Cozy love y crímenes navideños 17 Diciembre
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17 Diciembre

Medianoche. No puedo dormir.

Marianne y yo lo hemos recogido todo mientras Dan intentaba despertar a una amiga que es abogada. Por fin tenemos noticias de Alex: lo tienen en prisión preventiva. Nos hemos quedado en shock .

Me duele en el alma imaginar a Alex solo en una celda...

Hemos sacado la tarta y nos la hemos comido directamente de la bandeja. Dan, que estaba pálido, la ha acompañado de un vasito de kirsch. Estaba riquísima, pero nos la hubiéramos comido aunque hubiera estado asquerosa. Necesitábamos algo reconfortante.

Dan se ha quedado dormido en el sofá, con el gato Platón a los pies. Lo hemos tapado con una manta y nos hemos ido tras cerrar la puerta con cuidado. Yo he acompañado a Marianne hasta la portería.

Nos hemos despedidos con dos besos y he subido a mi cuarto por la escalera de servicio.

Mientras miro la nieve caer por la ventana, me digo que en este asunto hay demasiadas cosas que están relacionadas conmigo:

• El cuerpo lo encontré yo.

• Yo quería estar en el equipo tronco.

• Alex estuvo en la habitación 24.

¿Y qué pinta mi madre en todo esto? Hojeo el álbum de los años que pasó en París y descubro algo que se me había pasado por alto: en muchas de las fotos hay una joven de pelo castaño, la misma que vi en la foto del despacho de Amanda.

A veces lleva una chaqueta de la escuela de cocina...

Así que estaba en la misma promoción que ellos.

Y luego, Alex y Amanda hicieron las prácticas en el Rivoli... ¿Pero ella no?

Alex, Odette, Amanda, mi madre, la mujer misteriosa...

Hay una conexión.

Pero ¿cuál?

Soufian: Ha ido bien la cena?

No mucho, ya te contaré. Nos vemos en el curro.

Son las seis de la mañana. No entro a trabajar hasta las ocho, pero me he hecho al horario antiguo: mi cerebro se despierta a las cinco. Soufian estará llegando al Rivoli . Ahora se pondrá el uniforme, sacará la harina y la mantequilla... Estas imágenes me provocan un extraño calor en el vientre.

Estás bien?

Sí, no es por mí. Alex está detenido. Prisión preventiva.

No lo sabía. Lo siento. Quieres que vaya?

No, te veo en el curro.

Me bebo un té mientras contemplo cómo la nieve blanquea los tejados a medida que la noche se aparta. Cada vez estoy más convencida de que la muerte de Amanda está relacionada con algo que pasó en aquella época, cuando mi madre, Alex, Odette y Amanda eran jóvenes. Pero ¿qué?

Ya no sé en quién puedo confiar. Alex, el amigo de mi madre, mi «tito», mi ángel de la guardia...

Cojo unos pósits y escribo:

Amanda

Habitación 24 - caja de repostería - cuchillo - veneno

La esposa de Amanda

Móvil celos

Alex

Habitación 24 - ¿móvil?

¿Mujer misteriosa?

¿Odette?

Reflexiono y añado:

Odette

Móvil rivalidad - llave B

Pego los pósits de la «investigación policial» en el lugar en el que estaban los de la «investigación repostera».

Reflexiono.

¿Y Soufian?

¿Y si no fue a la habitación 24 porque tuviera una cita, sino para ayudar a Odette? ¿A hacer qué? ¿Borrar sus huellas? ¿Recuperar una prueba comprometedora?

Escribo:

Soufian???

Pero eso hace que me duela la tripa.

Léo: Qué tal? Has pensado?

Quedamos para hacer una tormenta de ideas?

Vale, no respondas.

Pedaleo hacia el Rivoli, cada vez más irritada al notar que el móvil me vibra en el bolsillo. Debe de ser Léo insistiendo.

