18 Diciembre #2
–¿Qué quieres que te responda? ¿Estás enfadado porque ya no quiero acostarme contigo? ¡Supéralo! Tengo otras cosas en mente.
–¿Pero tú qué te has creído?
–¿Y tú? ¿Qué te has creído tú? –Lo imito–: «Caíste como una flor...». ¡Nah! Me apeteció y ya está. A nosotras, a veces, también nos apetece, ¿sabes? No hay más.
–¡Vale! No pasa nada, no te cabrees...
Tiene gracia, porque casi nos estamos gritando, aunque en realidad no estamos enfadados de verdad. Pero, de repente, Léo ve a Soufian, que aparece por el otro lado de la calle.
–Ah, ya lo entiendo –dice, y su actitud cambia por completo.
Me fijo en los pequeños movimientos que hace con la mandíbula; la tiene tensa.
–¿Cómo que ya lo entiendes?
–¡Te acuestas con él!
–Yo es que alucino... No es asunto tuyo, Léo.
Irritado, hace rugir el motor del escúter.
–¡Hasta mañana!
–Adiós.
Se marcha derrapando por la nieve, mientras Soufian se acerca con las manos en los bolsillos y un gorro de lana en la cabeza.
–¿Ese era Léo?
–Sí, quería hablar de una cosa del curro.
Soufian sonríe.
–No, no quería hablar de una cosa del curro, pero no es asunto mío.
Ah, vaya... Pues no era tan complicado.
–¿Vamos?
–¿Adónde vamos?
–A Bastille. He pensado que podríamos pillar unas bicis y subir por el Sena.
–Tengo una idea mejor. ¡Espera aquí!
Entro en el edificio. Aprovecho para inspirar y espirar diez veces y me sacudo para expulsar las malas vibraciones. Luego, me echo un vistazo en el espejo del vestíbulo.
Tendrá que valer. Tengo el pelo de cualquier manera, pero, de todos modos, con el viento...
Saco a Praliné.
–Si no te molesta que una chica te lleve en una bicicleta rosa...
–No me importa lo más mínimo.
Se aferra al portapaquetes. Me vuelvo hacia él.
–¿Te has puesto el gorro porque tenías pensado lo de la bici?
Me gusta burlarme de él.
–No. Era para seducirte.
Touché.
–Pues lo has conseguido.
Y la velada también consigue su propósito.
El restaurante está en la azotea de un hotel.
Cenamos dentro, y luego Soufian me propone que nos tomemos una copa en la terraza.
Estamos acurrucados bajo una manta, disfrutando de las increíbles vistas de l’Île de la Cité y el Sena, que serpentea hasta la torre Eiffel, cuando le pregunto:
–¿Qué es lo que escuchas por los auriculares?
–Un poco de todo. Rap. Pop. Música indie , pero también cosas muy mainstream ... ¿Y tú?
–Yo no escucho nada. Te recuerdo que yo no puedo usar el teléfono.
–¡Digo en general! Algo escucharás, ¿no? A ver, ¿cuál es tu canción favorita?
Respondo sin dudar:
–Blackbird .
–¿Blackbird? ¿De Beyoncé?
–No, de Paul McCartney. Beyoncé solo hizo una versión.
–Una versión genial.
–¿Has escuchado la original?
–Nop.
–Ponla.
Me pasa uno de sus auriculares y escuchamos la versión en guitarra acústica de junio de 1968, que grabaron los Beatles en los estudios EMI de Abbey Road.
Lo malo es que me echo a llorar.
Soufian no detiene la canción.
Tan solo me seca una lágrima de la mejilla.
–Es preciosa. Nunca había escuchado la letra –dice.
–No es solo por la letra. No me gusta por eso...
Me mira con la cabeza ladeada.
–¿Por qué te gusta? –pregunta con delicadeza.
–Mi madre la tocaba con la guitarra para que me durmiera por las noches, y también la escuchábamos. Esta versión, la original, en un disco de vinilo.
–¿Tu madre escuchaba vinilos?
–¡Con sus crujidos y todo! Era genial.
–¿Cuántos años tenías?
–No sé, cinco o seis. Era una enana. Me ponía a dar vueltas en mitad del salón, convencida de que estaba bailando.
En realidad, lo que hacía era girar sobre mí misma, como esos derviches que se mueven igual que peonzas sin perder jamás el equilibrio...
Son alucinantes, no parecen de verdad. Creo que hay algunas mujeres afganas que hacen lo mismo. ¿No las has visto nunca?
No las ha visto.
Ya se las enseñaré.
Él toquetea el teléfono, y la música nos envuelve de nuevo.
–Vuelve a poner la canción –le pido–. ¿Notas el golpeteo que marca el ritmo? Parece un metrónomo, pero es Paul McCartney marcando el ritmo con el pie. Es un ritmo sencillo, cualquiera podría hacerlo. Pero, al mismo tiempo, cuesta mantenerlo. ¿Sabes por qué?
Él me escucha como yo escuchaba a mi madre, sentada con las piernas cruzadas en la alfombra del salón. La escuchaba con todas mis ganas.
–Si te pones a dar golpecitos con el pie para mantener el ritmo, al final te entran ganas de desviarte y te dejas llevar –le explico–. Créeme, lo he intentado...
–Te creo.
–Solo hay que aguantar.
–¿Y lo has conseguido alguna vez?
–Alguna.
Era sencillo y dificilísimo al mismo tiempo: no dejarse llevar, aceptar la monotonía del gesto, mantenerlo a lo largo de dos minutos y dieciocho segundos...
–Cuando lo conseguía, mi madre decía: «¿Ves? Para despegar, solo hay que seguir el ritmo. Mantenerlo, pero soltándolo... Si encuentras el equilibrio, podrás hacer cualquier cosa».
Me trago las ganas de llorar y miro a los ojos a Soufian, que me responde:
–Tenía razón. Joder, es justo eso. La regularidad, el equilibrio... Eso es lo que hace que seamos buenos.
–Sí.
Nos quedamos callados unos minutos.
Me estremezco.
–¿Tienes frío? –me pregunta.
Aquí arriba debe de hacer veintisiete grados bajo cero. Pero, aunque hiciera cuarenta, diría que sí.
A veces hay que fiarse de las recetas de siempre, las que han demostrado ser eficaces.
–Un poco –respondo.
Soufian me pasa un brazo por los hombros para darme calor...
Y París hace el resto.