuando Sweet Dio hace una ronda de inspección y me felicita:

–Muy bien, Suzanne. Empieza a parecerse al mazapán de mi nonna .

Es la gota que colma el vaso de Chavalote, que, al parecer, considera que todo esto (que a Amanda la asesinaran fuera de horario laboral) es culpa mía.

Pasa detrás de mí... y se frota con descaro contra mi culo.

Lo hace a propósito.

El bol con las almendras trituradas se me escapa de las manos y sale volando con estruendo a la otra punta de la cocina.

De paso, derriba un montón de utensilios de repostería, entre los que se encuentran una báscula superprecisa (y megacara) que se rompe contra el suelo.

Levanto el puño, amenazadora. Chavalote recula...

Se hace un silencio atronador.

Es la calma que sigue a la explosión de la bomba, no la de antes de la tempestad.

Sweet Dio me mira. Parece... decepcionado.

Con un gesto, me ordena que lo siga.

Chavalote suelta una carcajada. Léo me mira desconcertado.

Walk of shame ... Salgo de la cocina.

Sweet Dio me hace entrar en su despacho, una oficina minúscula contigua a la de Amanda.

En la pared hay fotos del restaurante de su familia en Italia, una foto con un diseñador famoso (al parecer, Sweet Dio aprendió francés por él; rompieron hace cinco años, pero siguen siendo amigos), un retrato de la famosa nonna , sus diplomas y su primer gorro de chef bajo una campana de cristal.

–Siéntate, Suzanne.

Sabía que esto iba a pasar.

–Supongo que eres consciente de que este tipo de comportamiento no tiene cabida en nuestra cocina –me espeta–. Somos un equipo. Debemos respetarnos los unos a los otros.

Podría replicar que Chavalote no me respeta. Pero conozco esta estrategia de defensa y sé que no funciona, así que me callo.

Es lo mejor.

–Estoy al tanto de tus antecedentes de violencia –añade.

Ya estamos...

–Debería echarte en el acto –dice, y me quedo helada.

Sería fácil; al fin y al cabo, estoy en periodo de prueba.

–Pero me caes bien. –¿Cómo?–. Y, sobre todo, tienes talento. Talento de verdad. Sabes arriesgarte, experimentar. Eso es bueno. Así que te daré otra oportunidad.

Estoy tan conmocionada que apenas logro contestar:

–Gracias, chef.

Pero es como lo que me pasó con la directora del insti. La cosa nunca acabó del todo.

–¿Confías en mí? –pregunta Sweet Dio, y yo me tenso todavía más. ¿Qué es esto? ¿Me va a poner condiciones o algo así?

–Eh... Sí, jefe.

–Una cocina es como la tripulación de un barco. Hay que confiar los unos en los otros, y también en el capitán. Si no, estallan motines y, cuando eso pasa, hay muertos.

Me dan ganas de decirle que exagera un poco: no es lo mismo hacer un tronco de Navidad que un viaje transatlántico.

Por otra parte, ya ha habido un asesinato...

En fin. Al menos, Sweet Dio aún no me ha condenado.

Y mientras no haya una condena en firme, hay esperanza. Eso decía siempre Erwann, mi novio del instituto..., y sabía de lo que hablaba, en vista de que acabó en la cárcel.

Así que me callo.

En la vida, decía también Erwann, hay que saber callarse.

Me reúno con Josépha en el tejado. Cuando le digo que he tenido un día de mierda, saca el CBD. Yo aporto una bolsa de malvaviscos que he sacado de la cocina; son «descartados», pero están riquísimos.

–Malvaviscos y CBD –suspira Josépha–. Creo que tenemos la receta de la felicidad.

Yo sonrío. A mí me parece que ni de lejos, pero bueno...

–Por cierto..., me he liado con Soufian.

Lo digo como si fuera lo más natural del mundo. Pero, cómo no, Josépha reacciona de manera exagerada.