No, no he pensado. Y no, no le he respondido. Tenía pensado trabajar en el tronco después de la cena en casa de Alex, pero la velada no salió como estaba prevista.

Pero eso no quita que, cuantas más vueltas le doy, más convencida estoy de que Bala tiene razón.

En realidad, no es demasiado sorprendente: el chef de L’Harmonie tiene tres estrellas Michelin y dirige las cocinas de un gran hotel de renombre internacional. Tiene que pasarle mucho eso de tener razón.

En todo caso, la tiene. La idea del globo no va a despegar.

Como dijo Odette, nos vamos a estampar. Hay que hacer algo más sencillo.

Pero ¿hasta qué punto?

Al salir de los vestuarios, me topo con Léo, que me echa la bronca sin pensárselo:

–Joder, ¿por qué no respondes? ¿Dónde estabas?

–Lo siento, ha sido una noche complicada.

–Suzanne, no hagas que me arrepienta de haberte aceptado en mi equipo.

¿Qué? ¡El tío se piensa que me ha elegido! ¡En su equipo!

–¿Estás enferma o qué? –insiste.

«Diez, nueve, ocho... Suzanne, no te enfades. Piensa por qué estás aquí. Respira...».

Hago un esfuerzo considerable para responder lo más tranquila posible:

–Me eligió el chef, y lo hizo porque se me ocurrió una idea cuando vosotros llevabais diez días atascados.

–Sí, claro, ahora resulta que hay que tener una idea –refunfuña Léo.

–Creo que estás hablando de otra cosa.

–¿Cómo que otra cosa?

–Creo que estás molesto porque no caí rendida a tus pies.

Suelta una risa sarcástica.

–¿Estás de coña? ¡Caíste como una flor! La primera noche.

–¿Qué?

Cuando estoy a punto de soltarle una bordería bien merecida, Odette se lanza hacia donde estamos.

–Suzanne, me acabo de enterar. Lo siento. ¿Hay novedades?

–Nada. Lo tienen en prisión preventiva, y Dan ha llamado a una amiga que es abogada... Una tal Jeanne... Jenna...

–Jenna Grévin.

–¡Esa!

Léo me mira con los ojos como platos.

–¿Le importa informarme si hay novedades? –termina Odette–. Yo también la avisaré.

–Por supuesto, chef.

Cuando se aleja, Léo me pregunta:

–¿Qué ha sido eso?

–Alex está detenido.

Cuando cruzo la cocina, Soufian me interroga con la mi rada, y le hago un gesto para decirle que ya se lo contaré todo después.

Me reúno con Léo en el rincón de la heladería, pero, antes de que le dé tiempo a disculparse –o , al menos , a decir algo–, aparece Sweet Dio.

Tiene ojeras y parece que ha dormido poco.

Eso sí, tiene la amabilidad de llegar con una cafetera, nata con pistacho para echarle al café y unos cruasanes que ha cogido de la cesta de descartados.

También trae tres rotuladores para la pizarra.

–Venga, tormenta de ideas. Tenemos hasta mediodía para inventarnos un tronco –dice, con tanto acento italiano que casi parece un mal imitador–.

Debemos encontrar un proyecto... sencillo –escribe–.

Y también vendible, para ponerle las cosas fáciles al equipo de comunicación.

Luego ya nos preocuparemos de que sea bueno y bonito.

Pero, de momento, estos son nuestros objetivos.

A trabajar. ¡Decidme todo lo que se os pase por la cabeza!

Tengo que concentrarme, pero estoy demasiado cabreada.

Este imbécil de Léo... ¿Qué se ha creído?

Me tendría que haber pasado la noche trabajando en el tronco, no repasando una lista de sospechosos. Aunque solo sea para demostrarle de lo que soy capaz.

Es entonces cuando se me ocurre una idea.

¿Sweet Dio quiere algo sencillo? ¿Fácil de vender? ¿Ideal para el servicio de comunicación?

Levanto la mano, como en el cole.

–Creo que lo tengo –digo.

