18 Diciembre
Estoy en la cama, mirando el techo en un intento de dejar la mente en blanco.
Cuanto más lo pienso, más sospechosa me parece la reacción de Alex.
Ha pasado una noche en prisión preventiva y le da igual. Pero luego, cuando le enseño una foto vieja, se queda blanco y se pone a balbucear... Lo único que pudo hacerle reaccionar así es la mujer misteriosa.
Tengo la impresión de que pasó algo en ese grupo de amigos. Pero ¿qué?
Me vibra el teléfono.
Es Soufian.
Se me acelera el corazón. Inspiro. Descuelgo.
–Hola...
Un suspiro al otro lado.
Luego, su voz:
–¿No te molesto? ¿Es muy tarde?
Soufian no me molesta en absoluto.
Tiene una voz que le pega, como una fina capa de cacao en polvo por encima de una base de nata.
Me pregunta cómo estoy. Yo le pregunto cómo está su primo.
Me habla de su tía, que ya no tiene marido.
Él es el referente masculino de su primo adolescente y, de vez en cuando, va a cenar con ellos. Como viven lejos, se queda a dormir.
–Y si no, ¿dónde sueles dormir?
Imagino a Soufian en una cama. ¿Con su camiseta blanca o sin ella? Primero, con ella; luego, sin ella...
–Vivo en el doce.
–¿El doce?
–El distrito doce. Por el metro Nation, en una vivienda social con mi madre.
Con su madre...
Entonces, con la camiseta blanca.
–Estoy buscando algo para mí, pero es tan caro... Y además, ella no está mucho en casa. Sale con un tío.
Soufian está muy bueno, la verdad. No es que no me hubiera fijado, pero estaba un poco centrada en Léo.
Sin embargo, después de besarnos en la cocina de las bodas, sé que no solo está bueno.
Es una bomba de relojería.
Como un postre de dos texturas, que primero es crujiente y luego se funde. Yo creo que todas las tías del Rivoli que tienen ojos quieren probarlo.
Así que... ¿con quién podría haber estado en la habitación 24? Tengo muchas ganas de preguntárselo. Pero no voy a ponerme en plan celosa, cuando apenas nos conocemos.
¿Es cierto que apenas nos conocemos? Cuando tu piel conoce la piel de otra persona, ¿la conoces? Él acalla la tormenta que se desata en mi cabeza de golpe:
–Quería preguntarte... si te apetece que nos veamos.
Que nos veamos, que nos toquemos, que nos besemos... Todo me apetece. Así que respondo:
–Eh... Claro.
Me despierto sin haber soñado nada. O más bien es que no me acuerdo de lo que he soñado; pero supongo que salía Soufian, porque me siento preparada para cualquier cosa, en forma, contenta, por extraño que parezca y a pesar de todo lo que ha pasado.
Además, hace buen día. El cielo está despejado y la torre Eiffel resplandece, como si se hubiera sacudido el vestido con la mano para borrar los estragos del mal tiempo. Debe estar impecable para Nochebuena.
Mientras me bebo el té, observo mi croquis de la investigación reposteropolicial. Tengo muchas ganas de investigar sobre la promoción de 2001 de la escuela de hostelería Méridor, donde se conocieron Alex, Amanda y Odette.
Pero tengo más cosas entre manos.
Si queremos hacer un tronco en plan Amanda interpretada por Sweet Dio, hay que encontrar el modo de reinventar la orangerie . Y todo lo que sé sobre mi nuevo jefe lo he visto en Instagram y en TikTok.
Abro el ordenador para buscar información que no se encuentra en redes sociales.
Carmine Buonasanta nació hace treinta y dos años en una aldea cerca de Nápoles.
Lo aprendió todo de su nonna , que tenía uno de eso sublimes restaurantes de playa al sur de Italia.
Después estudió en una escuela de repostería en Florencia y abrió un pequeño local en Bolonia, donde se dio a conocer reinterpretando los clásicos de la repostería italiana: semifreddo , flan al limoncello , tiramisú, pasta de almendras...
O, mejor dicho, mazapán.
Una tradición de influencia española.
La pasión de Sweet Dio.
Al salir de los vestuarios, me topo con Soufian, que está mirando el teléfono. El pelo corto le deja la nuca al descubierto.
Tengo ganas de tocársela. O de darle un beso, ligero como el regalo que se deja en el alféizar de una ventana.
Mira, me estoy volviendo poeta.
–¿Qué tal?
Levanta la cabeza y me pasa su móvil.
–¿Has visto esto? Los de comunicación han inundado las redes sociales con un vídeo. El próximo tronco de Navidad del Rivoli será «una oda al amor entre París e Italia, el Louvre encontrándose con el Mediterráneo... Y, sobre todo, un homenaje a Amanda Tuile». Parece idea tuya, ¿no?
–Me declaro culpable.
Él sonríe. Yo sonrío. No sé lo que ha provocado en mis circuitos neuronales el beso que nos dimos, pero cada vez que me encuentro en la misma habitación que él, mi cuerpo se pone en modo atracción.
Pero no en plan seducción, sino que me atrae como un imán. Bueno, hay que moverse; si no, lo voy a besar, y qué vergüenza besar a Soufian en los pasillos del Rivoli delante de la puerta de los vestuarios. Está a punto de marcharse, pero cambia de opinión:
–Estaba pensando... Esta noche... ¿Quieres que vayamos a cenar? Conozco una azotea. Se ve todo París.
–Ay, no sé... Tengo miedo a las alturas. A veces, cuando hay demasiado oxígeno, hacemos cosas de las que nos arrepentimos...