–¿Qué? ¿Cuándo?

–Anoche.

–¿Anoche? ¡Lo sabía! ¿Qué tal? ¿Una locura? Algo me dice que sí.

–La verdad es que fue un poco locura, sí.

Todavía tengo el sabor de Soufian en los labios, el olor de su piel en mi piel.

–Ah, ¿ves? ¡Lo sabía!

Josépha nunca se equivoca.

–¿Y Léo?

–Olvídate de Léo.

–Te lo dije.

Fuma en silencio, yo me conformo con los malvaviscos.

Cuando Soufian se fue de mi casa a las cinco de la mañana, tarde para el curro y sin haber dormido, no conseguíamos dejar de besarnos.

Decidimos quedar por la tarde. Estoy deseando ver a la luz del día su piel de color caramelo y sus ojos como castañas confitadas, para contemplarlos hasta hartarme.

–Supongo que debería estar contenta, ¿no? –digo.

–¿No lo estás? –replica. Se mete un malvavisco en la boca y da una calada al vapeador.

–No sé... ¿Tú crees que me da miedo ser feliz? Tengo todo lo que quería: un puesto en el equipo tronco, a Soufian... Debería estar en una nube, tocando el cielo. Pero, en lugar de eso, tengo una migraña loquísima y he caído como una tonta en la provocación de André, alias Chavalote.

–El dolor de cabeza es normal. No has dormido mucho. Tienes que beber agua.

–Gracias, doctora.

–En cuanto a lo otro...

Josépha duda, busca las palabras, se lanza:

–Cuando pierdes a tu madre, es normal pensar que ya no tienes derecho a ser feliz. Es absurdo, pero es así. Como si el cerebro asumiera que, tras pasar eso, todo está maldito.

Ahí es cuando lo entiendo.

Por eso Josépha reaccionó de una forma tan rara cuando le enseñé la foto de mi madre.

–¿Tú también?

Ella se encoge de hombros. Insisto:

–¿Tu madre falleció?

Contiene unos lagrimones redondos que se le quedan suspendidos en el eye-liner , como pompas de jabón.

–¿Por qué no me lo dijiste? –le pregunto.

–No lo sé, no hablo de ello. Tenía dos años. Me adoptaron, ¡y tuve una madre adoptiva genial! ¡Nos adoramos!

Eso suena un tanto falso. A lo mejor porque ese «nos adoramos» no es en absoluto algo que diría ella.

–¿La ves mucho?

–Se fue a vivir a Normandía cuando se jubiló.

–¿Vas a ir a verla en Navidad?

–Puf... Navidad... No sé... Es una mierda.

No es una mierda, Josépha.

Es solo que en Navidad las echamos más de menos.

He quedado con Soufian en la estación de metro que hay delante del teatro de la Comédie-Française.

–¿Tullerías? ¿Churros? –me propone.

–Me he zampado diez malvaviscos, así que churros no. Pero Tullerías sí.

–¿Qué tal? Me han dicho que se te ha ido un poco la pinza.

Me río sin ganas.

–«Un poco» se queda corto. Me he llevado una regañina, pero no pasa nada.

–No caigas en los juegos de esos tíos. Solo buscan lío. Como te dejes provocar, te la cargas.

Como si no lo supiera...

Lo espero en un banco mientras se compra unos churros. Luego, paseamos hasta las fuentes para buscar un sitio libre.

Tenemos suerte y encontramos dos sillas que acaba de dejar libres una pareja de turistas. El agua de la fuente está helada en algunas zonas, y notamos el acero frío del asiento.

Pero el sol naranja se pone ante nuestros ojos, creando algo mágico.

–Esta noche he quedado con mis amigos... –suelta Soufian–. ¿Quieres venir?

–Creo que será mejor que vuelva a casa. Estoy muerta.

Él no dice nada. Me agarra la mano y me empieza a acariciar las falanges con los dedos. Eso me recuerda al primer beso que nos dimos. Todavía noto el sabor de la tarta selva negra mezclándose con la mantequilla y la boca de Soufian...