Léo me mira boquiabierto. Pues sí, chaval, ¿Qué te creías? Incluso hecha una mierda y sin dormir, pienso más rápido que tú.

–Te escucho –me anima Sweet Dio.

–La verdad es que ya hemos empezado mal al querer adivinar lo que tenía pensado Amanda. Amanda era Amanda. ¡No tenemos por qué imitarla!

–¿Entonces...?

–Tenemos que rendirle homenaje.

¡Zasca!

–¡Muy bien! –Sweet Dio se queda quieto, con el rotulador preparado–. ¿Y qué propones?

–¡Un tronco orangerie , cómo no!

Léo gira sobre sí mismo. Sé que está derrotado. Pero, como suele pasar con las ideas evidentes, cuando se les ocurren a otra persona nos preguntamos por qué no se nos han ocurrido a nosotros antes.

–En plan colaboración –añado, y luego hago como si leyera un titular de prensa–: «Sweet Dio adapta la tartaleta orangerie y crea un tronco que supone un puente entre ambos talentos».

Sweet Dio duda un instante y luego me abraza.

– Madonna santissima! Questa ragazza è veramente un genio! Bravissima!

Léo tiene una sonrisa forzada. Sweet Dio da una palmada.

–¡Formidable! ¡A trabajar!

Tenemos hasta el mediodía para encontrar la forma, las bases del marketing y una idea para adaptar la orangerie y no solo imitarla. Así tendremos algo con lo que tranquilizar a Bala. Ya veremos más tarde cómo abordamos el auténtico problema...

Porque todos somos conscientes de que seguimos sin saber el secreto de la crema de Amanda.

Y sin la crema... no hay orangerie .

Estás bien, Soufian? Nos vemos? Te habías ido cuando he terminado el curro.

Me encuentro con Josépha en la cantina. Está comiendo una ensalada de col con pasas.

–¿Estás a dieta?

–Tenía buena pinta.

Le doy un trozo de pastel de chocolate que he traído de la cocina.

–Hummm. Mi salvadora.

–Alguien tiene que cuidar de ti. Pareces una vampira.

–Es mi piel natural. ¿Qué quieres? ¿Que brille?

–¿Por qué no?

Voy a buscar un sándwich y le cuento lo de anoche.

–¿De verdad crees que Alex podría ser el culpable? –pregunta Josépha.

–No. Imposible.

–En todo caso, eso quiere decir que no siguen con la pista de la supuesta amante. Pero ¿se sabe por qué lo han detenido?

–Alex estuvo en la habitación 24 con Amanda, justo antes de que muriera. Me lo dijo Soufian.

– What?

Ha gritado tan fuerte que todas las cabezas se han vuelto hacia nosotras.

–¿Estás de coña? ¿Y crees que puedes fiarte de él? –susurra.

–No lo sé, pero tiene sentido –respondo en el mismo tono.

Seguro que tenemos pinta de estar conspirando.

–¿Sabes? Yo aquella noche estaba buscando a Alex –le explico–. ¿Te acuerdas? Me dijiste que fuera a disculparme.

–Sí, claro que me acuerdo.

–Pues bien, no lo encontré. No estaba en el bar, y sus camareros no sabían adónde había ido. Normal... Estaba con Amanda en la habitación 24.

De todos modos, hay una pregunta a la que me gustaría responder: ¿Cómo sabe Soufian que Alex estaba en la habitación 24?

Soufian: Lo siento. He tenido que ir a casa de mi tía. Ha habido un problema con mi primo.

Espero que no sea muy grave.

Solucionado. Y tú? Alex?

Sin noticias.

Recojo a Praliné, que está bien calentita en el cuarto de las bicis, y salgo a la calle. Me he quedado sin pasta y sin papel higiénico. De vez en cuando, en la vida, hay que ocuparse de lo básico.

Cuando vuelvo con la compra, paso por delante del bar de la esquina, en el que me tomé algo con Léo hace un millón de años. De repente, me detengo en medio de la acera. No me lo puedo creer.