Sonríe, pero sigo sin saber qué narices hacía en la habitación 24.
Según él, estaba hablando por teléfono. Pero, en realidad, ¿estaría «haciendo cosas»? Y si era así..., ¿con quién?
Me saca de mis pensamientos:
–¿Te arrepientes?
–No.
Baja la mirada. Me gusta hacerle enrojecer.
Luego, me lanza una mirada sugerente y soy yo la que se pone colorada.
–¿Paso a buscarte? ¿A las siete delante de tu casa?
Me reúno con el equipo tronco en la cocina. Mis compañeros por fin han conseguido hacer un trenzado de caramelo perfecto y han trabajado en tres recetas de merengue. Pero acaban de enterarse de que eso ya no está de moda, y se encuentran un tanto desmotivados.
Por suerte, Sweet Dio llega con una cafetera enorme, seis tazas y maritozzi para todo el mundo. Parece que está de muy buen humor. Sirve el café y da la buena noticia:
–¡Nos olvidamos del globo!
Algunos reaccionan sorprendidos; otros, decepcionados. La verdad es que era un buen desafío, pero hay que saber volver a poner los pies en la tierra.
–Tranquilos, todo lo que habéis estado investigando servirá para algo, porque vamos a adaptar la orangerie . ¡Suzanne!
Me sobresalto. Estaba dándole un bocado a mi maritozzo (una especie de bollo relleno de nata), y me he puesto perdida de azúcar glas. Me limpio a toda velocidad.
Léo levanta la vista hacia el cielo. Le digo «¿Qué?» en silencio.
Sweet Dio me tiende el rotulador.
–Suzanne va a escribir en la pizarra todos los elementos que debe tener nuestro tronco. No los ingredientes, ¡los e-le-men-tos! Todavía estamos en fase de concepción. Ya veremos los ingredientes más adelante.
Vaya, vaya... Me acaba de ascender a segunda. Tengo muchísimas ganas de decirle a Léo que ya se lo avisé, pero eso no sería muy elegante de mi parte. Aun así, le lanzo una miradita provocativa.
Se ve a las claras que está furioso. Pero eso no es nada al lado de Chavalote.
Ese sí que podría clavarme un cuchillo en la garganta.
Escribo:
Orangerie
Tejas
Nata
–¡Ayudadla un poco los demás!
Léo propone:
–¿Mazapán? Podríamos trabajar con detalles en pasta de almendra...
–¡Muy buena idea! ¡Alguien ha hecho los deberes!
Qué rapidillo... ¡A mí también se me había ocurrido!
No protesto para concederle esta pequeña victoria a Léo y sigo apuntando las sugerencias. Al final de la tormenta de ideas, hemos llegado a dos opciones posibles:
1. Una orangerie versión tortilla noruega, remplazando la crema por un helado recubierto de merengue flambeado.
Muy Amanda, pero no muy Sweet Dio.
2. Y un tronco con la crema de Amanda y una pasta de almendras de Sweet Dio, dándole forma para imitar los elementos arquitectónicos de la tienda de la calle Rivoli y los colores beis y naranja.
Más clásico, pero al menos dentro está Sweet Dio.
Dos equipos. A mí me toca en el equipo mazapán, cómo no. Con Léo.
Después de una larga jornada de trabajo, Carmine anuncia que podemos volver a casa.
Como ya tiene dos proyectos, quiere reflexionar para elegir el que le parezca más coherente.
Llevamos más de nueve horas en pie. A todos nos duelen ya las piernas y la espalda, y estamos a punto de desarrollar alergia a la nata fresca.
Me cambio a toda prisa antes de ir a ver a Josépha al ascensor B.
–¿Puedes descansar un ratito? –le digo.
Ella mira el reloj y le manda un mensaje a su responsable.
–Venga. Tengo quince minutos.
–¿Cantina?
Una vez que estamos sentadas a la mesa, delante de unos cafés asquerosos (desde que probé el café della nonna , los demás me parecen atroces), saco la foto que me obsesiona.
–Esta es mi madre...
Ella me mira con los ojos como platos.
–¿De verdad? ¿Dónde la has encontrado?
–El otro día, en el despacho de Amanda.
–Te pareces a ella –balbucea.
–Gracias. Pero no es eso lo que me intriga –le respondo–. Mira aquí.
Le señalo la mujer misteriosa.
–Está en todas partes, en todas las fotos de la época. Pero ¿quién es?
–No lo sé... ¿Se lo has preguntado a Alex?
–Sí, y se fue por las ramas. Lo único que sé es que estudiaba en la escuela de hostelería con ellos.
–Entonces, ¿cuál es tu teoría?
–La muerte de Amanda tiene algo que ver con esta mujer.
–Ah, yo... Vale...
Se levanta de manera brusca y mira el reloj.
–Tengo que irme.
¿Ya? ¿Qué le ha dado?
–Josépha, ¿estás bien?
–¡Sí! Es que me van a echar la bronca. ¿Nos vemos mañana? Siempre viene bien consultar las cosas con la almohada.
Soufian: Sigue en pie lo de hoy?
No sé lo que voy a hacer con la almohada, pero no creo que vaya a ser consultar nada.
A las ocho y media, una vez maquillada y perfumada, bajo de mi casa para reunirme con Soufian. Sin embargo, a quien me encuentro es a... ¡Léo! Está sentado en el sillín del escúter, igual que la última vez.
–¡Joder, Léo, esto parece el día de la marmota...!
–No respondes a mis mensajes.
Miro mi teléfono: justo me acaba de escribir para decirme que estaba en el portal.