–¿Sabes? Tuve un rollete con Léo.

–Sí, eso me pareció.

Entrelazamos los dedos.

–Pero no fue nada.

–No tienes que justificarte. Puedes hacer lo que quieras.

–Lo sé, pero quería contártelo. Así dejamos las cosas claras entre nosotros.

Lo que está claro es que nuestros cuerpos se desean. Podría saltar encima de él aquí mismo, en esta silla cutre y helada del jardín de las Tullerías. Él suspira:

–Puedo cancelar lo de esta noche...

«Sí, cancélalo», quiero decirle. De hecho, vamos a cancelarlo todo. Vamos a meternos en la cama y a no salir hasta que seamos viejos.

–Me encantaría... Pero debería dormir. Si no, mañana le voy a arrancar la cabeza a Chavalote de un mordisco.

–¡Hola, Marianne! Lo siento, es tarde.

–¿Estás de broma? Tú no me molestas nunca.

Un poco sí, porque está viendo su serie.

–Tengo que hacer la colada, y Alex me ha dicho que pasara por aquí a coger su llave.

–Toma. ¿Necesitas ayuda? Su lavadora es un poco especial.

No es que sea «especial», es que es como el panel de control de un submarino. Si no has estudiado ingeniería, estás jodido. Pero es mejor eso que ir a la lavandería...

–Me las apañaré. Si me veo muy mal, me pongo un tutorial y listo.

La mujer se ríe.

–¡Entonces, pásalo bien!

Subo los seis pisos a pie, hago una bola con la ropa sucia, vuelvo a bajar... Cojo el ascensor... Llamo a la puerta. Sé que Alex está currando, pero nunca se sabe. Nadie responde. Entro.

–¿Alex? ¿Dan?

Nadie, aparte de Platón.

Lo acaricio un ratito debajo de la barbilla y luego vuelve a subirse a la ventana. (¿Para hacer qué? ¿Ver la nieve caer?).

Pongo una lavadora y, mientras espero, decido pedir sushi y ver un poco la tele.

Como sentada en el sofá, paso de un canal a otro..., pero el mueble donde están los álbumes de fotos me pone ojitos. Me dice: «¿No tienes curiosidad? ¿No quieres saber lo que esconde Alex entre sus recuerdos?».

El gato sigue mirando la nieve mientras se lava con la pata. De todos modos, tampoco es que vaya a chivarse; para eso le he dado un buen trozo de salmón. Abro el mueble y descubro un desorden que contrasta con el del resto del apartamento, donde todo parece estar ordenado de manera calculada.

Hay álbumes de fotos, pero también estuches de corbatas llenos de fotos amarillentas, cajas de pañuelos que guardan recuerdos de viajes, gemelos, menús de restaurantes, facturas de hoteles de todas las ciudades del mundo...

Es en una de esas cajas donde lo encuentro: un sobre blanco del Rivoli Palace, abierto. Dentro hay un cuaderno.

El cuaderno de Amanda.

Tengo que sentarme porque, así de primeras, no me sostienen las piernas.

No hay duda: es su cuaderno.

Un bloc de tapa blanda, con un papel ligero de color blanco roto...

y el nombre de Amanda en el recuadro de la cubierta.

Además, tiene algunas manchas. Normal, ha pasado mucho tiempo en encimeras.

Está lleno de notas, dibujos, listas de ingredientes y medidas...

Tal vez contenga el secreto de la crema.

Pero lo cierro con un golpe seco.

Apenas puedo respirar.

Si Alex tiene el cuaderno...

Es entonces cuando Platón gira la cabeza hacia donde estoy, como si él también hubiera sentido que el aire ha cambiado de textura. Salta de su atalaya en la ventana y corre hacia el vestíbulo. Oigo la llave girar en la cerradura...

¡Mierda!