Alex.

Está en el bar, junto al ventanal, devorando un filete con patatas mientras lee el periódico. Entro.

–¿Alex?

–¡Anda, Suzette mía!

No se ha cambiado de ropa, y lleva la camisa abierta y la corbata desatada. Además, tiene ojeras y parece cansado. Pero, para acabar de salir de la prisión preventiva, me parece que está bastante bien...

–Siéntate, Suzette. ¿Tienes hambre? ¿Quieres un café? ¿Un té? ¿Un cappuccino ?

–Un cappuccino .

Se lo pide al camarero, al cual llama por su nombre. Me siento delante de él, un tanto sorprendida por el giro que han tomado los acontecimientos.

–¿Cómo es que te han dejado en libertad?

–Parece que hay un «elemento nuevo». Además, tampoco tenían gran cosa contra mí, ¿sabes? ¿Por qué diablos iba yo a matar a Amanda? Hace veinte años que nos conocíamos. A veces nos enfadábamos, sí... Pero nos queríamos, aunque es cierto que se había vuelto un tanto insoportable.

–Ah, ¿sí?

–¡No tienes ni idea! Esa manía de no dar la receta de la crema... ¡Volvía loco a todo el mundo! Además, martirizaba tanto a sus equipos que la de recursos humanos se pasaba el día evitando denuncias. Yo creo que más bien deberían investigar por ahí. No digo nada y lo digo todo.

–Entonces, ¿por qué te han detenido a ti?

Tengo ganas de comprobar si miente.

–No te lo he contado todo, Suzette mía...

Se limpia la boca con la servilleta blanca.

–Estuve con Amanda antes de que la asesinaran.

–Ah, ¿sí?

Oscar a la mejor actriz.

–Nos vimos en una habitación de la segunda planta, la 24. En diciembre siempre está vacía por una antigua tradición... Así que vamos todos ahí cuando necesitamos estar tranquilos.

Entonces, dice la verdad.

–¿Y qué hacías con Amanda?

No estaban «haciendo cosas», eso está claro. Él duda...

–Quería hablarle de ti.

–¡¿De mí?!

–Esperaba convencerla para que cambiara de opinión.

Pero Amanda se enfadó... Era... muy cabezota.

Se mantuvo en sus trece y, de hecho, nos peleamos un poco.

Por eso no se lo conté a la policía. Y han tardado un tiempo en encontrarme porque no usé mi pase personal...

La verdad es que tengo bastante pinta de sospechoso.

Lo observo, pero no consigo decidirme.

¿Miente?

¿Dice la verdad?

Esto explica muchas cosas.

Por qué Amanda estaba en la habitación 24, cuando tenía reservada una suite para su amante.

Por qué Alex estaba en la habitación 24...

Saco el móvil y le enseño la foto que encontré en el despacho de Amanda.

–¿Quién es? –pregunto.

Se queda pálido.

–¿Dónde has encontrado esa foto?

–Eso da igual, Alex.

–Esa es tu madre...

–Sí, pero ¿quién es la otra?

Le señalo a la mujer misteriosa: la que aparece en todas las fotos, pero de la que nunca he oído hablar.

¿Por qué Alex se ha quedado blanco?

–Una amiga de la época –dice, y luego le hace un gesto al camarero para que traiga la cuenta–.

Estábamos todos en la misma promoción. Amanda, Odette, Bala...

Pero ella lo dejó. Perdimos el contacto.

Suzanne, escúchame bien: no te metas en esto.

Sé que tú encontraste a Amanda y que sientes que estás implicada, pero todo esto...

son historias antiguas. No es asunto tuyo.

«Son historias antiguas»...

Entonces, ¿mi intuición es correcta? ¿La muerte de Amanda tiene que ver con algo del pasado?

Alex tiene razón: no es asunto mío. Pero es demasiado tarde. Me he implicado demasiado como para detenerme ahora.